Dos amigos, dos partidos políticos, y la misma pasión por el ?Lobo? de La Plata
Una de las pocas cosas en las que estos grandes amigos no coinciden es en la política. Osvaldo es radical, incluso fue concejal por ese partido, mientras que el “Tano” es peronista y ocupó el cargo de secretario de Gobierno cuando su hermano Gino era intendente, el último justicialista en llegar al Sillón de Duffau.
Se hicieron amigos en la adolescencia, mientras estudiaban el secundario en el colegio San José, pero ese lazo se estrechó aún más cuando ambos se mudaron a La Plata para seguir la carrera de Derecho.
“Allá nos veíamos prácticamente todos los días, en el café El Parlamento, ubicado en avenida 7 y 51; e íbamos a la cancha a ver a Gimnasia”, contó Osvaldo con la cara iluminada por los recuerdos de aquella época gloriosa.
El café, un espacio propicio para charlar de fútbol y de política, era oportuno antes y después del almuerzo en el comedor universitario. “Caminábamos por calle 7 desde 51 hasta plaza Italia”, dijo y describió que por ese entonces serían no más de veinte tandilenses en La Plata, que era un pueblo.
Si bien no compartían la vivienda, se veían todos los días. Aún recuerdan las mateadas en la calle 33, al límite con Tolosa, donde paraba Osvaldo con otros estudiantes. Eran tiempos en los que no se echaba llave a las puertas, y sus amigos solían esperarlo en la cocina, mientras él regresaba de la facultad.
“Hay dos épocas en la vida donde se da la verdadera amistad: la colimba, que ya no existe más, o en la época de estudiante, porque no hay ningún interés pecuniario de por medio. Después vienen los intereses, ya en la vida profesional, donde al que es amigo hay que pasarlo por rayos para ver si es amigo en serio”, reflexionó Osvaldo.
La militancia
En cuanto al vínculo con la política, Enrique Pizzorno relató que “yo mamé justicialismo porque mi padre era militante y legislador en la primera etapa del peronismo. Yo tenía escasos 10 años, no militaba a esa edad pero en la familia se mamó lo que el viejo traía. Era lo lógico”.
A fines de la década del 40 y principios del 50, entre los integrantes de la familia Pizzorno se hablaba mucho de política. Además, sus padres recibían amigos con quienes compartía la militancia.
Como estudiante no se involucró en política universitaria, pero sí cuando regresó a Tandil. “Me considero un tipo con ideas profundamente sociales, y al año y pico de caer acá, motorizado por el Partido Comunista en donde estaba a la cabeza gente muy conocida como Salceda, Frechero, Logarzo, etc., se creó una agrupación política que se llamó Encuentro Nacional de los Argentinos (ENA), que surgió como oposición a la famosa Hora del Pueblo, donde habían tomado parte los partidos políticos reconocidos”, manifestó.
El movimiento ENA cuestionaba a las dirigencias partidarias y consideraba que se había producido un “estancamiento del ideario y del ejercicio de la política”, precisó.
Promediando los ‘70, Enrique se exilió en Canadá y regresó con la vuelta de la democracia, en la primera derrota del justicialismo por el radicalismo, de la mano de Raúl Alfonsín.
Cuando su hermano Gino Pizzorno fue electo intendente, trabajó durante 14 meses como secretario de Gobierno hasta que se abrió una bacante en el Tribunal de Trabajo y fue nombrado juez.
Al radicalismo
En cambio, Osvaldo Gutiérrez militó en La Plata en una agrupación llamada Unión Universitaria, que no estaba ligada a los partidos, y participó del centro de estudiantes.
“Cuando estaba en La Plata no estaba embanderado en ningún partido político, más bien tenía ideas socialistas. Después me recibí y empecé a trabajar con el doctor Pugliese en el estudio, y discutíamos mucho de política. A veces coincidíamos en algunas cosas y otras no”, explicó.
En 1983, con la apertura democrática, se sumó a la UCR y fue concejal hace tres décadas. “Ahora, 30 años después, tengo una hija que está en la lista radical en tercer término (Carolina Gutiérrez) y si sale electa, va a jurar el mismo día en que yo juré como concejal hace 30 años”, relató con orgullo.
Siempre juntos
En La Plata, Enrique y Osvaldo se veían todos los días. Incluso, formaban parte del equipo de fútbol de estudiantes tandilenses, que era muy bueno y solía jugar las finales contra Trenque Lauquen o Necochea.
Antes de que Enrique partiera a Canadá, ambos amigos y sus esposas salían a almorzar todos los 31 de diciembre para cerrar el año. Esa tradición la cumplían a rajatabla.
“Fue un gustazo estar en la casa de ellos cuando fuimos a Canadá. Por esos avatares de la vida, el doctor Pizzorno llegaba a la casa con un mameluco y unos borceguíes llenos de pintura, porque trabajaba de operario allá”, recordó Osvaldo, el primero en visitarlo durante el exilio y quien le llevó un casete con el saludo de sus familiares más cercanos.
En esas reuniones o en las largas mateadas en la capital provincial –donde vivieron la austeridad y experimentaron la yerba de ayer secándose al sol-, nunca discutieron fuerte por las ideas políticas. Y mucho menos por el fútbol, donde coincidían plenamente: ambos eran de Boca y se hicieron fanáticos de Gimnasia y Esgrima en la ciudad de las diagonales.
En la columna de las anécdotas, contaron que cuando eran estudiantes en La Plata, las reservas jugaban los jueves. En una oportunidad fueron a ver a Estudiantes y decidieron arengar a dos ignotos jugadores del “Pincha” –Florindo y Strafacce-, que no trascendieron en los anales del fútbol. Uno de ellos convirtió un gol y se acercó hasta el alambrado, a gritárselo a los tandilenses… Aún debe intentar dilucidar quiénes eran esos dos particulares personajes.
Un buen ejemplo
En tiempos en los que las diferencias ideológicas derivan en agresiones y descalificaciones continuas, estos dos amigos se erigen como un buen ejemplo de la sana convivencia de las distintas formas de pensar. Y aún más, en el marco de una campaña política.
“La violencia la rechazo en cualquier cosa y en la disputa ideológica se puede pensar distinto a través del discurso, pero que no pase de ahí. Cuando llega a la violencia, a la agresión, ya no es pensar distinto. Es otra cosa; es volver a las cavernas. Entre personas civilizadas se puede discrepar, pero suavemente”, consideró Osvaldo Gutiérrez.
Y su amigo agregó que “la agresión a veces es física y, a veces, verbal. Especialmente en el terreno verbal es cuando se llega muchas veces a la infamia, a descalificaciones que son bochornosas”. u
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