El lugar elegido
No fue fácil venir a vivir a Tandil. Cualquier otra ciudad hubiera significado lo mismo: el dolor no era afrontar lo que venía, sino abandonar lo que quedaba: la casa, los amigos, los primeros nombres de las calles conocidas, los terrenos baldíos. Un universo propio y hasta ese momento único. Irreemplazable.
Atrás quedaba una ciudad con mar y por entonces creía que todo el mundo tenía una playa.
No era tan así y fue una de las cosas que más me impactaron cuando mi vieja nos reunió a mi hermana y a mí a decirnos que nos veníamos a vivir a Tandil. ?Es una ciudad muy linda, donde van a poder hacer nuevos amigos, conocer otros chicos…?
-¿Tiene mar?, la interrumpió mi hermana que es más grande que yo y algo sabía del asunto.
-No -justificó mi vieja-, pero hay unas sierras lindísimas.
Cómo podían existir ciudades sin mar. Y en verano qué hace la gente -me preguntaba por entonces-. Y en invierno, dónde va uno a pensar en soledad -me suelo preguntar aún hoy-.
Alquilamos una casa de calle Constitución. Era una casita fea y en el fondo; adelante vivían los dueños. Para mí, eran viejos, como todo el mundo, y tenían un tero gritón y mal llevado, a manera de mascota. Yo nunca había visto un tero y no me causó muy buena impresión cuando lo quise agarrar y salió a las zancadas hasta levantar un vuelo corto y ridículo. Prefería los perros, como el mío, un cuzco negro azabache que se llamaba Pucho.
La cuestión fue que en su primera noche tandilense, el Pucho ajustició al tero. A la mañana siguiente surgieron los problemas: mi vieja fue convocada de urgencia por los propietarios a una reunión que se extendió por casi una hora. Con mi hermana nos encerramos en la pieza con el Pucho -temiendo por su suerte-, que ajeno a la tragedia, aprovechaba para revolcarse arriba del colchón. Todavía le salían algunas plumas de entre su pelo renegrido y abundante.
Ese día no sólo ligó la mayor paliza de su vida, sino que además fue encadenado a un palo en el fondo del patio. Gritaba como un chancho, el Pucho. Mi vieja sabía que esos gritos atemperarían la sed de venganza de los dueños de casa. Mi hermana y yo no lo entendimos así y sin más ni más, exigimos volvernos a Mar del Plata.
-No me gusta Tandil. Nos volvemos, le dije a mi mamá, que sin siquiera mirarme siguió desembalando los trastos de la mudanza.
A la tarde nos fuimos al Parque. Subimos al Castillo y vimos la ciudad desde arriba. El horizonte era ondulado y yo imaginé que detrás de esas lomas tenía que haber un mar gigante, esperándonos para el próximo verano.
Era otoño y al día siguiente llegaría el momento de conocer mi nuevo colegio, los compañeros, ?los nuevos amigos?, de los que me venían hablando durante las últimas semanas.
Un poco por influencia del destino y otro por designios de la señorita de Laboratto, tuve la suerte de que me sentaran junto al Kilo Haurón (que después supe por qué no compartía el banco con nadie). Tercer pupitre de la primera fila; 2do. grado ?B? del San José.
Aquella tarde el Kilo ofició de anfitrión para que mi primer día en el aula fuera lo más divertido posible. Me habló, me contó chistes, me dijo cómo le decían a cada uno de mis compañeros y a las maestras, hizo un avioncito con la prueba de matemática, me explicó cómo hacer una cerbatana con una lapicera, le cargó un papel masticado y baboso y se lo zampó en la nuca al pibe que se sentaba dos bancos más adelante. Terminó en dirección.
No sería la última vez en ese año. Habitualmente, la estadía del Kilo en el colegio se dividía en cuatro estaciones: la primera en el banco, como corresponde, al rato ya pasaba al rincón, mirando a la pared; como tampoco se calmaba, lo mandaban afuera, a la puerta del salón. Y como seguía haciendo monigotadas para hacer reír a toda la clase, indefectiblemente terminaba en el despacho del hermano Fidel, el director de la primaria.
Al año siguiente me pasaron al ?A?, turno mañana y no lo vi más al Kilo. O sí. Lo seguí viendo, como nos seguimos viendo todos acá en Tandil, en alguna esquina, en el centro, en un bar? Lo sigo viendo, pero no creo que él me recuerde de ese entonces. Me saluda de puro tandilero que es.
Para esa época, ya sabía ir solo al Parque o a la Plaza Moreno, con el Pucho, al que le habían levantado la condena de vivir atado. Meses más tarde se lo iba a llevar la perrera. Fue una tarde de frío; me acuerdo porque cuando estaba por anochecer y al ver que el perro no llegaba a la casa, con mi vieja lo fuimos a buscar a la vereda, donde solía estar. Abrigate, me dijo antes de salir.
No lo encontramos, recorrimos algunas calles del barrio y nada. Mi vieja comenzó a preguntar en los negocios y la señora del almacén de enfrente le dijo que lo habían ?levantado?.
-Pobrecito -dijo que le contó la almacenera-, hizo dos o tres intentos por abrir el portón de entrada pero no pudo. Cuando quiso salir corriendo, lo agarraron y lo metieron adentro del camión.
Alguien había trabado el portón por dentro. Era una de esas puertas dobles de chapón, con un pasador que sólo se lo utilizaba a la noche, después de sacar el tarro de basura. Salvo esa tarde, en la que el tero pareció encontrar venganza.
Aquella noche me dormí llorando. A la madrugada me desperté varias veces. En una de ellas, fui hasta el pie de la cama donde dormía mi mamá y le dije que me quería ir.
Lo dije casi sin convicción. Por despecho. De pura injusticia.
Varias veces recurrí a esa amenaza. La de irme. Sabiendo ya que no iba a cumplirla.
Lo cierto es que un tiempo más tarde nos fuimos de ese lugar maldito. Lo poco que extrañé de mi primer barrio en Tandil fue el potrero que había al lado de la casa. Un baldío largo, eterno; con las dimensiones infinitas que sólo tienen los lugares de infancia.
Era, por decirlo de algún modo, un parque de diversiones, ya que reunía todos los ingredientes para ser atractivo: chapas oxidadas, basura, alambres de púa escondidos entre los yuyales, la amenaza nunca comprobada de un pozo ciego y un árbol solitario y generoso sobre el límite del fondo, junto a un tapial a falsa escuadra de ladrillos de barro.
Ahí jugábamos con el Tano Garbellini, que vivía a media cuadra. Tenía un par de años más que yo y además jugaba muy bien al fútbol, con lo cual me pegaba unos paseos más que regulares cuando se nos daba por gambetear o hacer una base. No le gané nunca.
Pero su superioridad futbolística no impedía que igualmente lo compadeciera. Porque él tenía muchas hermanas. No sé cuántas eran: cinco, seis, cien? No podía ni imaginarme cómo podía soportar una vida así de sacrificada; la mía, con una sola hermana, era una tortura.
Otro de los amigos del barrio era Ricardo. Por entonces, me llamó la atención que también se apellidara González, como yo.
-¿En serio?, le pregunté un poco descreído.
-Claro, no tiene nada de raro. ¿Sabés cuántos González hay en el mundo?, y sacó una cuenta con la cual terminó de convencerme. También era un poco más grande que yo.
El padre tenía un camión y un campo. Me acuerdo que era una familia numerosa -con tías, abuelos, primos?- y todos eran rebosantes y alegres. Tenían los cachetes redondos y colorados y se reían mucho. Yo también me reía, cuando los escuchaba decir palabras como masita -en lugar de galletita- o cintex, por cinta scotch.
Una vez me llevaron al campo. Fue la primera oportunidad que tuve de ver en vivo y directo vacas, caballos, bosta y todas esas cosas. Una de las últimas, también.
De ese día recuerdo cómo comían. Comenzaron a la mañana con unos chorizos secos, con galleta bien dura y queso y no pararon más. Asado, ensaladas, budín de pan, arroz con leche, pasta frola a la tarde, pasteles; a la nochecita, nuevamente salamín y se trajeron algo para cenar cuando llegaran. Cuanto más comían más colorados y tirantes se les ponían los cachetes. Y más se reían, con una risa contagiosa y abundante.
No recuerdo haber conocido gente más alegre desde entonces. Pensé -pienso aún- que la felicidad es regordeta y sencilla. Pero no contagiosa.
Poco a poco, los viajes para visitar a la familia de Mar del Plata se fueron espaciando. Con el tiempo, sólo iba los veranos en busca de un mar que cada vez me era más ajeno.
Para mis parientes, pasé a ser un tandilero; me cargaban con el salamín, con la Piedra Movediza y una vez los escuché reírse a carcajadas cuando dije masita.
Y así como en ese segundo día en Tandil, en la cima del Parque dudé si detrás de ese horizonte ondulado había un océano esperando por mí, aquellos eneros en Mar del Plata sentí la certeza de la ausencia.
Cuando doblaba cada esquina no me topaba con una sierra recortando el cielo. Ni siquiera tenía la ilusión de encontrarla detrás de los edificios de la avenida Colón.
Casi sin pensarlo -aunque estuviera frente al mar- descubrí que la inmensidad tiene de grandioso lo que de monótono.
Tal vez por eso siempre volví o sencillamente no me fui nunca, a pesar de las amenazas despechadas, de las injusticias cotidianas, de las venganzas, de los que todavía hoy siguen creyendo en soluciones como la perrera y otras delicadezas.
Sospecho que hay un momento en la vida en que uno elige dónde quiere vivir el resto de la eternidad que le está permitida.
Tal vez el mío haya sido aquella noche de lágrimas y pesadillas, cuando la injusticia más ridícula me arrebató el perro. Fue mi primer duelo, mi primera ausencia. Llegarían con el tiempo otras. Más sentidas, más injustas, aunque igual de irreparables.
Esa madrugada, a los pies de la cama de mi vieja, amenacé con irme, sabiendo que no lo iba a hacer. Sabiendo que había otro día detrás de aquella noche oscura y otro detrás de ese. Y que todos, indefectiblemente, iban a transcurrir en esta tierra tan injusta como cualquier otra, pero tan propia como ninguna.
Dicen que uno es del lugar donde entierra a sus seres queridos: a mí ni siquiera me dejaron enterrar a mi perro. No obstante, prefiero creer que uno elige su lugar en circunstancias más emparentadas con la vida que con la muerte.
Por eso mis hijos nacieron aquí.
Tal vez ellos elijan otro rincón. Quizás los canse este frío tandilense que abofetea en las mañanas de junio; a lo mejor no toleren que siga habiendo gente que pide a gritos la perrera; en una de esas, sueñan con un mar inmenso para reflexionar.
Allá ellos y sus preferencias… Yo les elegí el mejor lugar que he conocido: el mío.
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