De la cancha, a la Comisaría Primera y al Concejo Deliberante
-¿Cómo fueron esos comienzos en las páginas de Locales?
-Empecé con información general, cobertura del Concejo Deliberante, policiales. Inventé la Banca 19 para los comentarios del Concejo, con cosas más amenas, íntimas. En cuanto a policiales, no era como ahora que la Departamental suministra todos los detalles. Antes teníamos que ir a la comisaría y había que leer cada papelito que ellos tenían allí, escritos a mano. Y a la seccional segunda llamábamos por teléfono para preguntar las novedades de cada jornada.
-Claro, otros tiempos, otra tecnología. También resultaba interesante aquel contacto permanente con el personal gráfico, los linotipistas, los tipógrafos.
-Siempre tuve muy buena relación con los muchachos de la imprenta. Ellos a veces corregían a los redactores. Por ejemplo Pico Lappano y Fernando Caruso eran linotipistas de oficio pero conocían el lenguaje, las técnicas de escritura y por lo tanto eran muy prolijos correctores, cada vez que a nosotros se nos escapaba algo. Venían y directamente nos decían: ?Mirá, me parece que aquí convendría poner un punto, aquí una coma, o acá convendría reemplazar esta palabra para no caer en redundancia?.
-¿Y aquellas recordadas crónicas de turf?
-Las seguí haciendo porque me gustaba, incluso cuando ya había abandonado la sección Deportes. Las crónicas de turf venían desde muy lejos. Beltrán Saux estaba en el diario por los años cuarenta y hacía turf. Llegamos a tener, juntos, la revista ?Marcador?, a principios de la década del cuarenta. Se imprimió el primer número en la imprenta Vitullo, en Rodríguez al 500, frente al Teatro Cervantes, en 1942.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailINTELECTUALES Y MAESTROS
-Medio siglo atrás, o poco más, unos cuantos intelectuales escribían para El Eco. Salceda, Magrini, entre otros. ¿Fue una buena época para aprender?
-Sin duda. Salceda y Magrini iban día por medio al diario. El doctor Víctor Magrini hacía ?El Búho y la Estrella?, que era una columna muy linda, de poesía. Recopilaba sonetos y otros versos y los publicaba. Durante un tiempo él vivió en una casa pegada al diario.
-Eran comunistas ortodoxos.
-Sí, un tanto cerrados ideológicamente. Por eso jamás aceptaron al peronismo y llegaron a aliarse con los conservadores en la Unión Democrática, para la elección que ganó Perón en 1946. Pero eran grandes personas y muy prolíficos intelectuales, porque además organizaban importantes actividades, sobre todo las que se realizaban en la Biblioteca Rivadavia. Don Juan Antonio era español de origen y su familia se instaló primero en Rauch. Allí le enseñó a leer y escribir don Zudaire, en el campo.
-Otro intelectual de la época era Valerio Ferreyra.
-Era un superdotado, sabía ocho idiomas, incluyendo lenguas muertas como el latín y el griego. Pero todo eso no le servía para ganarse la vida. Tenía un sueldito en Nueva Era, casi como becado, para que hiciera de vez en cuando alguna notita muy intelectual, cosas de la mitología griega, por ejemplo. Luego le llegó la justicia y le dieron una beca, pero en la municipalidad, en el área de Cultura. Cuando asumió Lunghi (José Emilio, don Pepe, padre del actual jefe comunal) lo puso como secretario privado, y era quien preparaba los discursos del intendente. Después Valerio siguió desempeñándose en el área de Cultura del municipio, hasta jubilarse.
GRACIAS A LA VIDA?
-Así que en medio de tanta gente entusiasta y de alta intelectualidad, habrás tenido buenos momentos para compartir.
-Claro, estoy muy agradecido a Dios y a la vida de que me haya pasado ello. Y eso se lo debo al diario. El Eco fue un aula para mí. Fue la escuela de la vida. Ahí se aprende mucho, pero mucho en serio. Yo tuve la fortuna de acceder a esa formación, con esa gente, con periodistas como don Juan Calvo, Ernesto Rodríguez (que simultáneamente era maestro de escuela), Hugo Nario, Ambrosio Renis. Uno hablaba con ellos, o los leía, y aprendía. Desde una crítica de cine hasta una necrológica. Recuerdo por ejemplo la que escribió Ambrosio cuando falleció el doctor Miguel Basílico, en mayo de 1953. Un texto conmovedor.
-¿Qué recuerdos tenés de don Juan Calvo?
-Los mejores. Calvo iba a la sede de 4 de Abril y Las Heras desde su casa de Yrigoyen al 500, para llevar la nota editorial, el Buenos Días y algún otro tema. Pero además llevaba siempre un paquete de caramelos para convidarnos a todos? Escribía muy bien. A su muerte lo reemplazó su hijo, Lito, que también era buen periodista y escribía bien. Pero lamentablemente no fue buen administrador. Después lo compró Rogelio Rotonda y le dio otra dinámica, con la fuerza de la juventud.
-¿Cómo vivieron en el diario sucesos tan conmovedores como la inundación de noviembre de 1951?
-Es la cobertura que más recuerdo, la que más me impactó. Por supuesto que en esos casos trabajábamos todos. Resultaba conmovedor ver los doce ataúdes velados en el hall del municipio. Luego, la gente acompañó masivamente el trayecto hacia el cementerio que recorrieron los camiones, que debieron utilizarse porque no alcanzaban los coches fúnebres.
-¿Cómo se enteraron, siendo que en la ciudad no había llovido?
-Eran las dos de la tarde. En ese momento yo estaba en la Usina. Eramos cuatro empleados en la oficina, estábamos facturando, y de pronto, un ordenanza llega y dice ?Tandil está inundado?. Le dijimos que estaría loco, porque no había caído una sola gota en la ciudad. Al rato teníamos el agua a la altura de la escuela técnica de Maipú y Alem. En el diario se taparon las cañerías, parecía que no se iba a poder editar el diario, pero igual se hizo una edición acotada, con todas las dificultades que eso implicaba, pero con toda la información.
-¿Y con respecto a la inauguración del Dique?
-También fue una gran cobertura, aquel 20 de enero de 1962. Estuvieron el presidente Arturo Frondizi y el gobernador Oscar Alende.
Otra obra importante para la ciudad fue la inauguración de la Terminal de Omnibus, en 1971, por parte del intendente Victorio Mazzarol. Fue una persona que quiso mucho a Tandil y trabajó muy bien. Ahorraba los dineros públicos a tal punto de que cuando sus funcionarios viajaban y presentaban las facturas de comidas, les restaba el costo del vino.
-¿Qué se necesita para ser un buen periodista?
-No se trata sólo de escribir, de tener una buena formación general. Fundamentalmente, antes que periodista hay que ser idealista. El que no tiene un ideal en su vida, no puede ser buen periodista. Me doy cuenta que ahora muchos escriben o hablan pero conocen poco y nada de la gente, de la calle, no les importa la historia de la ciudad ni de las personas
DE BARES Y ANECDOTAS
-Por la época había unos cuantos lindos bares cerca del diario, ya extinguidos. ¿Dónde paraban ustedes?
-Íbamos al Rotary Bodegón, también llamado ?El ojo?, en Rodríguez al lado del ex cine Americano. Allí atendían don Quilancha Pinchentti y su esposa, doña Filomena Guanzirolli. En el salón principal se comía bien por dos o tres pesos. Pero, además, existía un salón mayor, de características más humildes, donde era más barato porque en lugar de mantel, colocaban sobre esas mesas de madera, papel de los restos de la bovina del diario. Ahí se comía por uno con cincuenta con vino y todo.
-¿Alguna anécdota?
-Muchas, en tantos años. Pero en este momento me acuerdo lo que le pasó al bueno de Diego Baroli, cuando era administrador del diario. Resulta que Luisito Granata era un querido compañero que además de hacer fotograbados, o clisés, sacaba fotos. Su padre se llamaba Francisco. Un buen día falleció un tal Francisco Granato. Baroli entendió ?Granata?. Nos comentó ni bien llegamos al diario y de inmediato él dispuso enviar una corona de flores. Un grupo fuimos hasta la casa de ellos, para consolar a Luisito. Y nos atendió su padre, a quien despertamos. El presunto muerto, preocupado, preguntó qué pasaba?
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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