Detrás de cada historia
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
En este mismo espacio, ayer daba cuenta de dos pequeñas historias ocurridas en los últimos días y que tuvieron como protagonistas a nenes de dos jardines de infantes.
Decía que una de esas historias valía la pena contar. Porque hablaba de gestos de grandeza, de sonrisas infantiles, de amistades que superan los olvidos y de memorias que trascienden el tiempo.
La otra, la que en definitiva no conté, bien se podría ubicar del otro lado de esa misma moneda.
Si una hablaba de un acierto, la otra puntualizaba un error; si una era para sonreír, la otra dejaba un gusto amargo.
Por eso, la columna de ayer intentó ser amplia y generosa con la buena historia y escueta con la que no lo era. Consideré que apenas dos líneas bastaban para describirla. Porque lo dije ayer, e insisto hoy, en que hay historias que merecen ser contadas, mientras que a otras sólo las salva el olvido.
Con sobrado criterio, un buen lector cuestionó que la columna debió haber sido precisa en datos y detalles de la historia que no conté.
Y claro que tiene razón cuando dice que así como hay que dar a conocer lo bueno, también hay que hacer público lo que no lo es, con nombres y apellidos.
La cosa fue así: en un jardín de infantes ubicado en un barrio alejado del centro decidieron organizar la fiesta del Día del Niño, que iba a incluir espectáculos y sorteo de regalos. Pero, para poder participar, los chicos debían tener la cuota de la cooperadora al día.
A todas luces, un error. Entiendo que no hay mayores comentarios para hacer al respecto. Entiendo también que pontificar desde un espacio como éste y caer con todo el rigor de adjetivos y calificaciones es, mínimamente, desatinado.
Quiero creer además, y en esto prefiero pecar de ingenuo, que el error se habrá enmendado. Porque al fin y al cabo, quien integra una cooperadora escolar (quitándole tiempo a su descanso, amargándose gratuitamente, ganándose dolores de cabeza mientras otros se desentienden), no busca hacerle mal a un pibe. Justamente, todo lo contrario.
Hubo un error, claro está y por ende, la gran oportunidad de enmendarlo y seguir creciendo.
Finalmente considero que desde los medios a menudo caemos en una trampa, que consiste en denunciar una injusticia ahondando en detalles innecesarios; sin medir el daño que se les puede provocar a las propias víctimas.
Una trampa que es más peligrosa todavía si quienes están en el medio son chicos.
Sostendré, hasta que algo o alguien me hagan entender lo contrario, que para denunciar la desnutrición infantil no es necesario pasar imágenes de rostros de pibes muertos de hambre.
Más que innecesarias, esas imágenes merecen otro calificativo. Que el lector sabrá elegir adecuadamente.
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