El imputado se dijo inocente de las denuncias por abusos sexuales y no supo encontrar las razones que motivaron semejante acusación
El debate en torno a la delicada como controvertida historia familiar ventilada tras la denuncia de abusos que dijeron padecer dos hermanas en manos de quien resultaba la pareja de su abuela, va arribando a su desenlace. Ya fiscal y defensa prácticamente agotaron la presentación de prueba y ahora resta precisamente escuchar a las partes con sus respectivos alegatos.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAyer, entonces, restaba finiquitar el listado de testigos y, en especial, oír a uno de los protagonistas estelares del caso, Néstor Flores, el hombre que hasta ayer –más precisamente hasta el 8 de enero de 2003- era un integrante más de la familia y ahora estaba sentado al lado del abogado defensor, acusado nada más y nada menos que de abusar sostenidamente y por años de las chicas cuando eran menores de edad.
Sería él, por su propia voluntad, quien se dispuso a dar su versión frente al Tribunal y someterse al interrogatorio de las partes, ante una sala de audiencias desierta de público. Esta vez ninguno de los familiares de aquellas hermanas que vino siguiendo capítulo a capítulo de esta etapa judicial quiso escucharlo. No creen en su versión, su verdad, sobre la cual, dijo, intentó exponerla desde anoticiado de lo que lo acusaban, pero no supo cómo.
Tras su larga exposición, en horas de la tarde cerraría la nueva jornada prevista, no sin antes pautar la inspección ocular de las distintas casas donde se presume ocurrieron los hechos. Hoy, a media mañana, se escucharía el último testimonio, el de la terapeuta que atendió a una de las chicas, para luego sí pasar a un cuarto intermedio fijando día y hora para los alegatos.
Estado de inocencia
“Hace 11 años que me encuentro en esta situación. Un calvario…primero desde conocida la acusación allá por el 2003, cuando no supe qué hacer para aclararlo. Cómo hacer para hablar con los padres y contarles mi verdad”, inició la exposición Flores con un tono reflexivo, tranquilo, y muy claro a la hora de comunicarse.
Un hombre que mostró un importante respaldo intelectual, con un vasto lenguaje a la hora de decir lo que quería, se topó con la impotencia al responder preguntas sencillas que hacía al sentido común: por qué lo acusan de semejantes hechos.
Cómo dos chicas que lo querían como un abuelo, una familia que le tenía suma consideración afectiva (por lo expuesto en el recinto) y valorándolo incluso por el cuidado que tuvo para con esa mujer que sufrió un ACV.
El imputado insistió en aquello de no saber cómo reaccionar, qué hacer frente aquella primera acusación, que luego, especuló por aquel entonces, se iba a disipar con el paso del tiempo. Empero, añadió, todo empeoró ya en el 2011, cuando aquellos supuestos tocamientos pasaron a ser aberrantes abusos al decir de aquellas chicas hoy mujeres.
Por suerte –aclaró- ahí sí supo asesorarse bien con un abogado y emprender su lucha, que hizo a su voluntad de presentarse en la justicia para someterse a las medidas que ésta impusiera para con su persona. Desde interrogatorios, peritajes psicológicos y requisa de su vivienda.
Reiteró sobre el calvario vivido desde aquellos días, soportando la mirada inquisidora de los demás sabiéndose inocente. “Intenté aportar pruebas, pero qué pruebas podía presentar para demostrar mi inocencia. Qué podía hacer”, preguntó, añadiendo que fue él quien ofreció a la abuela para que testifique, como así su voluntad para que inspeccionaran su casa y demás medidas que hicieron al proceso de instrucción.
“Cómo hago para demostrar mi inocencia frente a hechos de tantos años atrás, que ni siquiera hay precisiones de los días en que sucedieron”, retomó sobre su estado de impotencia e inocencia frente a lo que vivía y por lo cual lo tienen hace dos años preso en la unidad penitenciaria de Batán.
Con cierta pasividad emocional en su relato pero sí intentando imponer con claridad su perturbación por no poder defenderse de “hechos que no existieron”, redundaría en su relación con su mujer y abuela de las chicas, con quienes reconoció tener la mejor de las relaciones.
Empero, desmintió una y otra vez las escenas descriptas por las chicas que fueron ratificadas por el resto de la familia cual testigos de oídas.
Evitó referirse a los casos puntuales de abusos reseñados por el fiscal como de los propios jueces. Prefería hablar más en general y negar sistemáticamente que él haya estado alguna vez solo con las chicas. Que nunca las bañó porque ni siquiera lo hizo con sus sobrinas de sangre. Que tampoco jamás durmió en la misma cama con ellas, que no anduvo en bicicleta y negó rotundamente aquella escena ventilada por una de las chicas y ratificada por la madre, acerca de haber encontrado a su hija durmiendo en la cama y él en el piso.
Relativizó la cantidad de veces que las niñas se quedaban en la casa junto a ellos, como así también puso en duda la fotografía de la familia “ideal”.
No tan idílica
Flores buscó poner en crisis la presunción de que existía una relación idílica entre los integrantes de la familia y éstos para con él, aunque no pudo ejemplificar en qué circunstancias o con qué actitudes y/o acciones lo hacía colocar a él en una situación tensa, incómoda, por ser la pareja de una mujer veinte años mayor que él.
A tono de reproche, hizo alusión a que una vez sucedido el ACV de la mujer, sus hijos se desentendieron de ella, económica y afectivamente, y fue él quien costeó esas falencias.
Defendió la integridad de su mujer y abuela de las chicas, sobre quien entendió que dejaron de visitarla porque no soportaban ver a su abuela en aquel estado de parálisis frente aquella enfermedad.
“Hice todo lo posible para que se sepa la verdad y quiero que acá se salga con una respuesta clara sobre mi persona”, confió el hombre que, al decir de su abogado, estaba exhausto de las intensas como largas jornadas de juicio que lo tenían ayer, por caso, desde la mañana en ayunas.
Fue el doctor Dames quien luego del largo alegato le ubicó en los hechos puntuales que se lo acusan, sobre los cuales Flores los negó rotundamente y a la hora de ensayar una explicación los abordó superficialmente.
También fue preguntado sobre el encuentro con el padre de las jóvenes cuando le expresa que se había enterado de lo que le hacía a las niñas, escena sobre la que respondió con vaguedades. Reconoció el encuentro pero no supo ahondar el contenido de aquella conversación y, sobre todo, el por qué se quedó callado y no se defendió de semejante acusación.
“No entendía de lo que me acusaba, era una locura, no supe cómo reaccionar”, confió ante el Tribunal que luego realizaría su propio interrogatorio.
Luego sería el fiscal Marcos Egusquiza y los jueces después, quienes ahondarían en escenas puntuales que detallaros las chicas y que la familia supo contextualizarlas. El rechazaría aquellas posibilidades. Todo, a su entender, eran mentiras o construcciones de situaciones que no sucedieron como ahora las contaban aquellos.
Por qué
Se llegaría así a las preguntas que hacen al sentido común, básicamente por qué aquellas chicas y familia que lo querían lo iban a involucrar en semejante denuncia, interrogante que dijo no encontrarle explicación, “si hasta los psicólogos no se ponen de acuerdo”, citó.
Ante la insistencia de los jueces ensayaría otra explicación: han reinterpretado la historia a partir de la denuncia, sobre lo que el juez Guillermo Arecha indagó quién sería el autor intelectual de influir en las menores para que digan lo que dijeron y luego contaron con el apoyo del resto de los familiares.
“Pudo haber sido la madre”, soltó, aunque luego reconoció que esa misma mujer había sido quien más propició la relación de él con la abuela.
También los magistrados Pablo Galli y Gustavo Borghi harían más preguntas, hasta que Arecha volvió sobre el por qué no hizo nada por defenderse y aclarar frente a los familiares, y el imputado reiteró en que no supo qué hacer, incluso le preguntó al mismísimo juez qué hubiera hecho, a lo que Arecha respondió: “hubiera pedido una reunión con todos, incluso con las chicas para que cara a cara se pudiera aclarar mi inocencia”, dejando un halo de convicción ya en el magistrado a la hora de evaluar la actitud del sospechado.
Tras un par de horas de exposición, ya no habría más preguntas y Flores daría por terminada su defensa, no sin antes cerrar este nuevo capítulo diciendo que quería “que termine este calvario”.
Ya no quedaba más por escuchar, apenas un testimonio que no tendría mayor gravitación en el entuerto para luego sí darle lugar el protagonismo excluyente al fiscal y defensor, cuando les llegue la hora de sus respectivos alegatos intentando persuadir a un Tribunal que, a ciencia cierta, se mostró muy atento e inquieto a la hora de indagar más allá de lo que ofrecían las partes, tal vez ya conformando una sincera convicción sobre lo ventilado y, fundamentalmente, las responsabilidades penales que eventualmente le caben al acusado.
Hermanada en el dolor
La jornada de debate comenzó pasadas las 9.30 con el comparendo de la hermana del padre de las chicas, quien si bien no vivió de cerca las situaciones descriptas por las niñas (vivía en Buenos Aires), sí pudo graficar sobre la relación de su madre, sobre quien –al igual que sus hermanos- dejó de verla por la postura asumida en el caso.
Sobre su mamá la ubicó como una persona muy inteligente, brillante, pero con cierta tendencia al ocultamiento de determinadas cuestiones que hacían a su vida personal en pos de sostener las apariencias.
También para con Flores lo describió como una persona buena que a partir de los dichos de sus sobrinas pasó de ser un ángel a demonio.
Coincidió en las fechas y lugares donde el resto de la familia ubicó a su madre y pareja y las oportunidades que se quedaban con la custodia de las chicas.
Se mostró consternada principalmente cuando se la indagó sobre su relación con la madre, a quien confió sentirla como una extraña tras los sucesos ventilados, con quien intentó charlar sobre el delicado caso pero que nunca pudo sacarle mayor información (ya había padecido el accidente cerebrovascular).
El defensor le preguntaría si tenía rencor para con su madre, a lo que ella lacónicamente atinó a contestar: “no, le tengo lástima”.
Otra pericia por debatir
También desfiló por la sala el psicólogo (actual concejal) Adolfo Loreal, quien intervino en el caso como perito de la Asesoría pericial azuleña.
Su paso por el recinto no era casual, había dejado ciertas dudas sobre la veracidad del relato de la niña entrevistada en la Cámara Gesell a la hora de redactar su informe, especialmente cuando citó que había coherencia en el relato pero que no era congruente.
Aludió al respecto que si bien la niña era muy precisa en el tiempo, no así en el espacio y por ello la citada incongruencia. Rápidamente fue interceptado por el juez Galli, quien con vehemencia le pidió mayores precisiones y aclaraciones sobre tales afirmaciones, cuestiones que finalmente fueron disipadas a la hora de relativizar las definiciones desde la psicología, siendo que es una ciencia “conjetural”, al decir del propio Loreal.
Ahondó sobre los indicios directos como indirectos, sobre lo que también pidió tenerlos en cuenta como tales, y no como consideraciones definitivas a la hora de evaluar un abuso.
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