De la política de los militantes a la política de los “operadores”
Desde que la política es política existen en ella negociaciones ocultas, movimientos cortesanos, así como tráficos de influencias y pagos de favores, a veces en la forma de apoyos para acceder al poder y otras en la de beneficios económicos.
Más allá de esta verdad incontrastable de la política, desde el regreso de la democracia en 1983 las formas en que la actividad partidaria se lleva adelante sufrió cambios drásticos.
Con la movilización que provocó el derrumbe de la dictadura militar, tras la derrota de Malvinas, en 1982, los partidos políticos canalizaron las expectativas y esperanzas de centenares de miles de argentinos.
El PJ y la UCR, pero también el Partido Intransigente, la UCeDé ?que llegó a llenar la cancha de River en su cierre de campaña de 1989- reunieron miles y miles de afiliados, abrieron locales partidarios en todos los barrios del país y salieron a la calle a expresarse.
Los militantes volvían a tener un lugar en la política, con la novedad de que primaban las acciones pacíficas antes que las más violentas de las décadas de los 60 y 70.
El dirigente que más peso tenía era el que más adeptos reunía, el que más gente congregaba a su alrededor.
Y así fue cuando Raúl Alfonsín, fervoroso e inteligente orador, concitaba la atención masiva en la campaña de 1983.
Pero ya entonces algo empezaba a cambiar en las formas de concebir lo político.
Por un lado, empezaban a aparecer los encuestadores y los expertos en campañas electorales. La de Alfonsín fue la primera que utilizó los consejos de esos profesionales de manera sistemática, con lo que dejó una fuerte marca en las estrategias políticas futuras.
En contraste, el candidato justicialista Ítalo Luder descreyó de las nuevas técnicas de comunicación electoral y creyó que la de entonces era una campaña más, que podía ganarse con el accionar de las distintas ramas del “movimiento”.
La confianza en los asesores de imagen y los encuestadores se potenció durante los años 90 y llegó a su máxima expresión con el ascenso al poder de Fernando de la Rúa, un dirigente timorato y conservador que se hacía pasar por “duro” en los spots de campaña.
Incluso Carlos “Chacho” Alvarez, con un discurso de “renovación” de la política, prestaba gran atención al despliegue mediático, a veces por sobre las estructuras territoriales o partidarias.
Al mismo tiempo, con la llegada de Alfonsín al poder comenzó un reinado de los llamados “operadores”, en detrimento de los dirigentes enmarcados en las estructuras partidarias.
Estos conocedores de los mecanismos del poder comenzaron a llevar adelante estrategias de los máximos líderes -negociaciones o sordos enfrentamientos- tanto con dirigentes políticos como con representantes del poder económico.
Desde el radicalismo, el mayor exponente fue Enrique “Coti” Nosiglia, quien ocupó la cartera de Interior en el gobierno radical, pero extendió su influencia, ya sin cargos ni en el Estado ni en el partido, mucho más allá de la salida de la UCR del poder.
Con la llegada de Menem a la Casa Rosada, tanto Eduardo Bauzá, como José Luis Manzano fueron quienes, a la luz de las cámaras de televisión u ocultos de ellas llevaban adelante algunas de las principales estrategias del poder político.
La crisis de 2001 y la tumultuosa salida del poder de Fernando de la Rúa ?que tuvo sus “operadores” y sus estrategas comunicacionales, pero que fueron bastante poco eficaces- produjeron algunas modificaciones en los hábitos de los partidos.
Por ejemplo, Eduardo Duhalde siempre priorizó el entramado territorial, la presencia de sus partidarios en cada uno de los rincones del estratégico conurbano bonaernse por sobre las estrategias mediáticas.
Algo de eso tuvo también Néstor Kirchner, que priorizó la acumulación de poder a la “imagen”, aspecto que nunca cuidó demasiado.
De todos modos, si algo es cierto es que los partidos siguen en crisis, que los “operadores” siguen pesando en muchas ocasiones más que los militantes y que la verticalidad de los acuerdos de cúpula se imponen a la horizontalidad de la participación política.
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