El fuego se apoderó de las sierras, y bomberos y vecinos le plantearon una batalla desigual
Alimentado por la duradera sequía y hambriento sin límites ante la densidad de lo que hallaba a su paso, el fuego se apoderó ayer de las sierras y devoró decenas de hectáreas de pastos y frondosas arboledas.
Nuevamente, la esforzada labor de los bomberos, apoyada por vecinos de las zonas afectadas, resultó tan conmovedora como impotente ante la voracidad de las llamas.
Pese a que la tarde se presentaba más bien serena, lo que impidió que el siniestro alcanzara mayores proporciones, la topografía volvió a convertirse en el mayor escollo para los servidores públicos. Sabido es que la ausencia de caminos y lo rocoso del suelo convierten a algunos lugares en inexpugnables, todo sumado a las dificultades existentes para reabastecerse de agua.
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El comienzo
Eran alrededor de las 16 cuando el primer foco ígneo se declaró en el interior del predio de la cantera Carba. Los bomberos respondieron al alerta inicial y marcharon hacia las sierras, para dar combate a las llamas.
En el lugar, los vecinos dieron rienda suelta a diferentes especulaciones sobre el origen del incendio, aunque no se atrevieron a brindar precisiones.
Lo cierto es que la labor esforzada de los uniformados logró sofocar parcialmente el foco, llevando algo de tranquilidad a la barriada.
Pero no pasó mucho tiempo para que el fuego volviera a entrar en acción, ahora tras mudarse a las sierras posteriores al club Uncas. Allí, enormes lengüetas rojizas se apoderaron de distintas variedades de árboles, algunas de las cuales le prestaron material más que propicio para una combustión desenfrenada.
En esa zona, de casi imposible acceso, los vecinos libraron una desesperada lucha contra las llamas. Sin aguardar la llegada de los servidores públicos, munidos únicamente de baldes y lonjas húmedas, se internaron en la espesura del paisaje.
Se acercaba el atardecer, y las columnas de humo espeso se elevaban a medida que el fuego tomaba contacto con los pinares. En determinado momento, cerca del atardecer, una brisa traicionera cambió el curso de las llamas y a punto estuvo de dejar atrapados a un par de hombres, que lograron desplazarse en medio de la tensión reinante.
Para colmo, la cercanía del foco ígneo con varias viviendas le sumaba una cuota de dramatismo a la de por sí dantesca escena. Los bomberos, limitados en gran medida por el relieve del terreno y la carencia de medios, atinaban a reabastecerse en un complejo de cabañas cercano.
Pero mientras uniformados y vecinos protagonizaban un combate sin cuartel contra el siniestro, otro foco se instaló en Villa del Parque. En el lugar se repitió el mismo penoso cuadro: avance del fuego en medio de las piedras, y afectación total de árboles y pastizales. A esas alturas, momentáneamente las casas cercanas no corrían riesgo, aunque sus propietarios se mantenían en las afueras, siguiendo con preocupación las alternativas del fenómeno.
Simultáneamente, otro foco se registró en inmediaciones de El Paraíso, obligando a los bomberos a agrandar su campo de acción. Poco más tarde, la oscuridad cubrió las sierras y las siluetas de movimientos frenéticos quedaron sólo iluminadas por el fuego.
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