De Alfonsín a los Kirchner: costumbres y mañas presidenciales
Con sus personalidades y costumbres distintivas, cada Presidente dejó su impronta en el paso por la Casa Rosada tras la restitución de la democracia.
El primer jefe de Estado tras la dictadura militar, Raúl Alfonsín, se caracterizaba por pasar largas horas de trabajo en la Casa de Gobierno, adonde llegaba por las mañanas bien temprano y se retiraba a la noche.
El líder radical mantuvo una fluida relación con los periodistas acreditados en la sede de gobierno y acostumbraba pararse a hablar con ellos en los pasillos de la Rosada.
Allí, almorzaba habitualmente bife de chorizo con papas fritas, y pese a sus reconocidos dotes como orador cuando enfrentaba a las masas, es recordado en la Casa de Gobierno por mantener un perfil serio y casi silencioso.
Su mayor excentricidad durante su estadía de casi seis años en la Rosada sucedió cuando bailó una “muñeira” en el Salón Blanco, en el marco de un acto de recepción a una delegación española.
La llegada de Menem a la Casa de Gobierno en 1989 marcó un cambio notorio en lo que hasta ese momento se observaba en el perfil de un Presidente, ya que el caudillo riojano explotó al
máximo su carisma, y disfrutaba de “prenderse en todas”, como definió un veterano periodista acreditado en la Rosada.
En sus casi diez años de gestión, el justicialista no se privó de recibir a artistas y deportistas locales e internacionales o de -por ejemplo- cantar tangos en varios actos; de hecho, aún se
recuerda cuando bailó en la Sala de Conferencias de la Casa de Gobierno con la hija de Osvaldo Pugliese al compás de la orquesta del célebre compositor.
Menem solía almorzar sushi de parado en la barra de la cocina de la Casa de Gobierno y casi todos los días visitaba la sala de periodistas para contestar preguntas de los cronistas y desmentir
los titulares de los diarios opositores a su Gobierno.
En sus años como Presidente mandó a reformar toda la estructura de la fachada de la sede gubernamental, que fue pintada con un extraño tono de color rosa damasco, que permaneció unos seis años.
Por su parte, el arribo de Fernando de la Rúa significó el retorno a la “seriedad” de los mandatarios -en una etapa complicada del país de recesión económica y convulsión social- y
en sus casi dos años en la Casa de Gobierno, al representante de la Alianza no se lo vio cantar ni bailar.
Acostumbraba almorzar puchero en su despacho y sus contactos con la prensa se producían en la entrada de la Rosada o en los asados en la residencia de Olivos que el Presidente compartía con
los periodistas acreditados.
Las particularidades de su breve estadía en la sede de Gobierno, fue la instalación de un despacho especial para que pudiera estar solo, y haber mandado a plantar los bonsais que
tanto le gustaban en el circuito interno de la Rosada por donde solía pasear.
Eduardo Duhalde, quien completó el período de De la Rúa, solía pasar mucho tiempo en la casa de Gobierno, en un contexto de gran conflictividad tras la crisis de 2001.
En aquellos momentos de inestabilidad social, el mandatario interino solo se permitió unas escapadas los fines de semana para ir a la cancha del equipo de sus amores, Banfield, y en aquellos años eran típicos sus almuerzos de pastas en la Rosada y los asados en Olivos junto a su esposa Chiche Duhalde, a los que eran invitados los periodistas.
Con Néstor Kirchner se produjo una serie de importantes cambios en la relación con la prensa, la cual se redujo casi al máximo, al punto de llegar a que los periodistas no lograran tener
casi ningún diálogo directo con el jefe de Estado en sus cuatro años de gobierno.
Además, el santacruceño mandó a cerrar el circuito de circulación por la explanada de la Casa Rosada, por el cual ya no se pudo caminar libremente.
Kirchner acostumbraba a almorzar en la Rosada pollo a la parrilla o cordero patagónico que hacía traer de su Santa Cruz natal y despertaba comentarios su fanatismo por Racing, al punto
de que sus colaboradores no podían hablarle cada vez que la Academia perdía.
También eran habitual que el mandatario se divirtiera tocándoles la cola a los funcionarios y bromeaba con ellos mediante “peleas” y “juegos de mano”.
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