De afluentes y otros encuentros
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Me temo que Tandil tiene un sistema de coordenadas extraño. Funciona más o menos así: un individuo al que llamaremos A frecuenta diariamente los mismos lugares, circula por las mismas calles, toma café en el mismo bar. Otro individuo (B), transita por esas mismas calles, pasa diariamente por las mismas esquinas y toma cortado en ese mismo bar.
Por estas extrañas leyes del tiempo y el espacio que rigen en esta ciudad, puede que A y B (que se conocen desde chicos) no se crucen ni una sola vez en décadas. Suele darse también que A se encuentre a menudo en la calle con C (que se fue a vivir a Buenos Aires cuando terminó la primaria) cada vez que viene de visita a Tandil. Tras ese encuentro, C dará vuelta a la esquina y se chocará con B, que le preguntará por A, al que hace años que no ve.
La versión siniestra de este fenómeno ocurre cuando no queremos ni cruzarnos con determinada persona. Basta caminar un par de cuadras… No falla.
Con mi amigo Miguel frecuentamos casi los mismos ambientes, tenemos amigos en común, nos gustan los mismos restaurantes y cada tanto vamos a la cancha.
Después de casi cuatro años me lo encontré ayer en la plaza. Yo iba para el lado del centro y él venía. Dotado de mejor vista que yo, ni bien me vio comenzó a hacer unos ademanes ampulosos, a manera de saludo. Lo reconocí estando a unos pasos. Abrazos, agarrones, palmadas y toda una batería de monigotadas que se suceden cuando dos tipos grandes se reencuentran y creen que todavía tienen 14 años.
Parados casi en el medio de la plaza, a unos veinte metros de la fuente, éramos dos cincuentones que quieren detener el tiempo, o mejor dicho, retrocederlo, en busca de los años dorados.
Como siempre, él estaba apurado. Venía de cambiar una camisa que le había regalado una sobrina para el cumpleaños.
-Pobre -me dijo-, me compró talle L, pensando que todavía soy el tío que conoció cuando era chiquita. No sabe que ahora uso XXL.
-Sí, pobre ella, le respondí burlón.
Me preguntó por las elecciones y no me dio tiempo a responder.
-Estoy chocho, se contestó solo.
-Pero vos no estabas con…
-Sí, estaba, pero no estoy más. Se volvió loca, nos engañó a todos. Enloqueció en serio. Primero los delirios místicos, después las profecías. Piró mal…
A medida que avanzaba la conversación, sentía un escalofrío a la altura de la nuca. Hasta ahí llevé la mano y comprobé que estaba mojado.
(¿Mojado? -me pregunté para adentro, mientras Miguel seguía analizando uno por uno los candidatos de la oposición. No quise interrumpirlo. ¿Estoy mojado? ¿Esto es agua? Me olí la mano. ¿Está lloviendo? ¿Qué pasa?).
De la política pasó a su otra pasión, el fútbol. Es el único tipo que conozco que le encanta el fútbol pero no es hincha de ningún equipo: es fanático de un técnico. Para colmo, de Bilardo.
Me preguntó por el Boca de Falcioni y alcancé a decirle que era de los que a él le gustaba, defensivo, amarrete, técnico de equipo chico.
No me estaba escuchando. Miraba por arriba de mi hombro.
-Che, al que se le están yendo las cosas de las manos es a Lunghi…, me cortó.
-Ah, volvemos a la política- le dije tratando de seguirle la conversación.
-No, no, mirá. No puede dominar uno de sus mayores logros- me dijo señalándome la fuente.
Me di vuelta y comprobé que, efectivamente, algo se había salido de su cauce: el agua. Los tres chorros estaban descontrolados. Las ráfagas de viento los llevaban de un lado a otro y caían en cualquier lado, menos en la fuente.
Estábamos los dos parados en lo que minutos antes era tierra firme y ahora un pantanal barroso, medio colorado.
Miguel se fue apurado. A la distancia me gritaba algo de octubre y el 55 por ciento y de que Boca iba a salir campeón.
Seguí mi camino para el centro. Junto a mí, un riacho caudaloso enfilaba rumbo a la esquina, bordeando el camino de cemento. Llegamos a la esquina casi juntos. El río se bifurcó entre los adoquines y se fue por Rodríguez, para el lado del Banco Nación.
Yo seguí por Pinto, pensando cuándo iba a volver a encontrarme con Miguel.
El viento sur me congelaba la nuca, todavía mojada.
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