Decálogo (otra vez de siete) de costumbres a erradicar
Hemos iniciado la semana pasada una suerte de lista de costumbres que deberíamos erradicar los tandilenses a fin de tener una vida no digo más feliz, pero al menos más soportable.
Recordemos las cuestiones a eliminar:
-Baldear veredas
-Hacer cola
-Pasear los domingos por el Lago (con su consabido retorno: vuelta al perro incluida)
-Adolescentes que ocupan las veredas
-Tunnear el auto o su versión dos ruedas, el motocumbio
-El empleado de comercio malaonda y su peor versión: el confianzudo
-El padre/madre que lleva a su hijo al colegio en auto y comete absolutamente todas las infracciones.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLas callecitas de Tandil tienen ese qué se yo: automovilistas
Y justamente, retomemos este último ítem (el del tránsito) para decir sin que nos tiemble la voz que el tandilense promedio no debería manejar.
Así de sencillo.
No estamos aptos; volvamos al sulky, al carro tirado por bueyes y por qué no al caballo, noble ser que jamás cometería las animaladas que solemos cometer nosotros. Basta pegarse una vueltita por el centro o por lo barrios para comprobarlo.
Temiblemente, continúan conviviendo en nuestras callecitas las dos versiones del tandilero peligro al volante: el que se maneja como cuando todavía éramos una aldea y el que delira con que vive en Los Angeles.
Ambos son muy fáciles de identificar. El primero suele andar a 10 kilómetros por hora, por la mitad de la calle y no duda en clavar los frenos si ve una oferta en una vidriera o se cruza con algún conocido. Ni siquiera estaciona, sencillamente detiene su marcha, desciende parsimonioso (o baja la el vidrio de la ventanilla) y entabla una charla con el vendedor o bien con el conocido, mientras el que venía atrás no sabe si balearlo o prenderse en la conversación.
Se mueve por la vida como por un camino rural, al ritmo de un galope de vaca. Autoridades competentes: sáquenle el auto ya, eviten un asesinato.
El otro, en cambio, es rápido y furioso. No sabe, no entiende, no ve que Tandil aún no cuenta con autopista ni autovía ni vía rápida. No le importa. Surca las calles como si llevara un infartado o una embarazada al hospital. Es un refucilo que dobla las esquinas como viene y no dudaría en revolear por el aire a su propia abuelita si se le cruza en el camino.
A no confundirse, nuestro Meteoro vernáculo no padece los bríos de la juventud, que lo empujan a andar por la vida a 180 kilómetros por hora. Los hay de 40, 50 y más y son los peores. Son los que tocan bocina como poseídos cuando la fila se atasca, los que pasan las bocacalles mirando para el otro lado, los que de chicos querían ser como Juan Gálvez, Tony Perkins o Emerson Fitipaldi.
¡Muchachos, dónde vamos tan apurados! Esto es Tandil, se la puede recorrer de una punta a la otra en 10 minutos. Aflojen un poco la velocidad porque se van a pasar; a ese ritmo cuando quieren acordar ya van por Balcarce.
Ambas especies comparten un mismo sentido de pertenencia: la ciudad es mía. Por ende, hago lo que quiero. Y al que diga lo contrario, lo piso.
Pará la moto
Muchas veces me he preguntado si el motociclista tandilense está sujeto a algún código de tránsito especial. ¿La ley les permite circular a contramano, por la vereda, por las plazas? ¿Están exceptuados de respetar los semáforos? ¿Pueden adelantarse por la derecha, por arriba o por abajo, según el caso? ¿Están autorizados al escape libre y ruidosamente insoportable?
Uno viene manejando atentamente, respetando todas las indicaciones posibles y de repente, como en una pesadilla, aparece un motero. ¿De dónde salió? ¿Lo pisé? ¿Me equivoco o, encima, me está insultando? ¿Lo persigo y lo ahorco? Son sólo algunos de los interrogantes que uno se plantea, al borde del ataque de presión.
Yo sé claramente que muchos de ellos trabajan en deliverys, que cobran dos pesos por viaje, que andan bajo la lluvia o con frío. Ninguna de estas circunstancias les da derecho a matarse.
Párrafo aparte para una subespecie en marcado ascenso dentro de la rama motera, el que se desplaza en cuatriciclo. Como si ya no hubiera demasiados vehículos por estas calles del Señor, últimamente se han agregado estos artefactos diseñados para vacacionar en Pinamar o para arrear vacas en Nueva Zelanda, pero jamás para andar por 9 de Julio y San Martín.
Ni alarma ni rejas: vidrios
Somos conscientes de que la inseguridad también ha llegado a estas pampas. Vemos azorados como nuestras casas, antes libres de rejas, candados y perros cancerberos hoy se van transformando en fortificaciones. Alarmas, cámaras de monitoreo, sensores y fosas con cocodrilos, son algunos de los nuevos sistemas para preservar los bienes.
Pero todo tiene un límite. No podemos seguir tolerando que aún exista la botella rota encima del paredón como método para espantar delincuentes.
A quién se le puede ocurrir hoy -siglo XXI- que un ladrón puede desistir de un atraco porque hay un vidrio colocado arriba de la medianera.
Señora, señor, los tiempos han cambiado. Por favor, elimine ya ese sistema que sólo sirve para ensartar a algún gato descuidado o para despanzurrar una pelota de fútbol.
Fuera del área de cobertura
¿Alguien se puso a pensar cómo era vivir sin celular? ¿Qué nos pasaba hace diez, quince años? ¿Estábamos incomunicados? ¿Nuestra vida era un total aislamiento? ¿Si ocurría algo serio, nos enterábamos cuando ya era demasiado tarde?
No. Por supuesto que no. Es más, éramos felices. Si alguien nos buscaba, llamaba a casa o al trabajo. O en el peor de los casos, caminaba cuatro cuadras y nos encontraba seguro. Además, cuando nos llamaban era por cosas verdaderamente trascendentes.
El celular, en Tandil, es un aparato innecesario. No somos Buenos Aires, donde el tipo se va a las 5 de la mañana de la casa y vuelve a las 11 de la noche y no se lo puede ubicar nunca. No somos cardiocirujanos, que nos tienen que ubicar sí o sí porque si no alguien morirá indefectiblemente. Somos tandileros, nos conocemos todos, vivimos a siete cuadras el uno del otro y sabemos de memoria la rutina de cada uno. Si por casualidad alguien no está en su trabajo, ¿dónde puede estar?: en Frawens, en La Vereda o en el Liverpool tomando un cafecito. O vuelve en diez minutos.
Basta de someternos a los caprichos de este aparato infernal que interrumpe conversaciones profundas, que viola nuestra intimidad (¿alguna vez, estando en el baño, no le sonó el celular… ¡y atendió!!!!!!!!!!?).
Estoy cansado de ver por la calle hombres y mujeres hablando solos (porque además, existe la versión manos libres), como alienados. He visto señores de traje y corbata a punto de ser arrollados por un colectivo, porque cruzaron la calle mandando un mensajito. Gente grande…
¿Qué pasa con el tramposo empedernido que hoy se ve obligado a dormir con el celular bajo la almohada por temor a que su esposa se lo revise? ¿Por qué nos dejan caer en la tentación de revisar el teléfono ajeno cuando su dueño -justamente, nuestra pareja- no está?
Hagamos algo: juntémonos un día al pie de la réplica de la Movediza y revoleémosle nuestros celulares. Mataremos dos pájaros de un tiro. Esa fecha pasará a la historia como el día en que volvimos a ser libres y auténticos.
Juera perro…
Muchas veces, el mejor amigo del hombre suele ser el peor enemigo del vecino.
Como toda ciudad chica, Tandil tiene tantos perros como habitantes. Abundan los perros (bueno, a veces la gente también).
No nos referiremos en esta ocasión a los callejeros; cientos de notas se han escrito en los diarios sobre estos animalitos abandonados a su buena suerte, que suelen aglutinarse en la plaza del centro y tienen por principal diversión (quizás no la principal, caso contrario no serían tantos) tarasconear los tobillos a motociclistas.
Haremos referencia en este espacio al perro con dueño. A dos o tres clases de perros, en particular.
Los asustadores: ¿a quién de nosotros no se nos paralizó el corazón por el ladrido inesperado del perro detrás del portón? He escuchado a Hermanas de la Misericordia, a profesionales de renombre, a profesores catequesis vociferar los insultos más procaces por culpa de estos canes. He visto guapos de los que ya no quedan, llevarse las manos al pecho del susto que se han dado. He visto gordos, pero gordos en serio, cruzar la calle en dos pasos de gacela, ante la atropellada traicionera de un cuzco.
Hagamos algo ya con esos perros. La industria farmacológica ofrece infinidad de tranquilizantes como para mantenerlos dopados las 24 horas del día; pongamos carteles que alerten al desprevenido transeúnte ?cuidado con el perro, asusta?. Caso contrario, emprendámosla directamente contra los dueños. Esperémoslos a la noche, agazapados en la sombra y cuando vaya a entrar o salir de la casa, asustémoslos. ?Ahá, ¿con que no te gustó? Viste qué feo que es asustarse. Bueno, ahora encerrame al perro?.
Listo.
El perro asqueroso: es el que hace sus necesidades donde le viene en gana, ante la mirada falsamente distraída de su dueño (que hace como que mira más allá del horizonte).
No debe haber peor cosa que zampar la pisada en el lugar equivocado. Peor aún si es en nuestra propia vereda.
No hay caso, no lo intente amigo, no hay manera de sacarlo. Por más que uno vaya arrastrando la suela por el asfalto a lo largo de 20 cuadras, ese zapato será irrecuperable. Vuelva a casa, cámbiese el calzado y empiece de nuevo. Caso contrario a lo largo del día, vaya donde vaya, lo perseguirá la pregunta condenatoria: ?che, ¿no sienten un olor feo acá?
El perro bravo: hasta hace unos pocos años, lo más temible que se podía ver por las callecitas de Tandil era un doberman. Hoy, parecen Lazzie comparados con estos verdaderos asesinos seriales que nos sorprenden cuadra de por medio: rottweiller, pitbull, bullterrier, dogo, presa canario, mastín napolitano… y sigue la lista.
¿Qué queremos demostrar con estas bestias? ¿Que somos malos nosotros también? Bueno, mañana me consigo un león y salgo a pasear por el centro. A ver picho, vení…
El primo de la novia del hijo del verdulero de la esquina…
Hay una característica -casi una mala costumbre- del tandilense. que sólo la perciben aquellos que no lo son. Es decir, los forasteros.
Nos referimos a esa necesidad imperiosa que tiene el ciudadano promedio de estas tierras de conocer a todo el mundo.
El tandilero típico no soporta, no puede entender, no acepta no conocer a otro tandilero. Por eso, cuando una conversación deriva hacia el nombre de un nativo de Tandil, no falta el que detenga la charla y pregunte: ?¿cuál? ¿quién? ¿Gambasardi, dijiste? ¿el padre no era el que tenía la gomería en Mitre abajo? Gambasardi, Gambasardi… ¿el tano Gambasardi??. Y así sigue hasta dar con el dato, un parentesco, una relación, un noviazgo o tan siquiera una vecindad que lo asocie, que ubique al misterioso Gambasardi en este universo de cuadras largas y calles angostas.
Logrado dicho objetivo, el tandilense típico permanecerá unos minutos callado, como ido del tema (procesando información), hasta que pueda meter el bocadillo: ?ya me acordé. ¡Gambasardi… el Colorado Gambasardi! Resulta que la madre de este muchacho, que hoy debe tener arriba de los 50 porque me acuerdo que jugaba al fútbol con el Loco Filiberti que era clase 47, bueno la madre del Colorado anduvo mucho tiempo con el gallego Filomeno, el dueño de la despensa que estaba…?
Pronto, la charla se enfocará hacia vida y obra de Gambasardi, sus antiguas novias, sus primos lejanos, hasta indefectiblemente terminar en que es pariente de alguno de los que participan de la conversación. ?Che, pero entonces Gambasardi es primo segundo de mi vieja. Entonces, qué es de mí…??
Nada, querido, nada.
Para el forastero que observa de afuera este rito, la situación es poco menos que graciosa. ¿Cuál es el interés por saber el árbol genealógico de Gambasardi, sus desventuras sentimentales, sus logros estudiantiles, sus tropiezos empresarios…?
En definitiva, todavía subyace entre nosotros un Tandil que sigue siendo chico, en el que ?nos conocemos todos?.
¿Pero vos sabés con quién estás hablando…?
Casi un derivado del anterior, es el tic del tandilense que no soporta que no lo conozcan. No necesariamente hay que llevar un apellido patricio ni tradicional para sentirse ?famoso?: un González, un Rodríguez, un García también pueden padecer esta patología.
La ciudad ya no es la misma de hace algunas décadas. Sin embargo, nuestro personaje continúa moviéndose por la vida como si lo conociera todo el mundo. Camina por las veredas con cierto aire de suficiencia, como quien pasea por el jardín de su casa. Los más simpáticos, llevan una sonrisa permanentemente dibujada, no vaya a ser cosa que quede mal con alguien; los otros, en tanto, fingen un rictus de seriedad extrema. Ambos, no obstante, se sienten observados; saben que la gente los mira, que el público los observa, que todos quieren saludarlo aunque algunos no se animen.
Hasta aquí, ningún problema. En todo caso, no deja de ser un asunto íntimo, personal. Sin embargo, en algunas ocasiones este defecto puede derivar en verdaderos contratiempos.
Por caso, cuando nuestro protagonista estaciona sin tarjeta y se encuentra con un acta de infracción en el parabrisas del auto. Con la boleta arrugada en sus manos mira el cielo como buscando una explicación divina, pone los brazos en jarra, busca complicidades entre la gente que pasa caminando ?mirá, me hicieron la boleta…?, dice, esperando una respuesta obligada: ?¿pero están todos locos estos? ¿cómo te van a hacer una boleta a vos, justo a vos…??.
Hasta que por fin aparece el inspector del tránsito que no hizo más que cumplir con su deber.
-Escuchame, ¿vos me dejaste esta boleta?
-Sí.
-¿Y se puede saber por qué?
-Porque no tenía tarjeta de estacionamiento, señor.
-Ah, bue…
Y ahí viene la frase matadora:
-¡¿Pero vos sabés quién soy yo?!!!
La situación ya no tiene retorno. El inspector, seguramente, le responderá que no lo conoce, lo cual enardecerá aún más a nuestro amigo. ¿Cómo que no lo conoce? ¿De dónde es este tipo? ¿Dónde se crió?
Finalmente, y en medio de un verdadero escandalete, nuestro personaje se retirará ofuscado y más tarde llamará al jefe del inspector, al jefe del jefe del inspector y hasta al mismísimo intendente: ?No es por el monto de la multa, Miguel, no es una cuestión de plata. Es otra cosa…?
El estigma del ?tandilense conocido? se puede presentar en otras variantes: el que pretende un descuento o simplemente una invitación cuando va a cenar a un restaurante o a tomar una copa; el que intenta entrar gratis al teatro; el que en los eventos oficiales se ubica en los lugares reservados para invitados especiales; el que va al banco y con sólo mencionar su apellido supone que tiene un crédito otorgado, etc.
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