El ?Acróbata del camino? estuvo en Tandil
Desde 2005 Villarino ha estado vagabundeado con un presupuesto de cinco dólares diarios, a través de Europa, Medio Oriente, -incluyendo Irak, Irán y Afganistán- China, Tibet, India y Tailandia. En poco tiempo se embarcará en una travesía hasta Alaska en una bicicleta de dos pisos, que es un diseño que conoció en este viaje.
Gracias a la experiencia vivida, ha escrito sus memorias, que retratan la hospitalidad y la cotidianeidad de los distintos países que ha transitado. Éstas se han convertido en un libro: Vagabundeando en el Eje del Mal ? Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a pie, que anuncia su ambicioso objetivo de manera metafórica: rescatar un caleidoscopio olvidado en la vasta oscuridad, desmitificando estereotipos que giran en torno a Medio Oriente y los países musulmanes.
Villarino considera que para conocer al otro cultural no resta otra posibilidad que poner el cuerpo y trasladarse uno mismo hasta el lugar de los hechos.
De esta manera, con una mochila al hombro y el pulgar atento, siguiendo la estrategia del caracol, recorrió entre 2005 y 2007 el trayecto comprendido entre Irlanda y Tailandia, y dedicó su libro a los días vividos en Irak, Irán, Afganistán, Turquía y Siria.
Al pasar sus páginas y leer sus palabras, el lector entra en contacto con las tormentas de arena, y parece sentir el aroma a té preparado por los beduinos del desierto.
La hospitalidad del pueblo musulmán es, sin dudas, la gran revelación del viaje al autor. Frontera tras frontera, Juan va empujando los prejuicios para encontrar, contrariamente a lo pronosticado, pueblos cada vez más hospitalarios que lo invitan a sus casas como huésped de honor.
En su viaje protagoniza situaciones absurdas cuando entra en Irak de noche como un vagabundo, pero conoce de casualidad al primo del presidente, y termina dando lecciones sobre cómo hacer dedo dentro del Parlamento.
Entre sus múltiples aventuras, Villarino logra tomar el té en campos minados, se convierte en cartero y aprovisiona su mochila en bases norteamericanas en Afganistán.
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Después de haber recorrido unos 80 mil kilómetros y 45 países, no dejan de surgir memorias que lo vinculan a esos sitios que fueran su primer terreno de viajes. ?Viajar alrededor del mundo era una especie de sueño que tenía, que se concretó después de un año y medio de preparativos y de tomar decisiones?, dice Villarino.
La primera etapa de viaje duró 27 meses y ?las fotos reflejan parte del viaje, lo mismo que el libro?. Siempre trató de registrar lo vivido en su recorrido, ?tuve toda la intención de documentar lo que era la cotidianidad de cada país?, asegura.
Además explica que ?en la escritura encuentro una herramienta estética y política, porque yo estoy contando una realidad que vive la gente y cierta información que genera un cambio en la conciencia de las personas. La idea es transmitir palabras e imágenes, contagiarnos de la cotidianidad del resto del mundo, que parece tan separada de nosotros. Se habla de Pakistán y de Turquía y quizá nunca vimos un paquistaní. Es la posibilidad de ponernos en el zapato del otro, de ir deshaciendo los estereotipos, contando la vida en el camino?, indicó.
Algunas anécdotas
Después de pasar seis meses en Europa, para Villarino fue todo un hito llegar a Estambul: ?Turquía se vuelve una anticipación de lo que será medio oriente: el bazar, los pañuelos. Todo eso se iba a repetir en Siria, en otros países?.
A cien kilómetros al sur de Estambul, recibió ?el bautismo de la hospitalidad de Medio Oriente?, donde desde comerciantes hasta estudiantes se sucedieron en una línea para ayudarlo, ofrecerle alojamiento y comida.
En Afganistán, en medio de una nube de polvo, tuvo la posibilidad de presenciar cómo cuarenta jinetes jugaban bushkashi, el deporte nacional afgano; también pudo beber el té en campos minados; y comprobar cómo las mujeres deben cubrirse para no ser mal vistas. También pudo tomar una foto de dos niñas que pronto, cuando sean adultas, no podrán volver a posar.
Hasta compartió un pic nic, con tres policías afganos armados, sobre un prado de flores silvestres violetas.
Comprobó cómo los niños tienen dañada su piel por soportar innumerables tormentas de arena y el clima, sumamente inhóspito.
También constató que grandes cantidades de niños juegan sobre los vehículos militares abandonados por los soviéticos luego de la ocupación, en 1989.
La hospitalidad en Irán no se hizo esperar: una familia que viajaba en dos paykanes se detuvo y les cedió los asientos de uno de los coches. Prefirieron hacer dedo ellos mismos, antes que Villarino siguiera esperando.
En Ebla visitó una escuela, donde entre los alumnos, se difundió la noticia de que un paracaidista había aterrizado en el patio, confundiendo su mochila con el equipo de paracaídas. Asumieron que Vallarino estaba cansado y se acercaron con timidez a su mesa, para dejarle galletitas.
La Maga
Es su mochila, que en una ocasión le salvó la vida. Llegó a Turquía de noche y estaba buscando donde acampar, pero todo estaba completamente oscuro. Pisó en falso en un área que sin visibilidad y comprobó ?en el desplome- que era el foso de un ascensor en construcción. Cayó y rotó por la fuerza de gravedad sobre la mochila, que amortiguó la caída. Luego, un costurero Iraní le arregló las roturas que le había causado el golpe. Hoy, el corte ?en L?, reparado por el sastre se convierte en una anécdota digna de contar.
Sobre Tandil
Más allá del armonioso paisaje serrano y la gastronomía, Tandil siempre fue para Villarino una escala en la Ruta 226 en el camino hacia el Norte. ?Cuando pienso en Tandil, lo primero que recuerdo es un viaje realizado con Juan Cruz, viajero tandilense con quien llegamos a acampar en Laguna Brava, en La Rioja, a 4230 metros, entre salinas, volcanes apagados y un frío atroz. Otras veces recuerdo una noche, también fría, de 1999, cuando crucé los ocho kilómetros de ciudad a lo largo de la ruta, para ser alzado, sobre el tramo final, por una de esas viejas camionetas destartaladas que circulan por nuestra Pampa. Los hombres eran pescadores y se iban a algún espejo de agua cerca del paraje La Pastora. A mí me dejaron en una estación de servicio que parecía haberse quedado en el tiempo -a juzgar por los surtidores deslucidos y los avisos comerciales de marcas caducas-. Al preguntarle al playero cómo debía llegar al paraje La Pastora, me advirtió que si llegaba allí a pie a esa hora, me iban a soltar los perros. Obviamente, opté por acampar en la gasolinera…?.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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