Cuarenta años
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Estimado Papá Noel:
En principio, dos aclaraciones. Por un lado, quisiera disculparme por la falta de comunicación que he tenido durante los últimos años. Cuarenta años. Vio cómo son estas cosas; un enojo de momento que luego se fue extendiendo considerablemente. Después, una cosa lleva la otra, que le escribo mañana, que le escribo pasado, y la fecha que se pasó y los años que fueron pasando. Cuarenta.
A esta altura de la carta se estará preguntando porqué lo trato de usted. Y justamente, ésa es la segunda aclaración. Como bien sabemos ambos, la última carta que le dirigí, casualmente la del problema -no sé si la tendrá a mano- lo trataba de "vos". Le mentiría si le dijera que se trataba de una desfachatez propia de la edad. O le mentiría en parte, porque algo de eso había. Pero sobre todo, debo reconocerle que en aquella época lo sentía más cercano. Esa cercanía casi física que acorta diferencias generacionales, diferencias de origen, diferencias de criterios. De criterios, justamente. En definitiva, por aquel entonces me sentía más en confianza con usted. Para mí, usted, Santa, era como de la familia.
No es que ahora sienta desconfianza, no me malinterprete. Estos años -cuarenta creo haberle dicho- han puesto como un océano entre nosotros dos. Un Mar Muerto, le diría, siguiendo con la metáfora marítima.
Quiero decirle que me siento más cómodo tratándolo de esta manera; quizás con el tiempo retomemos aquel trato familiar, confianzudo. Tal vez, con suerte vuelva a tutearlo. O, quién le dice, ir un poco más allá de la cordialidad y poder encabezar una futura carta con un "Gordo querido", con un "Vejete de mi corazón", con un "Qué hacés Barbeta…".
Pero no nos adelantemos. Mejor mantener este aparente trato distante, que para nada quiere decir frialdad.
A decir verdad, nada más lejos. Si algo no siento en este momento -en estos últimos años, le repito: cuarenta- es frialdad. Todo lo contrario. Permítame serle sincero: estoy bastante calentito.
Me dura, todavía. Cuarenta años, dirá usted, es tiempo suficiente como para calmar los ánimos, atemperar el espíritu, propiciar la reconciliación.
No y no. Hay cosas que no se perdonan. Ni mucho menos, se olvidan. Lo llamo a la reflexión, Santa Claus. No estamos hablando de una desilusión infantil, de un deseo incumplido, de un niño sollozante y defraudado. Esas son pavadas que se borran con el tiempo.
Lo nuestro va más allá. Y si digo lo nuestro, es porque el problema es entre usted y yo. Basta de poner intermediarios en este conflicto. Aquel día, mi mamá intentó justificarlo (`pobre Papá Noel, tiene que llevarle regalos a todos los chicos del mundo y a lo mejor no le alcanzó la plata…`), pobre santa -santa ella, usted no-; después fue mi papá (`se le debe haber traspapelado la carta…`), vamos viejo…- y ahora sí, lo de viejo va para usted-. ¡Hasta mis abuelos y mis tíos debieron intervenir en su nombre! ¿Hasta dónde pensaba llegar con tal de no dar la cara? ¿Eh?
Y ojo, lo que me dolió no fue lo del portafolio. Lo que me dolió fue su actitud, Nicolás, de no haber dado las explicaciones del caso. Ni siquiera personalmente, no le hubiera pedido tanto. Yo sé muy bien lo de no hacerse ver, el misterio, la fantasía. Lo entiendo. Pero al menos me hubiera mandado una carta, una esquela, un telegrama, un mail estos últimos años: "Perdoname querido, pelotas de fútbol no quedaban más; te mando este portafolio divino que también es de cuero…". Algo así, sencillito.
Es cierto, lo del portafolio dolió. ¡Un portafolio, Noel! Tres meses faltaban para empezar las clases y usted me viene con un portafolio para la escuela…
No quiero abusar más de su tiempo; sé que por estas horas está un poco desbordado. Solamente le quería decir eso. Hagamos borrón y cuenta nueva. Lo pasado, pisado. Empecemos de cero.
Lo saludo atentamente y aguardo una respuesta. La exijo.
PD 1: Saludos a Rudolph.
PD 2: Sigue pendiente aquello… Hoy se consiguen en cualquier casa de deportes.
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