El Colegio San José recuerda al Hermano Gabriel Taborin
Fue el 1 de noviembre de 1799, y en una pequeña aldea de montaña de la región de los montes Jura, más precisamente en Belleydoux, que el pequeño Gabriel viera la luz. Cuarto hijo del matrimonio constituido por Claudio Taborín y María Poncet Montant, debido a su delicada salud, fue bautizado el mismo día de su nacimiento.
Francia seguía viviendo las consecuencias de la Revolución ?no sólo en sus iglesias quemadas y profanadas, las instituciones del antiguo régimen subvertidas, sino hasta en el mismo concepto de tiempo. El caprichoso calendario republicano había suplantado al antiguo, por lo que el recién nacido fue registrado como un nuevo ciudadano nacido el diez del mes Brumario, del Año VIII.
En una Iglesia carente de sacerdotes, perseguidos, exiliados, escondidos en los bosques, o que había renunciado a su ministerio por el juramento de adhesión a los principios republicanos de la nueva Constitución ?los denominados sacerdotes patriotas o juramentados?, la vida de fe católica se refugia en el seno de las familias. Son los padres de familia los encargados de organizar las procesiones, acompañar y proteger a los sacerdotes que debían celebrar las misas clandestinas y celebrar las primeras comuniones.
Estas vivencias narradas por sus mayores con cierto carácter épico, penetrará en el imaginario infantil del pequeño Gabriel, que luego revivirá en los juegos con sus compañeros mientras cuidaban los ganados en los verdes prados rodeados de pinos y abetos. Es en los juegos infantiles donde el futuro fundador va esbozando sus ideales de adulto.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailSimplemente, hermano
Luego de la etapa formativa en dos internados, de Plagnes, bajo la dura férula de un maestro, anciano y bonachón, pero que fundamentaba toda su pedagogía en el principio de que ?la letra con sangre entra?, y Châtillon de Michaille, colegio y seminario, a corta distancia de la frontera suiza, consciente de la importancia de la educación en el rol protagónico del nuevo soberano, el moderno ciudadano, contra todas las expectativas y deseos del cura párroco y de su familia, renuncia a las posibilidades del sacerdocio, y de ahora en más su deseo será ser ?sencillamente, hermano?.
En 1817, en pleno período de la Restauración, se hace cargo de la pequeña escuela comunal de Belleydoux y su fama de exigente y esmerado educador se extiende por toda el valle, por lo que debe abrir un internado en su propia casa.
En 1825, a pesar de los halagüeños éxitos de maestro y director, renuncia a su cargo y luego de participar en una misión rural de dos meses de duración, ya tiene claro su futuro: fundar con algunos compañeros un instituto de hermanos dedicado a la educación de los niños y jóvenes, y al cuidado de los templos como sacristanes.
Es en los fracasos donde se modelan las personas de Dios y se acrisolan las intenciones humanas para transformar las obras en querer divino. Luego de diez años de ambular como maestro y catequista itinerante y de cuatro frustrados intentos de fundación, el año 1835 marca como la fecha definitiva de la fundación del Instituto de los Hermanos de la Sagrada Familia, en Belmont, diócesis de Belley.
Vocación de servicio
Firme en su propósito de fundador y para dar continuidad y seguridad a la obra, guiado en todo momento por su obispo, monseñor Raimundo Devie, en 1841 logra de Roma, el papa Gregorio XVI que el Instituto de los Hermanos de la Sagrada Familia sean reconocidos con derecho pontificio. Previamente ya había sido reconocido por el rey Carlos Alberto de Saboya, con sede en Turín.
Rápidamente la flamante sociedad religiosa y respondiendo a los anhelos de la nueva ciudadanía republicana libre, igualitaria y fraterna, se extiende por los reinos de Saboya y Francia, a través de pequeñas escuelas parroquiales y comunales.
En 1856, con grandes ilusiones envía sus primeros cuatro hermanos misioneros a Estados Unidos de América, en la ciudad de Saint Paul, Estado de Minnesota, en medio de una densa población de emigrantes católicos franceses e irlandeses. Las grandes distancias, la soledad de las inmensas planicies tachonadas de bosques y la orfandad espiritual de estos religiosos, hicieron que al poco tiempo la obra misionera fracasara, produciéndole un dolor que acompañará al hermano Gabriel hasta sus últimos días.
Hacia fines de septiembre de 1864, sus energías se iban debilitando día a día. Sin embargo el alma de ese robusto montañés no se resquebraja. Visita por última vez las numerosas escuelitas para alentar a sus hermanos. En noviembre su salud no resiste más, afectada por una neumonía de la que no sanará. En las pocas semanas en que permaneció en cama solicitaba a sus hermanos que no rezaran por la recuperación de su salud. ?Toda ella había sido ofrecida a Dios como un incienso?. Sólo esperaba en la acción de gracias por todos los favores que Dios le había dado en vida, cumplir con su voluntad, aceptar su cercana muerte, la que llegó en la madrugada del 24 de noviembre de 1864, rodeado del afecto de sus hermanos.
Aquel granito de mostaza
En la expresión tan querida al hermano Gabriel Taborín, ?el pequeño grano de mostaza, que comenzara a germinar en el pueblito de Belmont hoy extiende su ramas en cuatro continentes? y es deseo de los actuales superiores desembarcar muy pronto con una nueva fundación en una de las islas de Indonesia.
La falta de vocaciones religiosas no ha sido un obstáculo para la difusión de la obra del hermano Gabriel Taborín: El nuevo estilo de la vida de la Iglesia surgido del Concilio Vaticano II, es de una mayor participación de los seglares en la misión. El carisma educativo y evangelizador taboriniano es compartido en total identificación y comunión por los religiosos y los laicos.
Hoy el hermano Gabriel Taborín está vivo y presente en cada religioso, en cada docente, en los alumnos y miembros de las fraternidades nazarenas que comparten un mismo estilo de vida evangélico: ¡Sencillamente hermanos!
Este es el propósito de todos los miembros de la Comunidad Educativa del Colegio San José, en el día de su venerable fundador.
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