De memorias y olvidos
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Si sólo valiesen las grandes historias, no sabríamos lo que es llorar con Romeo y Julieta ni reír con Sancho Panza. Sabríamos de Jesús, pero no de María Magdalena; de San Martín, pero no de Cabral o de Baigorria.
Hay, en las pequeñas historias, un color, cierto perfume, que las transforman en únicas. Por eso merecen ser contadas.
Si así no fuese, no habría cuentos antes de ir a dormir ni relatos en noches de lluvia ni mayores formas de enamorar o enamorarse. No habría, sobre todo, lugar para esta columna.
Ayer se festejó el Día del Niño y con la sonrisa de uno solo de ellos se podría escribir y contar la mejor de las historias.
Trataremos de rescatar apenas un par.
Marcelo Federico fue un ser excepcional. Lo saben su familia, sus amigos, sus compañeros, sus alumnos, sus colegas del deporte. Lo saben los que conocieron, pero también quienes, como yo, nunca tuvimos oportunidad de cruzar más de dos palabras con él.
Es por eso que a cinco años de su muerte su nombre continúa generando ese sentimiento de gratitud que logra superar olvidos y ausencias.
Es por eso que su nombre va a quedar grabado para siempre no sólo en el recuerdo de quienes lo conocieron, sino también en la memoria de cientos, de miles de chicos. Porque desde este año un jardín de infantes se llama Marcelo Raúl Federico.
Y quizás, para el bueno de "Perico" no podría haber honor más grande que el de quedar ligado para siempre con la infancia, con la educación, con los valores, con la risa de los pibes.
Justamente, esas risas se multiplicaron hace unos días, cuando se acercaron al jardín de infantes de la zona de Arroyo Seco los amigos de Marcelo Federico, con regalos y golosinas, con abrazos y besos para el piberío.
Sin anuncios en la prensa ni cámaras de televisión; sin que nadie los convoque, sin que los citen. Ahí estaban los que hacen cierta esa frase que habla de hombres y mujeres a los que no los mata ni la muerte.
Qué mejor manera de celebrar el Día del Niño, qué mejor manera de recordar al amigo y hacerle honor a su memoria.
Había otra historia para contar en esta columna. Hablaba de otro jardín de infantes, también del otro lado de la ruta. Pero esa historia no tenía gestos de grandeza ni sonrisas para regalar. Era una historia de cuotas al día, de regalos bajo cláusulas de libre deuda, de fiesta con restricciones.
Pero hay historias que no merecen ser contadas, que nacen condenadas al olvido.
Hoy preferimos hablar de la vida, de la sonrisa de un chico, de la buena gente y de su vida. Como la de Marcelo Federico, que merece ser contada.
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