Dónde va la gente (buena) cuando llueve
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Intento encontrar una razón científica al problema. No tengo a mano ningún tipo de bibliografía al respecto, me da no sé qué molestar al meteorólogo de turno, no sé a quién llamar. Pongo en Google: "qué efectos provoca en la gente la lluvia" y me salen cientos de páginas con los peligros de la lluvia ácida.
No es lo que estoy buscando. Lo que me pregunto es por qué la lluvia potencia nuestras taras de convivencia en sociedad.
Nadie, al menos yo, a esta altura de la vida pretende que con los primeros chaparrones nos lancemos a las calles, a las plazas, a los paseos, lánguidos y románticos a escribir poemas con tinta indeleble. Estaría bueno, un ataque de sensibilidad generalizada mal no nos vendría.
Pero no va a poder ser. Porque para disfrutar de la lluvia hay que estar bien de gusto, sin horarios, sin trabajo, sin obligaciones.
Pero una cosa es no ponerse romántico y otra bien distinta es transformarse en un psicópata social o algo peor.
Me temo que el gran trastorno que nos desencadena la lluvia no es el enojo sino el apuro. Ya se sabe cómo actúa uno cuando está apurado. Y si un tipo acelerado ya es un problema, la sociedad en su conjunto, apurada, es una calamidad.
En ese afán por llegar rápido a algún lado se llevan todo por delante. Al otro, al prójimo, al próximo.
El apurado motorizado en días de lluvia es un espécimen detestable. Si en días soleados no respeta a nadie, bajo los efectos del chaparrón es un peligro social. Responde a un código de tránsito propio que en estos días le da vía libre. Desde estacionar a la izquierda, en doble fila, en garajes y paradas de colectivos, hasta pasar semáforos en rojo, no respetar cruces peatonales ni peatones.
Para colmo, en días de lluvia todos andan motorizados (la antítesis de este fenómeno es el tipo que sale a pie para no ensuciar el auto. Un perturbado). Las cuadras donde hay colegios, en horarios de entrada y salida se convierten en un pandemónium: bocinazos, gritos, insultos, frenadas, choques, forcejeos. Padres y madres encolerizados, como poseídos, ante los ojos de sus propios chicos.
El peatón adquiere la categoría de poste o algo peor. Ni se le ocurra cruzar ante la presencia de un auto porque quedará incrustado como un cascarudo en la parrilla.
Tampoco se permita esperar a cruzar parado en la orilla de la vereda porque peligro al volante pasará a toda velocidad por arriba del charco y le imprimirá una suerte de baldazo que lo dejará empapado y con peinadita.
El peatón tampoco escapa a la paranoia. Insolidario por humectación no cederá bajo ninguna razón el sector guarecido de la vereda. Señoras grandes, abuelitas, que en días de sol nos generan ternura, en un día de lluvia se convierten en un obstáculo, un cono, una valla en nuestra carrera alocada. Y como vale todo, un buen empujón a tiempo servirá para liberar nuestro camino.
Pero a no confundirse, porque atentos a estos peligros, viejitas y viejitos suelen andar con paraguas de tamaños inmanejables con los que son capaces de dejarte tuerto ante la mínima distracción.
Para cuando la lluvia cesa y el viento comienza a despejar los malhumores, queda todavía una última trampa, insignificante pero letal: las baldosas flojas.
Mis preferidas son las de la iglesia del centro, por Fuerte Independencia. Media cuadra o un poco más de auténtico campo minado. Sólo Dios sabe -por su carácter de propietario del lugar- los insultos que he sabido conjugar caminando por esa vereda.
Para este fin de semana se anuncia lluvia. El consejo es quedarse en casa, mirando por la ventana. En una de esas, se inspira -contrariamente a lo que dice Antonio Birabent- y se escribe flor de poema.
Siempre es preferible pasar por cursi antes que por loco.
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