El hombrecito que hace falta
Por Marcos Gonzalez
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La escena tiene el encanto de lo clásico, de lo que perdura, más allá del lugar y del tiempo.
La imagen de un nene o una nena caminando de la mano del abuelo tiene la misma connotación acá en la esquina que en un suburbio de París o Bombay. Significan lo mismo hoy, que en la antigua Roma.
Hay amores que encuentran una definición: el amor marital, el amor filial, el amor fraternal. El amor entre abuelos y nietos no tiene una palabra única que lo nombre. Hay que buscar por el lado de la pureza, de la ternura para rumbearle a una aproximación.
Es sábado a la mañana y hace uno de esos fríos que lo hacen meter a uno para adentro. Si pudiera meter la cabeza en un bolsillo de la campera lo haría.
Voy por la vereda del sol a paso redoblado; quiero llegar, no sé adónde, pero quiero llegar rápido y tomar una taza de café que me caliente las manos y el espíritu.
Delante de mí, a unos cincuenta metros, los veo. Son tres: el del medio es un hombre, a cada lado, una nena. La de la izquierda lleva gorro, bufanda y campera. Un bucle solitario le asoma rebelde y luminoso entre tanta ropa. Abuelo de por medio, quien debe ser su hermana mayor lleva el pelo suelto.
Van los tres de la mano a contraviento. A medida que me acerco me llegan las vocecitas punzantes e ininterrumpidas de las nenas. Se nota que la más chica aprendió a hablar hace poco; la otra ha de llevar tres o cuatro años en el oficio. Por lo que se percibe (y por lo que me dicta la experiencia), no van a parar de hacerlo nunca.
De tanto en tanto escucho la risa profunda del hombre. Se van riendo los tres; disfrutan del viento, del sol escaso, de los papeles que les pasan volando por entre las piernas.
La esquina nos sorprende a los cuatro en fila, esperando que corte el semáforo para cruzar.
No puedo (ni quiero tampoco) evitar escuchar la conversación. Van al centro a comer un tostado y una coca para las dos y el abuelo toma café que es horrible y quieren venirse a vivir a Tandil así pueden tener un perro, porque en el departamento de Buenos Aires no se puede, pobre perrito no tiene lugar para correr y mamá dice que ya se van a venir, pero si se viene no va a poder ver a Mica, ¿a quién?, a Mica mi mejor amiga, y la otra mejor amiga es Oli, entonces le va a pedir a los padres de Mica que la dejen venir; Oli también, dice ahora, la más chica.
El abuelo asiente con la cabeza y yo pienso la cantidad de historias que se pueden contar (si uno fuera nena y tuviera cinco o seis años) mientras espera que el semáforo cambie.
Verde.
La imagen de un nene o una nena caminando de la mano del abuelo tiene la misma connotación acá en la esquina que en un suburbio de París o Bombay. Significan lo mismo hoy, que en la antigua Roma.
Hay amores que encuentran una definición: el amor marital, el amor filial, el amor fraternal. El amor entre abuelos y nietos no tiene una palabra única que lo nombre. Hay que buscar por el lado de la pureza, de la ternura para rumbearle a una aproximación.
Es sábado a la mañana y hace uno de esos fríos que lo hacen meter a uno para adentro. Si pudiera meter la cabeza en un bolsillo de la campera lo haría.
Voy por la vereda del sol a paso redoblado; quiero llegar, no sé adónde, pero quiero llegar rápido y tomar una taza de café que me caliente las manos y el espíritu.
Delante de mí, a unos cincuenta metros, los veo. Son tres: el del medio es un hombre, a cada lado, una nena. La de la izquierda lleva gorro, bufanda y campera. Un bucle solitario le asoma rebelde y luminoso entre tanta ropa. Abuelo de por medio, quien debe ser su hermana mayor lleva el pelo suelto.
Van los tres de la mano a contraviento. A medida que me acerco me llegan las vocecitas punzantes e ininterrumpidas de las nenas. Se nota que la más chica aprendió a hablar hace poco; la otra ha de llevar tres o cuatro años en el oficio. Por lo que se percibe (y por lo que me dicta la experiencia), no van a parar de hacerlo nunca.
De tanto en tanto escucho la risa profunda del hombre. Se van riendo los tres; disfrutan del viento, del sol escaso, de los papeles que les pasan volando por entre las piernas.
La esquina nos sorprende a los cuatro en fila, esperando que corte el semáforo para cruzar.
No puedo (ni quiero tampoco) evitar escuchar la conversación. Van al centro a comer un tostado y una coca para las dos y el abuelo toma café que es horrible y quieren venirse a vivir a Tandil así pueden tener un perro, porque en el departamento de Buenos Aires no se puede, pobre perrito no tiene lugar para correr y mamá dice que ya se van a venir, pero si se viene no va a poder ver a Mica, ¿a quién?, a Mica mi mejor amiga, y la otra mejor amiga es Oli, entonces le va a pedir a los padres de Mica que la dejen venir; Oli también, dice ahora, la más chica.
El abuelo asiente con la cabeza y yo pienso la cantidad de historias que se pueden contar (si uno fuera nena y tuviera cinco o seis años) mientras espera que el semáforo cambie.
Verde.
El abuelo da la orden (`vamos`) y la más grande lo frena de un tirón de mano.
-Esperá abuelo, ¿dónde está el hombrecito de semáforo?
-…
-En el jardín me enseñaron que tengo que cruzar por donde está el hombrecito y hasta que el el hombrecito no empiece a caminar no puedo cruzar. ¿Acá no hay hombrecitos?
El abuelo, joven, feliz, me sonríe cómplice.
-Tiene razón, le digo yo, que a esta altura he decidido robar un poco de alegrías ajenas.
Finalmente, cruzamos los cuatro y en poco menos de media cuadra el hombre me cuenta que su hija vive en Buenos Aires y se viene los fines de semana largo, por suerte, porque es la única manera de ver crecer a las nenas.
Me pregunta de qué trabajo.
-Escribo historias sin mucha importancia, me atajo.
-Escriba una sobre los hombrecitos que le hacen falta al Tandil Soñado, me dice mientras lo despido.
Vuelvo a apurar el paso y a meter la cabeza en el bolsillo de la campera. En algún lugar hay un café caliente esperándome.
-Esperá abuelo, ¿dónde está el hombrecito de semáforo?
-…
-En el jardín me enseñaron que tengo que cruzar por donde está el hombrecito y hasta que el el hombrecito no empiece a caminar no puedo cruzar. ¿Acá no hay hombrecitos?
El abuelo, joven, feliz, me sonríe cómplice.
-Tiene razón, le digo yo, que a esta altura he decidido robar un poco de alegrías ajenas.
Finalmente, cruzamos los cuatro y en poco menos de media cuadra el hombre me cuenta que su hija vive en Buenos Aires y se viene los fines de semana largo, por suerte, porque es la única manera de ver crecer a las nenas.
Me pregunta de qué trabajo.
-Escribo historias sin mucha importancia, me atajo.
-Escriba una sobre los hombrecitos que le hacen falta al Tandil Soñado, me dice mientras lo despido.
Vuelvo a apurar el paso y a meter la cabeza en el bolsillo de la campera. En algún lugar hay un café caliente esperándome.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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