El General
Por Marcos Gonzalez
Las imágenes que se me vienen del General San Martín son las de los textos escolares. Se lo ve serio, riguroso, con un mástil en la mano, o en los billetes de cinco pesos. Incluso de viejo, en el cuadro que lo muestra pensativo en su ocaso francés, conserva ese rictus severo.
He conocido gente así. Tipos que en el fondo han de ser pura bondad, pero que te miran y parece que te estuvieran por retar.
Lo mismo me pasó cuando fui a ver El Santo de la Espada. Corrían los principios de los setenta y cualquier motivo era bueno para que nos sacaran del tedio de las aulas. Mejor aún si era para ver una película. Oportunidad más que propicia: oscuridad, anonimato, amontonamiento. Timoratos como yo, aprovechábamos esas situaciones para tirar avioncitos o bollos de papel a los de las filas de adelante.
Sin embargo, empezó la película y ahí estaba Alfredo Alcón, implacable San Martín en tecnicolor. Desde la inmensa pantalla del Teatro Estrada, ese hombre narigón y de voz profunda, seguía imponiendo respeto. Así que me pasé la hora y media calladito y atento, como la gran mayoría de mis compañeros, salvo los cuatro o cinco endemoniados de siempre, que fueron desalojados de la sala de una oreja.
Y ahora que miro su monumento desde aquí abajo, en esta tarde gris en El Cerrito, siento esa misma sensación.
Ya no soy el pibito de guardapolvo gris, temeroso de la autoridad. Debemos tener la misma edad, él desde el bronce eterno y yo terrenal y sin pergaminos.
Este hombre -hombres como éste- me inspira un respeto más cercano al cariño que a la solemnidad. Por más que él esté abajo del caballo, con los pies sobre la misma piedra que no me animo a pisar, prefiero seguir viéndolo desde acá abajo.
Y sólo me basta girar la mirada un poco, para ver allá a lo lejos otro monumento: el de Martín Rodríguez.
Unos cuantos cientos de metros separan las figuras de estos dos hombres, contemporáneos y protagonistas, cada uno a su medida, de la fundación de la Patria.
Pero no son cientos de metros los que los separaron en su momento. Fueron abismos. Este pueblo chico parece juntarlos desde sus coquetos paseos: ellos ni siquiera se miran.
Tan distintos, como distintas fueron su concepción de la Patria, tuvieron algunas cosas en común. Ambos le pusieron la piel y la sangre a sus convicciones; ambos llegaron a viejos (lo que supone infinitas madrugas de insomnio para pensar y repensar la vida); ambos murieron en el exilio.
Las ideas y sus desvelos los pusieron en veredas opuestas. La historia cuenta que cuando San Martín estaba en Mendoza -de regreso, tras liberar Perú-, pidió permiso al gobernador Martín Rodríguez para viajar a Buenos Aires para ver a su esposa que agonizaba. El ignominioso ministro de Gobierno de Rodríguez, Bernardino Rivadavia, le cobró una vieja cuenta y negó la autorización.
A los pocos días, San Martín desoyó la orden y se vino. Pero llegó tarde: Remedios había muerto.
Poco le quedaba por hacer al Libertador en un país sumergido en guerras civiles, mezquindades y deshonras.
El resto es historia conocida: la partida, la crianza de Merceditas, el intento de retorno a la Patria, la resignación, Boulonge Sur Mer, el 17 de agosto.
Mientras repaso lo poco que me acuerdo de los manuales escolares se me mezclan las imágenes del billete de cinco pesos, del hombre viejo y severo en el óleo de Servi, de Alfredo Alcón y mi silencio respetuoso en el Teatro Estrada.
Acá arriba, a un par de metros inalcanzables, San Martín sigue mirando el horizonte. Como ensimismado, como desentendido.
Sonrío para adentro, casi como una reverencia y sigo mi camino.
Salud, general. Mi respeto sigue intacto.
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