El péndulo de la culpa
Este 20 de diciembre se cumplen ocho años de la revuelta popular que en 2001 terminó con la presidencia de Fernando de la Rúa y supuso la vuelta del justicialismo al poder. Tras dos años y diez días, finalizaba el período que intercaló las dos décadas que el peronismo lleva gobernando en la Argentina.
En 1999, Fernando de la Rúa llegó al Gobierno prometiendo al país un rumbo distinto al que Carlos Menem había impreso durante los casi once años que sumaban sus dos mandatos presidenciales.
Sin embargo las expectativas depositadas en la Alianza pronto se diluyeron, cuando el Gobierno radical no hizo sino ratificar la orientación económica de los años ?90: desde que asumió siguió apelando a mayores ajustes en el sector público, recortes de gastos y una mayor presión impositiva. A tal punto llegó la reválida de la década menemista, que a mediados de 2001 De la Rúa convocó a Domingo Cavallo para hacerse cargo del Ministerio de Economía.
Las elecciones de medio término que se celebraban en octubre de 2001 (las primeras desde el triunfo de De la Rúa) vendrían a demostrar cómo se profundizaba el descontento social: en aquellos comicios el Justicialismo desplazó a la Alianza como primera minoría en la Cámara de Diputados, y consiguió 40 senadores frente a los 19 de la UCR.
Fue la elección del ?voto bronca?, como expresión de la dura sanción de la sociedad a la clase política. En la provincia de Buenos Aires los votos nulos y en blanco lograron el segundo lugar (delante de Raúl Alfonsín), mientras que en la Capital y Santa Fe escalaron al primer puesto de los sufragios.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailLa caída
Los mismos sectores de la clase media porteña que habían eyectado a De la Rúa desde la Jefatura de Gobierno de la Ciudad a la Presidencia de la Nación, fueron los que para elegir senador votaron en blanco o eligieron a Rodolfo Terragno, un radical disidente de la política económica encarada por Cavallo y el Presidente.
Diez días pasaron de la asunción del nuevo Congreso, y en la madrugada del 19 y 20 de diciembre, los vecinos de Buenos Aires salieron a la calle agitando sus cacerolas en rechazo por la crisis económica y por la congelación de depósitos fijada por el Gobierno.
En el conurbano bonaerense, al mismo tiempo, miles de argentinos que componían los sectores más desfavorecidos por la crisis, se apostaron frente supermercados exigiendo alimentos o saqueándolos sin más.
El Gobierno, que había fracasado con sus políticas de ajuste aumentado la pobreza y la exclusión sólo atinó a reprimir, provocando más de 20 muertos y centenares de heridos. Con una situación ajena a todo control, el 20 de diciembre De la Rúa renunciaba a la Presidencia de la República. La otra renuncia, la del vicepresidente Carlos ?Chacho? Álvarez (cuando la Alianza expiró con el pago de sobornos en el Senado), dejaba acéfalo al país. Y el peronismo, que venía de ganar las elecciones tan solo unas semanas atrás, se hizo cargo de la situación.
Cuando el tiempo pasó, muchos denunciaron que la movilización fue instigada por intendentes justicialistas vinculados a Eduardo Duhalde, y que la policía, a cargo del entonces gobernador Ruckauf, dejó de actuar dando vía libre a los manifestantes-saqueadores.
A la historia quedará probar quiénes se valieron de los dolores sociales para complotar en favor de sus intereses políticos. Pero nadie, en su sano juicio, puede dudar del profundo estado crítico que llevó al país a salir a las calles para protestar por su sufrimiento. El descontento rayano con el hartazgo existía: y prueba de ello es la flaca elección que el radicalismo había logrado el mes anterior.
No es imposible la asistencia de punteros políticos a los saqueos en el Conurbano. Pero ¿quién explica los miles de ?caceroleros? que en la madrugada del 19 y 20 de diciembre colmaron la Plaza de Mayo reclamando por la cabeza de Cavallo? El electorado porteño era el último sostén de De la Rúa: aún en 2000, su candidato para gobernar la ciudad había ganado las elecciones. Y esos mismos votantes, desde hacía ya varios años, se manifestaban regularmente reacios a votar al peronismo.
La ruptura de la Alianza, la retirada del Frepaso y el apoyo que la UCR negó a De la Rúa, dejaron al Presidente sin una malla de contención frente a un caos que se generalizaba: quedó solo hasta para denunciar el golpe a su Gobierno. Nadie de su mismo partido ?ni lo acompaña ni lo desdice? cuando hoy De la Rúa aparece en los medios denunciando el complot que terminó con su salida anticipada.
Referencia obligada
Las afirmaciones de quienes analizan los sucesos de 2001 constituyéndolos en ?el gran hecho? clave de la moderna democracia argentina son harto frecuentes. El patrón que se tiene en cuenta al realizar esos juicios radica en la legalidad de la salida de la crisis: la vía de escape fue institucional, y no según alguna triste o célebre intervención de fuerza alguna, tan comunes durante el Siglo XX.
Sin embargo, se cae en cierto reduccionismo cuando se condensan los avances de casi tres décadas de democracia solamente en la maniobra parlamentaria que resolvió la acefalía legada por De la Rúa.
Al culminar el siglo, la Argentina acumuló otros ejemplos memorables donde diversas situaciones críticas también fueron resueltas según los canales institucionales. En 1989, el desmadre hiperinflacionario replicó en un estallido social que acabó con la renuncia del presidente Alfonsín. No obstante, el traspaso del Gobierno y la continuidad institucional también fueron garantizadas por la ley. Y otro tanto ocurrió frente a los sucesos terribles que habían significado tiempo atrás el copamiento del cuartel militar de La Tablada o la serie de levantamientos carapintadas.
Quienes relatan la crisis de 2001 además, comparten siempre la llegada a un mismo punto: se señala el estallido más como un ?producto? o ?consecuencia? de una serie de procesos previos, y menos como un punto de partida para un radical cambio de la vida social y política. Se hace más hincapié en los muchos errores y desencuentros (amortiguados eso sí, en la normalización institucional desde 1983), y menos en la lección que desde entonces generó nuevas condiciones de futuro.
Son dos las responsabilidades pendientes respecto a 2001. Por un lado, dilucidar si realmente existió ?el Golpe? (caso hipotético que exigiría juzgar a los responsables), o si se trata sólo de excusas livianas de quienes debían gobernar y no lo hicieron. Por el otro, si bien 2001 ha de ser pieza para dar razones del pasado reciente, no puede dejar de educar de cara al futuro, atentos a la enseñanza clásica sobre la historia como maestra de vida.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios