Decálogo (de siete) de costumbres que deben desaparecer
Hay una vida mejor. No se trata de ganarse el Quini 6, de mudarse a Zurich, de fenecer y esperar que San Pedro nos diga `ésta será tu morada para toda la eternidad`. La podemos vivir aquí, en Tandil. Se trata, simplemente, de erradicar algunas costumbres que atentan contra nuestra felicidad.
Aquí planteamos sólo algunas prácticas que deberíamos borrar de nuestras existencias. Entonces sí, parafraseando a Héctor Alterio, podemos gritar a los cuatro vientos ?la pucha que vale la pena estar vivo…?
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DOMINGO DE LAGO Y VUELTA AL PERRO
¡Basta tandilenses de convocarnos domingo a domingo a la vera del Lago! ¿Cuál es el sentido de este rito? ¿Mostrarnos? ¿Vernos? ¿Lucir nuestro auto (novia, novio, perro, joggin, zapatillas, corte de pelo, hijo, lifting) nuevo?
Pensamos que esta práctica iba a extinguirse de un momento a otro con la desaparición de algunas generaciones. Sin embargo, comprobamos azorados que la juventud ha tomado para sí esta costumbre. Cientos, miles, bandadas de pibes se congregan en la recta que da al balneario con sus sonrisas frescas y sus besos irreverentes, mientras metros más acá, el matrimonio mayor disfruta de reposeras, el mate y la pasta frola.
¡No hay nada más lindo que a familia unida!
Y como si esto fuera poco, el espectáculo se completa con el regreso a casa, previa pasadita por el centro. La clásica vuelta al perro por 9 de Julio, Mitre, Rodríguez, Pinto y otra vez 9 de Julio. Periplo que, en el mejor de los casos, se completa en poco más de dos horas.
El que dijo que las tardes de domingo son depresivas, si viene a Tandil sencillamente se suicida (lógicamente, arrojándose al Lago ante la mirada bucólica de miles de tandilenses que no harán nada para impedirlo).
Tunning y motocumbios
Concatenada con la tarde dominguera en el Lago y la vuelta al perro, llega a nosotros la moda del tunning. Miles, decenas de miles, millones de pesos gastados en lucecitas, parlantes, alerones, llantas y cuanto artefacto haya sido creado para vestir los autos. ¡Muchachos, el automóvil es uno de los inventos más logrados de la humanidad, pero fue concebido para trasladarse de un lugar a otro! Si alguien proyecta en él alguna otra virtud, está equivocado. No da status, no sirve para conquistar mujeres, no nos hace más felices, no nos asegura una parcela en el paraíso. No somos ni más lindos ni más rubios ni más altos ni más flacos por tener un 128 con vidrios polarizados y lucecitas azules que le salen por abajo de la carrocería ni por emitir sonidos discordantes y ensordecedores a medida que desandamos estas callecitas tandileras.
Hagan una cosa: sáquense una foto junto a su ?nave?, archívenla y dentro de unos años hablamos. Cuando sean grandes, cuando tengan hijos, nietos y le muestren avergonzados esa fotografía van a saber de lo que les estoy hablando. Pero va a ser demasiado tarde…
Párrafo aparte para los motocumbios. Bajen la música ya. Si quiero escuchar a Los Palmeras, Kapanga, Alcides o Eleno, me voy a mi casa y pongo FM Grasitud. No me obliguen a escuchar esa música mientras paseo silenciosa y plácidamente a mi perro. Pónganse un auricular abajo del casco y seamos todos felices.
BALDEAR COMPULSIVAMENTE
No existe ordenanza, ley ni mandamiento que diga que las veredas deben baldearse obligatoriamente. Se lavan solamente si se ensucian. Basta de baldear compulsivamente. Por varias razones: Primero, porque el agua se gasta. El líquido elemento es un bien escaso para la humanidad y no puede ser que por aburrimiento o ansiedad, una señora de batón y chancletas lo despilfarre como si nada.
Segundo: porque detrás de esta práctica aparentemente inofensiva se esconde la verdadera y oscura intención: chusmear. Pasarse una hora y media en la vereda sacándole viruta a la baldosa de tanto refregarla es una oportunidad única para conocer vida y obra del barrio y sus habitantes. El ?cómo le va don Anselmo, cómo anda su hija…? es el subterfugio más mísero para saber las nuevas andanzas de la vida sentimental y/o sexual de la hija de don Anselmo.
Tercero: porque deja al descubierto que nosotros (los que jamás baldeamos la vereda) somos unos verdaderos mugrientos. No hay derecho a que dejen al descubierto nuestra dejadez en materia de limpieza de la vía pública.
DE UNO EN FONDO
El hombre llegó a la Luna, podemos ver en directo en este mismo instante lo que está sucediendo en Bangladesh sin movernos de nuestra silla, hay estadios de fútbol con techo deslizable, todos los ejemplares de la Biblioteca Nacional caben en un pen drive… y todavía seguimos haciendo colas.
Cómo puede ser que la humanidad no haya inventado aún el método para evitar las esperas. Con la llegada del cajero automático creímos (ilusos) que se acabarían las tediosas filas para depositar cincuenta pesos. ¡Pero ahora debemos hacer cola para que nos `atienda` el cajero automático!
Colas para pagar, colas para cobrar, colas en los supermercados, en las ferreterías, en los bancos, en los dentistas, en la parada del colectivo, en la cancha de fútbol, en el cementerio…
No quiero esperar más. Mi tiempo también es valioso, así lo pierda sentado en un banco de plaza mirando gorriones. No quiero sacar el 68 mientras recién están atendiendo el 15. No quiero establecer nuevas amistades en la sala de espera de un proctólogo, no quiero hablar con desconocidos en la cola de un banco, no quiero escuchar la conversación telefónica de la rubia que está adelante en la fila.
Inventen algo ya porque están en problemas. De un momento a otro dejo de pagar la luz, dejo de hacer compras en el super, dejo de cobrar el sueldo.
Conste que avisé.
EL EMPLEADO DE COMERCIO EN SUS DOS VERSIONES
Si al igual que yo, usted cree que no hay nada peor que un empleado de comercio sin ganas de atender a la gente, no se confunda, hay una subespecie peor.
Es cierto: si uno va a un local a comprarse un cardigan lo que mínimamente espera es que lo saluden, lo guíen en la compra, le muestren distintas opciones, le informen sobre precios. En definitiva, que lo atiendan. Si es con una sonrisa mejor. Porque, lo que uno está haciendo es colaborar para que ese empleado cobre su sueldo a principio de mes. Así funciona el capitalismo, amigos.
Desde hace ya mucho tiempo he optado por retirarme de los comercios donde no me saludan o me miran como si fuera a pedirles que me regalen algo o a asaltarlos.
Pero, lo dicho, hay un ejemplar peor que el empleado malaonda: el confianzudo, el simpático pasado de revoluciones.
A ver: soy una persona mayor que puede aceptar tranquilamente que la tuteen. No quiero que me traten de señor ni de caballero ni de don… Pero de ahí a que me digan ?negri?, ?corazón? o ?lindo? hay un tramo, un campo de distancia.
No quiero que se desvivan por atenderme, simplemente con alcanzarme una remera o un jean talle 44 basta.
No se me metan en el probador para ver cómo me queda porque un día de estos se van a encontrar con una sorpresa desagradable; no quieran saber si voy a usar la camisa para una fiesta, un bautismo o de piyama. Ni se te ocurra darme un beso cuando me voy…
LOS ADOLESCENTES OCUPAVEREDAS
¿Usted no tiene la sensación de que la ciudad ha sido invadida por adolescentes? ¿Cuántos son? ¿Existe algún relevamiento serio que nos confirme que el 90 por ciento de la población tandilense tiene menos de 18 años?
O quizás sean solamente ellos los que ocupan las calles.
Lo cierto es que están en todos lados. Cientos, miles, millones de pibes a cada paso, en cada esquina, en los umbrales de los comercios, en las puertas de los bancos, en las plazas… El problema no sería ese; al fin y al cabo, en esta bendita ciudad hay lugar para todos.
El tema es cuando ocupan todo. No puede ser que para poder avanzar por la vereda me vea obligado a bajar a la calle (a riesgo de quedar estampillado contra la parrilla del verde) porque los muy divertidos han decidido organizar una suerte de piquete espontáneo a mitad de cuadra.
No quiero tener que pedirles permiso para poder pasar. Porque, además, no me van a entender; me van a mirar con esa mirada de vaca medio muerta que tienen y no van a saber de lo que les estoy hablando. Tengo la convicción de que no entienden el español.
No me importa (ya no me asusta) que se peinen como se peinan, que usen esos pantalones de colores estridentes, que no se distingan entre nenes y nenas, que se saquen fotos a cada momento, que bailen (¡bailen!!!) solos en la vereda como poseídos, simplemente quiero que me dejen pasar.
A ver Montani si hacemos algo con estos pibes. No sé, una playa de estacionamiento, un corralito, algo… En definitiva, es un problema de tránsito.
PADRE CORAJE
Puedo entender perfectamente que el pibe está llegando tarde a la escuela, que hace frío para que se vaya caminando, que llueva y lo tengan que dejar justo en la puerta del colegio, pero si vas a cometer una contravención, si vas a perpetrar un acto delictivo, si vas a violar la ley, hacelo rápido.
A vos, padre/madre de un hijo en edad escolar, te hablo. Podés tomar los recaudos del caso; no digo reorganizar tu vida, replantearte tu existencia misma, simplemente salir cinco minutos antes de casa, de manera tal de poder estacionar como un ser humano normal y dejar a tu hijo a una distancia prudencial de la escuela.
Si esto te resulta muy difícil, por lo menos sé consciente de que tu inconducta ocasiona trastornos a la humanidad.
Si decidís parar en doble fila taponando por completo la calle, decile al nene que se baje rápido. Por favor, no te bajes a sacar la mochila del baúl, no le des recomendaciones, no busques monedas en la cartera para que se compre algo en el recreo largo, no firmes el boletín justo en ese momento, si no te percataste de que está despeinado, no lo peines, dejalo así, no repases la lección par ala prueba… Porque justo detrás de ti y de tu hermoso auto con las balizas puestas, estamos yo y mi furia volcánica.
Fantaseo con comprarme una retroexcavadora y un día de estos salir a la calle a hacer justicia por mano propia. Entonces, cada auto estacionado sobre la izquierda o en doble fila o que simplemente detiene su marcha para hablar con alguien que pase por la vereda, será arrastrado inexorablemente hasta que una sierra nos detenga. Prometo no hacerles nada a los conductores. Prometo también devolverles su vehículo al final del día. Llevárselos hecho un bollo, un almácigo de hierros retorcidos y con mi mejor cara de otario decirles: ?me parece que esto es tuyo, te lo habías olvidado estacionado en doble fila…?
(En futuras ediciones iremos puntualizando otras prácticas a desterrar. Si usted, amigo lector, quiere sugerir algunas, serán bienvenidas).
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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