Decálogo (esta vez de seis) de costumbres a erradicar
Hemos llegado al final. Contabilizamos veinte ítems de costumbres que a nuestro humilde criterio habría que erradicar para que esta ciudad sea un poco más disfrutable. Obviamente, la lista es totalmente arbitraria, antojadiza y obviamente también, sabemos que nada va a cambiar. No importa, en el peor de los casos, ha sido una catarsis. El agradecimiento para los lectores que aportaron sus ideas.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLlegamos al final de esta suerte de libro de quejas. Hemos tratado de aportar nuestro granito de arena para que la vida en esta bendita tierra serrana sea un poco más agradable. No obstante, estamos convencidos de que no lograremos absolutamente nada. Sirva entonces a manera de catarsis.
No podemos dejar de agradecer a los voluntariosos y quejosos vecinos que nos han hecho llegar sus sugerencias de costumbres a erradicar.
Hoy nos referiremos a la condición de ciudad chismosa que tiene Tandil, a la locura en los días de lluvia, a las disputas por la sobra del árbol de la vereda, a la tiranía de la tercera edad, al eterno bolichero y a un mito que año a año se agrava: cuántos millones somos los tandilenses.
Tandil, capital nacional del chisme
No es el fútbol, no es el básquet. Ni siquiera es el tenis, que nos distingue a nivel internacional: el deporte tandilense por antonomasia es el chimento.
Hombres, mujeres, niños, ancianos, nadie se resiste a un ?a qué no sabés lo que me contaron…?. Nos gusta enterarnos de la vida ajena, de las aventuras y desventuras del vecino de enfrente, de los tropiezos económicos del almacenero, de los fracasos del empresario, de las trapisondas del político. Y una vez enterados de algún chimentito, lo propagamos con la urgencia y la peligrosidad del virus de la gripe porcina.
Lógicamente, a medida que avanza de boca en boca, el chisme suma nuevos aditamentos en una suerte de malsana construcción colectiva que termina convirtiendo al protagonista del rumor en un verdadero monstruo, en un bobo o en un campeón mundial, según el caso.
Ejemplo 1: tras décadas de ahorro, penurias y negarle caramelos a los chicos, el hombre llegó al cero kilómetro. Su orgullosa alegría contrasta con la maliciosa interpretación que de su progreso hacen sus allegados (muchos de ellos, amigos de toda la vida): ?miralo al muerto éste, y se la pasa llorando…?, ?en algo raro debe andar…?, ?para mí que es prestamista…?
Ejemplo 2: mujer, 15 años de casada, de común acuerdo con su esposo decide separarse. Comentarios barriales: ?últimamente había cambiado mucho. ¿No viste cómo se arreglaba? Hasta se cortó el pelo…?. ?yo sabía que ese matrimonio no iba a durar mucho, ella es poca cosa para él…?, ?aparentemente, él no sólo la engañaba, sino que tiene otra familia en Villa Ortúzar…?.
Ejemplo 3: el muchacho, tras una excelente foja de servicio en la empresa, consigue el merecido ascenso. Conclusión surgida en ámbitos laborales: ?qué querés, siempre fue un botón…?, ?ahora no lo va a aguantar nadie, a este pibe se le subieron los humos a la cabeza…?, ?¿sabés por qué lo ascendieron?, porque le conoce algún chanchullo al jefe…?
Ejemplo 4: el chico de 14 años se fue a probar a Deportivo Cambaceres. El análisis de ?los entendidos? en la materia: ?a este pibe lo vi jugar en el baby… ahí lo tenés, en el fútbol grande?; ?me dijeron que River le quiere comprar el pase?, ?los padres ya sacaron la ciudadanía española; parece que fichó para el Barça…?
Y así, algunos rumores ascienden de categoría, para convertirse no sólo en verdades absolutas, sino en mitos, leyendas urbanas. Quién no escuchó alguna vez el inconveniente del médico y la enfermera, que llegaron a la guardia en una situación más que comprometida. O el caso de los hermanos que armaron el auto adentro de una pieza y tuvieron que tirar la pared para poder sacarlo. O el que haciendo un hechizo murió de un infarto junto a una tumba en el cementerio y tantos otros.
Desde este humilde espacio dominguero le sugerimos al Instituto Mixto de Turismo que implemente el Día Nacional del Chisme, con sede en esta bendita ciudad. Que arriben colectivos de todos los puntos del ámbito nacional, repletos de viejas chusmas, charlatanes de boliche, periodistas chimenteros y fabuladores de feria. Serán muy bien recibidos. Eso sí, cuando se vayan, les vamos a sacar el cuero de lo lindo.
Cada vez somos más
Cada diez años, los tandilenses recibimos uno de esos sacudones que hacen tambalear los cimientos mismos de nuestro orgullo serrano: el censo. Década a década vemos frustradas nuestras cuentas y caemos en la ídem de que seguimos siendo los mismos de siempre, más unos cuantos locos que se aquerenciaron.
?¡¿Cómo puede ser que seamos tan pocos?!? Es la pregunta/protesta que surge cuando nos enteramos que no somos 150 mil, 200 mil o medio millón, como nos entusiasmamos sacando nuestros cálculos más afiebrados.
Seguimos siendo 120 mil.
-Ah, eso porque no tuvieron en cuenta toda la población del partido, aclara el avivado del grupo.
Con lo cual, la suma total asciende a 120.300.
Ahora bien: de dónde proviene esa necesidad de querer ser muchos. ¿No era que estábamos cansados de los porteños y de los muertos de hambre que se vienen a instalar acá? ¿No será que queremos parecernos a Mar del Plata, Bahía Blanca, La Plata, al menos en la cantidad de habitantes?
El salidor empedernido
La edad es un estado de ánimo, es cierto. Pero aflojemos, muchachos… Hay cosas que se pueden hacer en la adolescencia, en la primera juventud, entrada la madurez. Pero necesariamente, el hombre debe evolucionar (ni siquiera eso, al menos cambiar), aunque sea para demostrar que está vivo, que late, que no se transformó en planta.
Pues bien, quién no tiene entre sus conocidos ?compañeros de primaria, de secundaria, amigos del barrio, etc.- el que se quedó en el tiempo. Una suerte de Michael Fox en ?Volver al pasado?, pero sin haber ido al futuro jamás.
Son los eternos salidores, los noctámbulos empedernidos, los bolicheros, los recorrepistas, prácticamente un mueble, necesario e imprescindible a la hora de inaugurar un pub, confitería o afín.
Ahora, que uno es grande y hace memoria, podemos decir que desde chicos mostraban ese mandato genético, molecular, esa característica propia que los iba a hacer distintos. O mejor dicho: iguales para siempre.
Por aquellos años, cuando uno empezaba a salir, ellos ya estaban, a un costado de la pista, con su vaso en la mano, mirando quién sabe qué (porque ni siquiera miraban chicas). Recorrían el boliche a paso lento, con sus mocasines, jean impecable, camisa sin estridencias y un suéter bremer escote ?en ve? sobre los hombros. Rara vez intercambiaban conversación con alguien; apenas un saludo, un ?cómo te va?, frío, distante. Su objetivo en la vida era otro, mirá que se iban a poner a charlar con cualquier tarambana que se les cruzara. Estaban en otra cosa, en algo más importante. Jamás bailaron una sola pieza, ni lento ni movido. Nunca se despeinaron, no transpiraron. No tararearon una sola canción ni marcaron el ritmo con el pie. Nada. Ni siquiera se emborracharon o protagonizaron una pelea. Funcionaban como una especie de gigantografía.
¡Y todavía están…! Son representantes de varias generaciones: los hay de más de cincuenta, de cuarenta, de treinta… Por las tardes, frecuentan los cafés del centro. En tal circunstancia, suelen compartir la mesa con amigos. Y hablar. Pero por las noches, bolichean, vaso en mano, como serenos de una fábrica abandonada, como cuidadores del desierto, como guardias sin fortín…
Por su vaso ?religiosamente adosado a su mano derecha (la izquierda descansa eterna en el bolsillo), han pasado los tragos que hicieron furor en cada época: destornillador, séptimo regimiento, martini seco, whiscola, gintonic, gancia con vodka, cerveza, hasta llegar al actual fernet con coca.
Para cuándo un boliche que les rinda su merecido homenaje. Sin ellos, la noche tandilense sería otra.
Matar al abuelito
He recibido arteras críticas por mi descripción casi discriminatoria sobre el perfil del adolescente tandilense de la actualidad, de su forma de adueñarse de las veredas, de ocupar el mundo como si fuera de ellos solo.
Pues bien, en una muestra de intolerancia que no distingue edades ni sexos ni clases sociales, la emprendo hoy contra algunos integrantes de ese gran eufemismo dado en llamar tercera edad, adultos mayores, jóvenes que llegaron antes o como se quiera a definir a quienes yo simple y hasta cariñosamente llamo viejos (entre los cuales ya está siendo hora de que me incluya).
No son todos, es cierto. Casi que ni debo aclarar que las generalidades son odiosas. Sin embargo, en un número bastante considerable han ido en aumento aquellos señores y señoras mayores que por su condición de tal se arrogan ciertos privilegios que el resto de la ciudadanía no tiene. O incluso, padece por su culpa.
El punto no es que se quieran colar en las filas de los supermercados, de los bancos o del colectivo, que se tomen el taxi que uno acaba de parar bajo la lluvia, que no saquen número en la carnicería y encaren como si tuvieran el uno.
El punto es de la manera en que lo hacen. He tenido que contar hasta diez (o incluso pensar cómo serían mis próximos diez años en Sierra Chica) cuando una señora de rodete gris, anteojitos de pasta y echarpe me ha clavado su codo en mis costillas con tal de ocupar mi lugar en la caja del Monarca.
Si me lo pide bien, la puedo dejar pasar. Es más, si tiene la suerte de agarrarme en un buen día, soy capaz de ceder mi turno de buena gana y hasta regalarle una sonrisa. Ahora, si me viene blandiendo el bastón para dármelo por el lomo con tal de que la deje llevarse la última bolsita de pan que hay en el canasto, soy capaz de pasar por un desalmado, un insensible, una amenaza para la sociedad y arrancárselo de las manos.
Abuelo, abuela: no nos destrocen la imagen que tenemos de ustedes, de seres sensibles, entrañablemente buenos, los que nos contaban cuentos cuando éramos chicos, los que nos preparaban tortas en las tardes de frío. De ustedes esperamos la sabiduría y la tolerancia. Para el resto, estamos todos los demás…
La disputa de la sombra
Afortunadamente hemos dejado atrás el verano. Un año mas en que la suerte ha estado de nuestro lado y no se han registrado casos (al menos que hayan trascendido) de asesinatos por la disputa de la sombra del árbol.
Quisiera que un entendido en la materia me sacara la duda: ¿de quién es el árbol que está en la vereda de uno? ¿de uno? ¿de la sociedad en su conjunto? ¿es patrimonio de la humanidad? ¿es de Lunghi?
Aclarémoslo ya, entonces. Alguien puede morir de un momento a otro.
Porque si uno lo mira con cierto grado de objetividad (es decir, si uno no es el dueño del árbol ni el vecino que quiere estacionar su auto bajo su sombra), ambas partes tienen razón.
Cómo puede ser que alguien que regó su arbolito, lo vio nacer y crecer, lo crió en definitiva, no pueda beneficiarse con su sombra en las calurosas siestas de verano.
Sin embargo, como bien tenemos entendido desde que fuimos al colegio, la vereda y la calle son públicas y el arbolado, urbano. Razón por la cual si al que llegó primero se le antojó estacionar el auto debajo del árbol del vecino de enfrente, estaría en su justo derecho. Y el que llegó después (el ?dueño? del árbol), que se embrome o espere su turno.
Si a este desencuentro le agregamos la abundante dosis de intolerancia, prepotencia y exacerbado sentido de la propiedad, típicos del tandilense medio, estamos al borde de una tragedia.
Donde va la gente cuando llueve
Las características descriptas en el párrafo de arriba, que en algún sentido nos definen como sociedad, se ven potenciadas los días de lluvia.
Como si el agua ocasionara en las intrincadas mentes tandilenses una suerte de cortocircuito furioso que diera paso a aquellas costumbres que, en días secos y ventosos, pueden ser reprimidas.
Hemos dejado sentado ya en estas mismas páginas la cambalachesca manera que tenemos de manejarnos y manejar vehículos.
Bajo la lluvia, somos peores. Primero y principal porque ese día todos usamos el auto (*). Entonces a la de por sí desmesurada cantidad de vehículos que circulan en una ciudad diseñada para el tránsito de una decenas de carretas a mediados del siglo XIX, se le suman más. Si uno presta atención, ese día puede ver autos de todas las marcas, modelos y condiciones. Salen a relucir los Peugeot 303, el Falcon Futura modelo 62, el Chevrolet 40, las Studebaker, los Dodge 1500, los Citroen 2cv. Todos ellos mezclados con los importados, las cuatro por cuatro, los colectivos, las motos, las bicis… y los peatones.
Además, los días de lluvia la gente anda apurada. Tiene que hacer las mismas cosas de siempre, entrar a la misma hora que los días de sol; los colegios siguen quedando en las mismas direcciones, las cuadras continúan midiendo 130 metros. Sin embargo, todos están apurados. Por eso, pisan el acelerador. Y lo que es peor… ¡pisan el freno! Se olvidan del adoquín mojado y clavan los frenos, con lo cual el auto se desliza hasta darle el topetazo al que viene adelante. Y se originan esas patéticas escaramuzas entre dos tipos mojados y a los insultos.
Lógicamente, el que se lleva la peor parte en esta jungla lluviosa ?como siempre- es el peatón. Ojo, tampoco hay que victimizarlo, porque al igual que el automovilista, es un verdadero desastre: cruza por la mitad de cuadra, no respeta semáforos, camina por el cordón de la vereda, etc.
Pero los días de lluvia es sencillamente ignorado. No sólo no lo dejan cruzar en las esquinas, sino que además lo empapan con el agua acumulada en las cunetas.
El consejo: los días de lluvia, quédese en casa.
(*) Bueno, no todos usamos el auto en días de lluvia. Y aquí debemos hacer un apartado para una especie de tandilero particular: el cuidacoche. El insoportable que ama más a su auto que a su familia, a sus amigos, a su vida misma.
Es el que te mira la suela de los zapatos antes de dejarte subir; el que te prohíbe fumar, comer galletitas, estornudar y respirar fuerte dentro de su vehículo. El que todavía no le sacó el nylon a los asientos y ya hace cuatro años que lo tiene.
Lógicamente, este personaje no saca el auto del garaje los días de lluvia. Prefiere mojarse, enfermarse o hasta morir, antes de humedecer la alfombra de su flamante coche.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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