Descontrolados
Se ha repetido hasta el hartazgo. Se han gastado chorros de tinta, letras de molde, espacios radiales y televisivos, spots publicitarios. Nada parece alcanzar. El aquelarre en la que se ha transformado la calle provoca pavura.
Otra semana más plagada de accidentes, copada de heridos de distinta consideración que van a parar al Hospital, donde los recursos humanos y materiales nunca alcanzan.
Se insiste en la necesidad de mayor rigurosidad de controles, pero luego se lo anida con la idea de que la sociedad está enferma, mal educada, entonces no hay control que alcance.
Y allí prevalece el pensamiento de que como es un problema de todos entonces no es de nadie. La calle es todos y de ninguno. Todos creen tener derechos pero nadie se detiene en las responsabilidades, y allí se cimienta la ley de la selva, el del más fuerte, generalmente el de mayor porte. Entonces las motos y sus motociclistas “pierden”, con vidas o secuestros.
Se piden controles, se insiste, pero cuando se comienza a controlar nace el fastidio y el exigir mirar a otro costado, del lado donde hay hechos más graves, y se habla de la inseguridad de las personas. De aquellos “cabecitas” de armas llevar que se quedan con la ajeno, sin medir que a estas alturas hay más víctimas por los delitos de guante blanco que los de aquellos marginales de siempre que, claro está, son los únicos que terminan sometidos al poder judicial y el estigma popular.
A estas alturas debiera repensarse que hay más inseguridad vial que las de las otras. Que cuando se pide controles se lo pide en razón del otro, no de uno.
Y si no que lo digan los taxistas y remiseros, que cuando comenzaron a intentar regular sobre su situación contractual con el empleador salieron a patalear cual levantadores de quiniela clandestina de otras décadas, los llamados tiempos zanatellianos.
Y si no que lo diga el propio Lunghi, que cuando sus propios funcionarios se disponían a clausurar un centro comercial por hallarse anomalías que hacen al edificio donde trabajan (previa denuncia de usurpación del propietario del predio), se inclinó por el costo menor, desairó a sus colaboradores (una vez más y van…) y dio marcha atrás a la decisión.
Se tratará entonces de pensar en que se trata de una cuestión cultural que hace una curiosa idiosincrasia a asumir sin hipocresías, para así incorporar en el ideario colectivo que Tandil no es sólo un lugar soñado, sino también descontrolado.
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