Dramatismo y después?
Dorothea, una extranjera recién llegada y protestante, cuyo marido vivía en Tandil hacía más de una década y controlaba una parte del poder local, no podía quedar al margen de las prácticas que caracterizaban a una dama pueblerina: ir a la iglesia, participar de los carnavales y fiestas patrias, integrar la Sociedad de Beneficencia, recibir las visitas y visitar a las familias notables de la comunidad.
En la observancia de estos rituales constitutivos de la existencia cotidiana las mujeres cumplieron un importante papel como integradoras de sus congéneres al orden todavía lábil que configuraba y reproducía (o que creaba y recreaba) a la sociedad de Tandil en el ocaso del mundo de la frontera.
Cuando la Argentina aluvial comenzaba a nacer del seno del país criollo y el mundo de la frontera entraba en su ocaso, Dorothea y Juan la abandonaron para retornar definitivamente a Dinamarca.
En 1872, después de doce años de ausencia, los Fugl visitaron su patria con la idea de regresar a Tandil y seguir viviendo allí quizás hasta el final de sus días. Empero, no podían imaginar que la visita, que se prolongó casi un año y medio, estaría atravesada por tanto dramatismo.
En aquellos meses, dos de los tres hijos que Dorothea y Juan habían tenido en la Argentina murieron víctimas de una epidemia de difteria que asolaba a la isla de Lolland. En el viaje hacia Dinamarca, Dorothea quedó embarazada y aquel año ?de perplejidad y dolor?, tras el entierro de sus dos hijas, nació una niña en cuya compañía emprendieron el retorno a Tandil dejando atrás al mayor de sus hijos que por ese entonces tenía doce años y quedaba pupilo en una escuela de Copenhague.
De vuelta a su hogar de la pampa, presa de la tristeza, Dorothea no pudo sobrellevar el dolor de tantas pérdidas. Juan decidió entonces vender las propiedades de la familia y marcharse de la Argentina.
En abril de 1875, los Fugl cerraron el ciclo de su vida en la frontera.
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