El gran dilema: la camiseta de Dios
Cuando Maxi Rodríguez rompió con fuerza las manos de Jasper Cillessen, se confirmó que no se quebraba una tradición de la selección argentina en los mundiales: jamás jugó (ni jugará por ahora) por la medalla de bronce del tercer puesto. Siempre que llegó a semifinales, las ganó. Levantó dos veces la Copa y en otras dos se colgó la plata en el podio. Cuando Romero caminaba hacia el arco en el estadio de Sao Paulo, seguramente se acordó de los consejos de Gustavo Piñero, su ex entrenador como arquero. Ya confesó que recordó aquello que Louis Van Gaal le había dicho cuando fue su técnico en el fútbol holandés: “Vos sos un jugador más”. Cuando ese mismo hombre hizo el tercer cambio y se quedó sin chances para que entre Tim Krul, como sorprendió ante Costa Rica, se consumó la reencarnación en vida de Goycochea en Romero. Sí, un Sergio modelo 1990 por otro Sergio 2014. Y fue entonces, cuando “Chiquito” interpretó su mejor papel, guardó el machete, superó su propia estatura de 1,94 y estiró el brazo de la Reina Máxima.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAhora resta que no se rompa otra regla: los mundiales organizados en el continente americano son para los americanos. Dos en México, uno en Uruguay, uno en Chile, uno en Estados Unidos, uno en nuestro país y sin contar el presente, uno en Brasil. Todos ellos fueron sólo para tres selecciones: Brasil que consiguió tres de sus estrellas de pentacampeón, los únicos dos títulos de Uruguay y los dos de la Argentina. Aunque ahora con chances de acortarle la distancia a los cuatro de Italia y de alcanzar justamente a Alemania que tiene tres. Los germanos han sido nuestra sombra en las últimas tres décadas. Derrotados en el Azteca de México en 1986; ayudados por el invento de Edgardo Codesal en el Olímpico de Roma en 1990 y quienes nos dejaron con las manos vacías por penales en 2006 y la amargura de una goleada histórica en 2010. Aquella selección de Pekerman se iba invicta de las canchas alemanas, pareciéndose en mucho a la reciente de Colombia, reinventada en un equipo de José. O también a Costa Rica, la invicta sensación de este Mundial que se dio el gusto de expulsar a campeones como Italia e Inglaterra en primera ronda. Los dueños de las grandes ligas europeas se fueron en la primera fase porque a ellos se les unió el último campeón, España.
Brasil 2014 estuvo lleno de particularidades: la marca que dejó Luis Suárez como recuerdo del paso de Uruguay; la lesión de Neymar, figura vertebral de su equipo; las muertes de los periodistas argentinos Jorge “Topo” López y María Soledad Fernández por la inseguridad delictiva en el gigante sudamericano; las denuncias de corrupción y sobreprecios en fastuosas obras materializadas en la caída de un viaducto sin estrenar en Belo Horizonte; la reventa escandalosa de entradas y la permanente hostilidad brasileña hacia los argentinos. Cuesta imaginar que en el Maracaná alentarán al verdugo que les dio siete humillantes razones para sacarlos de su propia casa y reafirmar que la Brazuca fue tantas veces al fondo de los arcos como ninguna otra pelota mundial.
Sin vuvuzelas y con un coro que entona “Brasil decime que se siente…” en versión enganchada sinfín, nos preparamos para la final. Nos acordamos que Dios estuvo de nuestro lado, cuando nos dio una “Mano” en 1986. Insistimos en que el Dios del Fútbol pertenece a la mitología argentina, venerado en la actuación con un papel protagónico que interpretó Diego Maradona y reestrenó Lionel Messi. Todos saben que el representante de Dios en la Tierra es argentino, que se hace llamar Francisco, y que hace justo un año, en julio, fue a la mismísima ciudad de Río de Janeiro, a dejarle a millones de jóvenes la profecía: “Hagan Lío”. ¿A quién se refería? ¿A Lio Messi? Por primera vez en la historia de la Iglesia Católica hay dos papas. Uno emérito, Benedicto XVI, otro en actividad plena, Francisco. Uno alemán, el otro argentino. ¿Alguien sabe si Dios firmó el pase en la FIFA o cambió de nacionalidad?
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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