El maestro Antonio Rizzo recuerda a Facundo Cabral
El párrafo final de su primer libro “Paraíso a la deriva”, que presentó en Tandil a mediados de la década del ’80, parece un mensaje premonitorio de lo que con el tiempo le sucedería, el final de una manera trágica pero que a él casi lo tenía sin cuidado: “¿En qué lugar del amado y trajinado mundo me detendrá el cansancio? El hijo de mi hermano lo sabrá, pero no le importará demasiado, distraído en búsquedas que a mí tampoco me importarían”.
“En la década del ’50 -comenzó contando Rizzo- había una actividad plástica muy importante en la ciudad, y encabezaban toda esa revolución Alperte, Ruiz, Tucci, entre otros, y un domingo de noviembre nos reunimos en el almacén de Isidro (Alperte) en la avenida Avellaneda, sumándose mucha gente, el lugar parecía una romería, teníamos mucho entusiasmo por hacer una agrupación para trabajar en conjunto con el Museo y que terminó siendo Amigos del Arte.
Con el tiempo comenzamos a salir con nuestros caballetes, pintábamos los domingos en la plaza Independencia, en la calle Rodríguez y hacíamos concursos de manchas. A veces nos íbamos hasta la cantera Albión en mi camioneta, eran tiempos muy lindos y creativos, tal es así que el periodista don Ambrosio Renis nos apodó ‘Los locos lindos’”, sonríe ante el recuerdo.
“Y un día vino un muchachito, porque eso era Facundo entonces tenía doce o trece años, calladito, respetuoso, el cabello lleno de rulos, trabajaba repartiendo telegramas –Alperte estaba en el correo que quedaba en la avenida España, y Facundo en el telégrafo, en la esquina de San Martín y Rodríguez- y vino trayendo unos dibujos y expresando que quería aprender a dibujar. Cuando vi sus historietas me parecieron magníficas, aunque él no estaba muy seguro de que eran buenas ¡Y claro que lo eran! Y se sumó a nosotros que en esa época ya nos reuníamos en la calle Pinto frente al Banco Provincia”, rememora don Antonio, que con el tiempo perdió de vista al pequeño artista volviéndolo a encontrar en Buenos Aires.
“Me lo tropecé en Capital Federal, me contó que ya era el indio Gasparino y que la estaba luchando, le dije que viajaba seguido a Buenos Aires parando siempre en el mismo hotel, que fuera cuando tuviera ganas de charlar. Y no voy a olvidar una noche en que llegué y era bien tarde, me estaba esperando en el hall. Fue tan conmovedora su confesión que es el día de hoy que me provoca mucha ternura y gratitud también, porque confió en mí: tenía hambre, no le quedaba un peso y le di una mano… me sentí muy bien cuando me devolvió esa sonrisa tan típica en él, tan sincera”, recuerda, y por unos minutos nos mira en silencio.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu email-¿Lo volvió a encontrar?
-Sí, claro, pero ya estaba con el Pibe Techeiro y las cosas le estaban yendo mejor, y me dijo que quería cambiar de nombre, se lo notaba entusiasmado, contento, ya estaba caminando hacia el futuro que merecía.
Y nuevamente lo perdió en el camino, aunque cuando las cosas se tienen que dar –y no por casualidad- suceden: “En la década del ‘80 cuando saca su primer libro ´Paraíso a la deriva´, en la librería Don Quijote me ve y me llama, yo había comprado su libro y me dijo: ´Pero Antonio, quería regalárselo, déjeme al menos que se lo dedique´. Y lo hizo, y además me regaló uno de sus maravillosos dibujos”.
La dedicatoria señala: “A un amigo (como corresponde) y con las gracias por la iniciación que les debo”. Firma: Facundo Cabral. En esas líneas se estaba refiriendo a aquellas clases de dibujo que tomó con don Antonio y con ‘Los locos lindos’ de los Amigos del Arte, que de alguna forma lo marcaron para bien.
“Facundo no era un macaneador –argumenta Rizzo- sino un creador de ideas, un muchacho muy creativo, un filósofo. Me duele cuando dicen que inventaba… tenía una imaginación frondosa y un poder de contactarse con la espiritualidad que muy pocos logran”, señala.
La última vez que Rizzo estuvo charlando con Facundo fue después de que volviera del exilio y la pinta así: “Tenía yo una quinta en La Elena y pasó con su Citroën amarillo y vio que estaba con la familia, se volvió de la loma marcha atrás, estaba con su madre, Sara, una maravillosa mujer. Ambos bajaron y estuvimos un rato largo charlando, hablamos de dibujos, entre otras cosas, y canciones, y me contó que le iba muy bien, eso fue un domingo a la tarde. Y nunca volví a verlo, pero conservo de él este libro, la dedicatoria, su dibujo y el mejor de los recuerdos”.
-¿Cuáles fueron sus sentimientos cuando se enteró de su muerte?
-Era un hombre pacífico, un artista excelente, un ser espiritual que no debió jamás haber tenido una muerte violenta.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios