Eduardo López, kilómetros y más
Por Leandro Vecino | leandroabelvecino@gmail.com
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Accedé a las últimas noticias desde tu email“Cuando uno se está por jubilar, todos le preguntan por el después. Y a mí, lo que me gusta es andar en bicicleta. Entonces, se me ocurrió pensar qué lindo sería poder recorrer todo el país en bici, hacer algo no muy común”, contó Eduardo López a La Vidriera.
Tras 44 años, 5 meses y 23 días como empleado de Metalúrgica Tandil, llegó el tiempo de la jubilación, en 2012. Y el 9 de febrero de 2013 inició la travesía que lo hizo recorrer unos 13.100 kilómetros. El regreso a esta ciudad se produjo el sábado 31 de agosto, exactamente a un año de haber pasado a retiro en su desempeño laboral.
La pasión por la bicicleta llegó casi por descarte. Luego de practicar fútbol, actividad que abandonó para dedicarse a su familia y al trabajo, optó por el deporte de las dos ruedas debido a que no se veía condiciones para el atletismo.
El tiempo hizo que se convirtiera en el objetivo en el cual poner la mente una vez jubilado. Aunque interviene en forma discontinua en competencias desde hace unos cinco años, fueron 204 días de viaje (147 de pedaleo y 57 de descanso) los que sellaron definitivamente su relación con la bici. Así nos lo contó en su casa, mate de por medio y con un mapa de la Argentina desplegado sobre la mesa.
López transitó, en promedio, casi 90 kilómetros por día, a una velocidad de entre 15 y 17 kilómetros por hora. Es de imaginar que atravesó diferentes paisajes, y sus climas, y que el viaje le dejó vivencias insospechadas.
-¿Cómo se preparó para esta travesía?
-Ya tenía en mente que quería hacer este viaje, pero no sabía si se iba a concretar. Lo tenía pensado hace cuatro o cinco años. Porque un viaje así necesita mucho tiempo, y uno no puede hacerlo si está trabajando en relación de dependencia.
En mis últimas vacaciones en el trabajo, ocupé mucho tiempo entrenándome. También me preparé para algunas competencias de mountain bike. Al otro día de jubilarme, ya estaba arriba de la bicicleta. También, antes de salir, recibí el visto bueno de una doctora: estaba apto para realizar un recorrido de esta magnitud.
Hombre de fe
Su alimentación durante el viaje fue normal. Sin embargo, destacó el consumo de Gatorade, dos bananas por día, chocolates y barritas de cereal. Pero volvamos al principio: una vez que acondicionó su bicicleta y un tráiler de seis kilos y medio, más todo lo necesario para una experiencia de este tipo, se lanzó a la ruta.
-¿Había planificado el recorrido?
-Mi idea era ir para el sur. Todo dependía del desarrollo del viaje. En Tres Arroyos tengo a mis consuegros. Yo sabía que, si veía que no iba a poder ser, llegaba hasta ahí, me comía unos corderos y me volvía (risas). Pensé al viaje como un ‘paso a paso’, aunque tenía los deseos de ir a Ushuaia y transitar por la Ruta 40. Eso lo tenía como obsesión.
-¿Cómo era su rutina?
-Por lo general, salía a las 7 u 8 de la mañana. Por día, pedaleaba entre 7 y 8 horas, aunque en algunos tramos anduve 11 y hasta 12 horas. Dependía del clima. En el sur había viento, sí, pero no tanto como yo esperaba.
-¿Cuál fue el mayor recorrido en un día?
-186 kilómetros, de Trelew al Cruce de Camarones. Pedaleé casi 12 horas.
-¿Tenía previsto dónde se iba a alojar en cada lugar?
-Llevaba una carpa, una colchoneta inflable y una bolsa de dormir, por si no conseguía alojamiento. Si no, por lo general, me quedaba en las delegaciones de los Bomberos Voluntarios de cada lugar. O en casas de conocidos: en Bahía Blanca, por ejemplo, me alojó la familia de una compañera de estudios de mi hija.
Viajé con el celular. Con mi señora me comunicaba prácticamente todos los días, lo mismo que con unos amigos y compañeros de trabajo, Carlos Penone y Florencio Aguerre, que me hacían la logística. Llamaban por teléfono a cada lugar para saber dónde podía tener alojamiento.
-¿En qué pensaba mientras pedaleaba?
-En todo lo que estaba almacenado en mi cabeza, en lo que iba a pasar, en mi familia… Y recé mucho, también, prácticamente todos los días. Pedaleaba y rezaba. Yo sabía que sin Dios y el ángel de la guarda que me siguió permanentemente, esto no lo hubiera podido hacer.
-¿Qué sentía a medida que pasaban las horas?
-Los kilómetros se me hacían interminables. Me parecía que desde Tandil yo hacía 100 kilómetros en menos tiempo. Cuando estaba lejos, sentía que no llegaba nunca a cada nuevo destino.
-¿Se define como un hombre paciente o ansioso?
-Ansioso.
-¿Sintió el cansancio en algún momento?
-No tanto. Pero todo el primer trayecto, tuve calambres. Cuando salí, pesaba 79 kilos; en Ushuaia, ya estaba en 67. Después, el cuerpo se fue adaptando.
Al sur
El recorrido por el sur del país ya lo había hecho hace quince años, pero en coche. En el camino, durante esta primera etapa y todavía con la presencia del verano, llegó a dormir a la intemperie. Fue en el trayecto entre Carmen de Patagones y San Antonio Oeste. Al ser una distancia (210 kilómetros) que no podía cubrir en un día, pasó la noche entre los árboles, al costado de la ruta, y el calor de la época le evitó armar la carpa.
“En Sierra Grande me encontré con otro ciclista, Raúl Sosa, que me insistió para sumarse al viaje hasta Ushuaia –contó–. Me vio en bicicleta en la ruta, me paró y ahí se acopló. La mujer y la hija lo seguían en el coche. Cargamos mi bolso en el portaequipaje y el trailer en el portabicicletas, que él tenía porque competía.
En Jaramillo, su familia consiguió un polideportivo, donde nos dieron alojamiento. Y en Puerto San Julián dormimos en la Prefectura, porque él pertenecía a esa fuerza”.
Entre Puerto San Julián y Comandante Piedrabuena padeció la primera lluvia fuerte, aunque aseguró que sólo fueron cinco los trayectos que tuvo que transitar con precipitaciones copiosas.
“Mi compañero, al final, se volvió en Comandante Piedrabuena, porque se demoraba por su trabajo”, contó, sobre el viaje que tenía como primer destino importante al Parque Nacional Tierra del Fuego.
-¿Cómo es el paisaje del sur?
-Pasando Bahía Blanca hasta Río Grande, no se ve nada, solamente las ciudades. Lo único que hay son guanacos, avestruces, algún pato en un arroyo y algunas ovejas entre el piquillín. Después empiezan algunos montes, algo de vegetación.
-¿A partir de dónde comenzó a padecer el frío?
-En Tierra del Fuego. Entre Tolhuin y Ushuaia, hubo lluvia, viento y estuve un par de horas parado.
Con el cacique
Arribó a la bahía Lapataia, en el Parque Nacional Tierra del Fuego, el 23 de marzo. “Es un paisaje hermoso. Hice noche ahí, porque era otro de los pequeños objetivos que tenía planeados”, reconoció.
La llegada a la parte más austral del país significó el fin de una etapa y el comienzo de un largo camino hacia las tierras del norte. “En Tres Lagos equivoqué el trayecto –recordó–. Agarré para el lado de la Cordillera. Hice más o menos 37 kilómetros. Empecé a percibir que era un ripio con mucha piedra, no estaban preparando nada el camino. Yo seguía normal, hasta que una camioneta de Vialidad me preguntó dónde iba. Tenía previsto ir a una estancia, La Lucía, pero me recomendaron volver”.
Tras apuntar que hizo noche en otro parque nacional, en este caso Los Alerces (Chubut), trajo al diálogo su estancia en El Salitral (Neuquén), donde habita una comunidad mapuche.
-¿Ya tenía acordado alojarse en ese lugar?
-Sí, había hecho el contacto con gente que tiene almacenes al costado de la ruta. Me quedé en la casa del cacique, una casa muy humilde; pegada, había una escuela.
-¿Le quedó alguna historia de ese paso?
-El cacique me contó que estaban por ir a elecciones. Si no lo votaban, se tenía que ir a vivir a otro lugar de la zona. El cacique siempre tiene que estar al lado de la escuela.
Por otro lado, otra gente es aceptada si quiere entrar a la comunidad. De hecho, la esposa del cacique no era mapuche.
-¿Qué le decían los pobladores de cada lugar sobre el viaje?
-Les parecía raro. Me decían que estaba loco, aunque en muchas localidades saben que existen personas que hacen este tipo de recorridos. Por ejemplo, los Bomberos Voluntarios están acostumbrados a recibir gente. Yo he encontrado, durante el viaje, gente de Alaska, Francia o Alemania. Un francés, que venía en bicicleta desde Alaska, entendía algo de castellano. Pedaleamos juntos nada más que quince kilómetros, porque él era mucho más joven que yo. Tenía 25 años y no le podía seguir el ritmo.
Sin pedalear
Pasaban los días y las localidades, y este tandilense continuaba su ascenso en bicicleta por el mapa del país. De la zona cuyana, el recuerdo es que el frío era cada vez más duro a medida que el año avanzaba, y que en la Cuesta de los Terneros (Mendoza) tuvo el primer desperfecto técnico: la rotura del eje del tráiler. “Hice dedo, me cargaron también la bicicleta y me llevaron hasta 25 de Mayo. Fue uno de los dos tramos en los que no pedaleé, junto con el de Tres Cruces a Abra Pampa, en Jujuy. No conseguía alojamiento y me recomendaron que me tomara un colectivo. Había mucho viento y estaba a la mayor altura, unos 3.700 metros”.
En un viaje de esta dimensión, puede suponerse que en alguna oportunidad apareció el peligro. Sin embargo, este ciclista aseguró que todo el recorrido fue muy tranquilo, tanto durante el pedaleo como al alojarse en cada pueblo. Sólo alguna discusión con un camionero por su tránsito en la ruta, nada más.
Bajar
Cafayate, tierra de vinos; vinos, por otra parte, que no llegaron a Tandil. “Paré en una bodega nueva, antes de llegar a Cafayate. Siete Vacas, se llama. Mas que una bodega, parece un moderno edificio arquitectónico. El dueño es arquitecto y se hizo una bodega espectacular. La responsable de la vinoteca no tenía Malbec para degustar y me abrió una botella. Como estábamos solos, le dije: ‘Me la podrías regalar. Quién se va a enterar…’. No quería hasta que la convencí, en parte porque le conté la travesía que estaba haciendo. Y me terminé llevando el vino, que tomé en esos días”.
Del paso por el norte, destacó el andar por la famosa Cuesta del Obispo. “Ascendí más de 3.300 metros, y después 25 kilómetros en descenso. Tenía que ir frenando, es todo ripio”.
El punto más septentrional lo tocó en La Quiaca. A partir de allí, la vuelta a Tandil, con el paso por Santiago del Estero, el Chaco y el Litoral. Ya en la provincia de Buenos Aires, tomó en dirección a la costa antes de volver a la ciudad. Presenció, por ejemplo, la nevada en Miramar, donde se quedó una semana tras pedalear, desde Colón (Entre Ríos), trece días consecutivos sólo descansando por las noches. “Cuando salí de Miramar, después de tantos días sin hacer ruta en la bici, me dolía todo”, marcó.
-¿Qué le dejó el viaje?
-Una alegría bárbara, porque pude cumplir un objetivo que tenía planificado desde hace años. Hice algo que me va a quedar. Trabajé 44 años con una conducta ejemplar, pero eso no era suficiente. Tenía que hacer otra cosa (risas).
-¿Cree que usted cambió en algo?
-Sí, estoy más joven (risas). Con todos los que charlaba creían que tenía menos de 50 años, hasta que un día me saqué el casco, vieron que era pelado y canoso, y empezaron a pensar que era mayor. No me daban 66.
-¿Lo volvería hacer?
-Sí, pero junto a otro compañero. Ahora veo lo que hice y me doy cuenta de que, si a este viaje lo hubiera hecho en coche y en un momento me hubieran propuesto seguir, en determinados tramos, en bicicleta, creo que no habría continuado. *
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