El General
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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Juan Domingo Perón
8 de octubre de 1895 – 1 de julio de 1974
8 de octubre de 1895 – 1 de julio de 1974
La imagen de Perón que me viene de mi niñez no es la mejor. El Perón que conocí era viejo, pero no un viejito; no tenía esa mezcla de fragilidad, bondad y ternura de los viejitos de las películas. Era, además y para mi corta edad, aburrido, inentendible.
Nací con Perón proscripto o casi. Fue poco antes de que el presidente Frondizi asegurara por cadena nacional que no iba a renunciar ni a suicidarse. Ni falta que hizo: fue derrocado y detenido en Martín García.
La familia de mi vieja era apasionadamente peronista; la de mi viejo, irremediablemente gorila. No así mi padre, que pudo sortear el estigma familiar y mantenerse crítico a Perón, pero sin esa fuerte dosis de veneno que inoculaban sus detractores.
Es más, aunque nunca me lo reconoció, tengo para mí que era más peronista de lo que él creía. Pero le molestaba sobremanera ese fanatismo llevado a la irracionalidad que profesaban los seguidores del General. Sin ir más lejos, mi vieja.
Mi padre se hizo desarrollista en el `58 y así murió en el `89, no sin antes anticiparme los desastres que le esperaban al país de la mano de "este patilludo charlatán que se cree Facundo Quiroga".
Exagerado como era para algunas cuestiones, en esta premonición se vino a quedar corto.
Lo cierto es que a mis 11 años, ese Perón siempre sonriente que llegaba al país entre las lágrimas de mi madre y el silencio de mi padre, no me generaba nada. No así su esposa Isabelita, que me resultaba ridículamente graciosa.
En julio del año siguiente tuve tres días sin clases, las lágrimas de mi vieja recrudecieron y el silencio de mi viejo se había acentuado, pero parecía nacerle del miedo más que del respeto.
-Justo ahora se vino a morir -lo escuché decir días más tarde-. Y encima nos dejó a esta estúpida.
Durante los tres días que duró el sepelio, el televisor de casa permaneció prendido de corrido. De tanto en tanto, mi vieja dejaba de hacer las cosas de la casa y se sentaba a mirar un rato. Se secaba las lágrimas con un repasador o lo que tuviera a mano.
-¿Por qué llorás tanto? -le pregunté una tarde, entre preocupado y confundido.
-Porque ahora nadie se va a preocupar por nosotros.
Hizo un largo silencio, mientras yo me preguntaba qué teníamos que ver nosotros en este asunto. Porque para mí, nosotros éramos mi hermana, mi vieja, su esposo (que ya no era mi viejo) y yo. Se repuso y siguió hablando.
Me habló de su infancia en el campo, de cuando sus hermanos más grandes llegaban de trabajar todo el día con unas monedas en el bolsillo, de cuando ella misma tuvo que dejar la escuela para ayudar en la casa. Me habló de la alegría del ‘45, de cuando conoció a Evita en Mar del Plata, del orgullo de sentirse grasita y descamisada, del aguinaldo y las vacaciones. Me habló del `viva el cáncer`, de los bombardeos de junio del ‘55, de la época en que no se podía nombrar al tirano prófugo, de la ilusión del regreso, del avión negro, de los 18 años de espera.
-Ahora quién se va a preocupar por nosotros -dijo ya sin llorar, mientras volvía a la cocina.
No lo supe hasta años más tarde: nosotros éramos los pobres.
Nací con Perón proscripto o casi. Fue poco antes de que el presidente Frondizi asegurara por cadena nacional que no iba a renunciar ni a suicidarse. Ni falta que hizo: fue derrocado y detenido en Martín García.
La familia de mi vieja era apasionadamente peronista; la de mi viejo, irremediablemente gorila. No así mi padre, que pudo sortear el estigma familiar y mantenerse crítico a Perón, pero sin esa fuerte dosis de veneno que inoculaban sus detractores.
Es más, aunque nunca me lo reconoció, tengo para mí que era más peronista de lo que él creía. Pero le molestaba sobremanera ese fanatismo llevado a la irracionalidad que profesaban los seguidores del General. Sin ir más lejos, mi vieja.
Mi padre se hizo desarrollista en el `58 y así murió en el `89, no sin antes anticiparme los desastres que le esperaban al país de la mano de "este patilludo charlatán que se cree Facundo Quiroga".
Exagerado como era para algunas cuestiones, en esta premonición se vino a quedar corto.
Lo cierto es que a mis 11 años, ese Perón siempre sonriente que llegaba al país entre las lágrimas de mi madre y el silencio de mi padre, no me generaba nada. No así su esposa Isabelita, que me resultaba ridículamente graciosa.
En julio del año siguiente tuve tres días sin clases, las lágrimas de mi vieja recrudecieron y el silencio de mi viejo se había acentuado, pero parecía nacerle del miedo más que del respeto.
-Justo ahora se vino a morir -lo escuché decir días más tarde-. Y encima nos dejó a esta estúpida.
Durante los tres días que duró el sepelio, el televisor de casa permaneció prendido de corrido. De tanto en tanto, mi vieja dejaba de hacer las cosas de la casa y se sentaba a mirar un rato. Se secaba las lágrimas con un repasador o lo que tuviera a mano.
-¿Por qué llorás tanto? -le pregunté una tarde, entre preocupado y confundido.
-Porque ahora nadie se va a preocupar por nosotros.
Hizo un largo silencio, mientras yo me preguntaba qué teníamos que ver nosotros en este asunto. Porque para mí, nosotros éramos mi hermana, mi vieja, su esposo (que ya no era mi viejo) y yo. Se repuso y siguió hablando.
Me habló de su infancia en el campo, de cuando sus hermanos más grandes llegaban de trabajar todo el día con unas monedas en el bolsillo, de cuando ella misma tuvo que dejar la escuela para ayudar en la casa. Me habló de la alegría del ‘45, de cuando conoció a Evita en Mar del Plata, del orgullo de sentirse grasita y descamisada, del aguinaldo y las vacaciones. Me habló del `viva el cáncer`, de los bombardeos de junio del ‘55, de la época en que no se podía nombrar al tirano prófugo, de la ilusión del regreso, del avión negro, de los 18 años de espera.
-Ahora quién se va a preocupar por nosotros -dijo ya sin llorar, mientras volvía a la cocina.
No lo supe hasta años más tarde: nosotros éramos los pobres.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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