Dolores Isabel Freire Frigola de Sandin y el secreto de llegar a los 100 con alegría

Entrevistar a una persona de cien años siempre es una aventura. Y más si se trata de Lola Frigola quien, con sus cien años ya cumplidos, es un ejemplo de vida: no sólo tiene buena salud, sino que conserva con precisión detalles de todos los tiempos vividos, y tiene un excelente sentido del humor que comparte cada día con familia y amigos.
En esta oportunidad contó parte de su vida a este Diario, que hoy transcurre entre partidos de carta y bingo con sus vecinas, charlas y momentos felices con sus afectos y días plácidos, cosecha de una historia construida en familia y con felicidad.
 
Su historia
 
Lola nació en Balcarce, el 31 de agosto de 1914. Llegó al mundo en su casa, atendida por una comadrona llamada Francisca. 
Es la segunda de seis hermanos: Pedro Manuel (1911), Marcelino Esmeralda (1916), Santiago Andrés (1918), Ludivina (1920) y Libertad (1927). 
Sus padres, Marcelino Freire Panizo y Baltazara Peláez Frigola eran de la provincia de Zamora, España. Su padre había nacido en el municipio Camarzana de Tera y, su madre, en San Pedro de Ceque.
Cuenta Lola que, cuando Baltazara empezó con sus dolores de parto, la colgaron de una soga, de la cumbrera de la casa, y la hamacaron de lado a lado para ayudar a tenerla.
El papá de Lola -Marcelino-, era español y llegó a la Argentina a los 18 años. Tenía dos hermanas (Bernarda y Jacoba). Trabajaba con su primo Manolo en Napaleofú donde estaban construyendo las vías (a carretilla) de Lobería a Napaleofú y de Napaleofú a Tandil, en cuadrillas de 8 ó 10 personas. 
Su padre conoció a Baltazara en España. Fue el primero en llegar a la Argentina y le escribía cartas hasta que, dos años después, ella se embarcó y luego de 40 días arribó al país.
Si bien tenía un novio en España, no lo había elegido. En aquella época las  familias les buscaban a las chicas pretendientes con alguna propiedad. Así que, antes un año, cumplía sus deseos: se había casado con Marcelino para formar la hermosa familia Freire-Peláez.
 
Vida familiar
 
La casa donde vivían fue construida por toda la familia y con ayuda de los vecinos. La levantaron con panes de tierra que cortaban del suelo con una cuchilla, creada para tal fin, un palo y una soga de la cual un varón tiraba con una cincha. Esos panes se daban vuelta durante el día para que se secaran bien y en dos días estaban listos para apilarse y armar las paredes. Una vez levantada la pared, se preparaba el revoque, con paja y barro, y se alisaba con una cucharilla para que no se desmigara.
Construyeron una gran cocina y dos cuartos, uno para los padres y el otro para los hijos. 
En la cocina se construía el fogón (varillas de hierro sobre cascotes de tierra, bajo los cuales se colocaba la leña) con chimenea en la parte superior. En invierno se compraba carbón, se encendía durante el día y se dejaba toda la noche para calefaccionar la casa. Las mesas y sillas se adquirían en las carpinterías del pueblo.
 
El trabajo
 
Las actividades de los hombres consistían sembrar y cosechar maíz, papa y girasol. Si hacía falta, las mujeres tomaban la azada y les ayudaban.
El pan se compraba en Napaleofú, la carne se conseguía semanalmente con un carnicero que iba recorriendo la campaña con un carro. La carne era de vaca u oveja. Los cerdos se criaban en la casa y se les daba rebacillo o afrechillo y cada invierno se carneaban 4 ó 5 y luego preparaban las facturas de cerdo (chorizos, morcillas y queso de cerdo) y se salaban los jamones alrededor de un mes. Luego se colgaban en un rincón de la cocina para que se ahumaran. Las aves sólo se sacrificaban para hacer guisos.
Además, preparaban salsa de tomate con aderezos, la colocaban en botellas, las tapaban con un corcho y las colocaban boca abajo en pozos de tierra y las dejaban 20 días o un mes, hasta que estaban listas para consumir.
También se preparaba la quinta donde sembraban: porotos, arvejas, garbanzos, morrones, tomates, cebollines, zanahoria, lechuga, repollo, ajo. Los morrones se colgaban de la cumbrera para que se secaran, atados por la colita con hilo sisal.
 
Vida sencilla
 
En general, la ropa la confeccionaban en la casa. Tenían máquina de coser y las prendas de lana se tejían a dos agujas y con una aguja de ganchillo. También se tejía al crochet sacando los moldes de las revistas Caras y Caretas. La lana de majadas de ovejas se compraba en estancias de la zona, su mamá la hilaba con un huso y una rueca. Una vez tejida la prenda, la misma se teñía con tintes que se conseguían en el pueblo. También usaban musgos y líquenes de las piedras para dar un tinte marrón claro, con buen brillo.
Al almacén se iba una vez por semana y compraban: yerba, café, té, azúcar por bolsas de 70 kilos, harina y aceite.
A la noche se iluminaban con candiles o se colocaba una mecha de hilo en el centro del corcho de la botella o frasco y el sobrante iba hacia adentro para que se mojara con el kerosene. 
 
Estudios
 
No había escuelas en la campaña. Cuando ella tenía 13 ó 14 años, un muchacho joven, aún no recibido de maestro, y de Tandil, se ubicó en una casa de familia y les daba clase a los chicos de la colonia. Cobraba unos pocos pesos por su tarea. Les enseñaba a leer, a escribir, a hacer cuentas, algo de historia. 
En la familia de Lola sólo mandaban a estudiar a los hijos varones, y ella aprendió mirando a sus hermanos hacer las tareas. Les preguntaba el nombre de las letras, después las repetía y las unía armando palabras. Y también aprendió a contar.
 
Entretenimiento
 
Los domingos a la tarde se reunían a tomar mate, té y café en una de las casas. Las mujeres jugaban a “quién tiene la llave” y los hombres a las cartas: mus, truco. Se divertían en las casas. 
Comían facturas de cerdo, aves, papas fritas. La bebida era el vino, que se compraba en bordelesas de 100 litros.
Alguien tocaba la verdulera (una especie de acordeón) y los demás bailaban y cantaban rancheras, pasos dobles, tangos.
 
El amor
 
Los pretendientes eran de la vecindad. Lola tuvo su primero a los 16 años. Pero era muy celoso, y duró poco, hasta que en su vida apareció Atilano Sandín. 
Los Sandín habían alquilado un campo cerca de su casa y les habían pedido que les lavaran la ropa a él y a su medio hermano, Ventura, quien había perdido su madre al nacer. 
Atilano tenía otros cuatro hermanos varones. Había nacido en Zamora, España, en 1905. Había llegado a América, en barco, a los 18 años. Su primer destino había sido Cuba, donde trabajó dos años en agricultura en pueblos del interior. Había viajado con su padre, evitando hacer el servicio militar y buscando ganarse la vida. Luego, en Argentina, tuvo como destino a Napaleofú. Trabajó muchos años en La Tandilera, con los arados. Se movían con una chata grande, tirada por 12 caballos; adelante iban los cadeneros, que hacían más fuerza y el resto, atrás. Acarreaban bolsas de trigo del campo a Napaleofú; dormían en camas que armaban debajo de la chata, de eje a eje y luego se compró un catre plegadizo. 
El noviazgo empezó cuando Lola tenía 24 años y Atilano 33. La visitaba todos los domingos e iba muy bien vestido. Se sentaban con toda la familia y luego tenían unos minutos para estar solos, charlando. Luego de un año y medio, Atilano le pidió la mano al padre de Lola, que le preguntó a Atilano: “¿Con qué la vas a mantener?”. Atilano tenía trabajo y prometió mantenerla con el fruto del mismo.
Se casaron el 5 de junio de 1940. Fueron a vivir a la casa que Atilano y la familia Salvoch (tamberos de la Colonia Suiza de Napaleofú) habían construido para el nuevo matrimonio. A los 11 meses nació Héctor y a los 4 años, en 1945, Alberto.
 
Unidos y con amor
 
En su vida de casada, Lola vivió con los adelantos de la época: tenían el servicio de luz, cocina a leña y calefacción con estufa a kerosene que se desplazaba de un cuarto a otro, hasta que llegó el gas.
Los chicos fueron al colegio en Napaleofú y su maestra fue Dora de Iparraguirre.
Estando casada, criaba aves y cerdos; hacía quinta de verduras y canteros con hermosas flores.
El 4 de febrero de 1973, cuando sus hijos eran jóvenes, se trasladaron para vivir en Tandil y dejaron su casa de campo para que viviera su hijo menor, recién casado. Estaban en Tandil de lunes a viernes y los fines de semana iban en su Renault Dauphine al campo. Visitaban a su hermana Ludivina y familia, y a sus amigos.
A Lola siempre le gustaron las tareas del hogar: plantar flores, cocinar. Vivió muy feliz con la compañía de Atilano. Les gustaba ir al centro y volver. Conversaban mucho y él le contaba de su estadía en Cuba y de la forma de vida allí. Fueron muy compañeros y era un padre ejemplar. Estuvieron juntos hasta que él falleció en 2000. Dice Lola: “Nos levantábamos bien, nos acostábamos mejor”, “habrá muchos tan buenos como él, pero mejores, seguro que no”. 
 
Estar informados
 
El papá de Lola se acercaba a la orilla del tren que pasaba por Napaleofú y seguía para Necochea. En esos momentos, y dos veces a la semana, el guarda del tren le tiraba desde la ventanilla el diario La Prensa. El lo leía y después reunía a sus hijos y les contaba las novedades. 
 
Su vida, hoy
 
Su hijo Alberto vive en el campo aún y Héctor se mudó de joven a Tandil para estudiar. Trabajó en la Ford y dio clases hasta hace un año en los talleres de la Escuela Técnica Felipe Senillosa.
El 30 de agosto Lola cumplió los cien años y los celebró en San Manuel con un almuerzo, reunida con todos sus seres queridos.
Hoy, sus días transcurren tranquilos: “Me levanto, si puedo, antes de que asome el sol. A la tarde juego a la lotería o a las cartas con mis vecinas. Si me dejan, hago mis cosas pero, a veces, no me dejan todo lo que quiero, creo que tienen miedo de que me pase algo. Pero creo que es peor estar sin hacer nada, porque uno se aburre”, dijo entre risas. 
Lola agregó que “yo no me achico, sé que tengo años, pero he vivido bien, tengo dos hijos divinos. Estoy lúcida, muy bien. Ahora me canso un poco más, pero son cien años los que tengo. Tengo la memoria perfecta: me acuerdo de cuando era chica, de las cosas de ahora. Hasta hace poco tejía y cosía, todavía veo bien sin anteojos”.
Además contó que “Cocino, pero no tengo especialidad, salvo el guiso, puchero. Me gusta comer de todo, pero no puedo por la vesícula. Prefiero lo salado a lo dulce. Mi comida favorita es el churrasco con papa, zapallo y zanahoria. Igual nunca hice excesos de comida. Pesaba 48 ó 50 kilos cuando era joven, ahora un poco menos. También me gustan las mermeladas de ciruela o manzana”. 
Para terminar, mira por la ventana y dice: “Desde que vine a vivir a Tandil, ésta siempre fue mi casa, en Villa Italia. Tengo flores, mi jardín, que cuido todo lo que puedo. Además de mi familia, las flores y las aves son mi locura”.

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