El peor sordo
Al Gobierno de Miguel Angel Lunghi se le ha posado un pájaro en el alero. Nadie podría aventurarse a insinuar siquiera que la criatura es portadora de malos presagios, pero al menos su presencia resulta lo suficientemente inquietante para una administración acostumbrada a convivir con lo previsible.
Desde 2003 a la fecha, hasta sus conflictos han llevado el signo distintivo de lo conocido. Cada tanto, la marcha demandante de los municipales de Roberto Martínez Lastra, las reacciones desde el interior del Hospital Municipal Ramón Santamarina, y poco más que amerite salir a un ruedo siempre incómodo pero también plausible de solución.
Pero ahora no. La pauperización social instalada desde hace años en el país llegó a Tandil para quedarse. Y sorprendió al Gobierno lunghista con los perros atados. Así, diariamente desfilan por Desarrollo Social los pobres estructurales, los nuevos pobres, y hasta los que viven dentro de las cuatro avenidas, tienen trabajo, pero no llegan a pagar el alquiler.
Las categorías abarcan a los excluidos de siempre, a los flamantes, y a los que hacen equilibrio por el cordel de tender la ropa para no caerse de un sistema que ya ha dado sobradas muestras de su alta falibilidad.
Ante esta imprevista presencia, que se posa en sus propias barbas, la gestión no cuenta con herramientas a mano para espantar al pájaro. Durante esta semana, los ocupantes del barrio Smata, entre otros peticionantes, volvieron a marchar hasta la comuna para reclamar por tierras y viviendas. Claro que no son los únicos que las necesitan.
El Gobierno, amparándose en cuestiones presupuestarias, eligió sacarse el sayo, calzárselo a la Provincia, y cerrar así la puerta a cualquier alternativa que amague con utilizar fondos genuinos.
El problema no es nuevo, ni podría achacársele en exclusiva a este Gobierno. Pero cierto es también que la administración L, en lo que va de sus dos períodos de gestión, ha elegido otras prioridades, y trabajado en consecuencia. Tendría para sí efecto neutro reconocerlo, sobre todo si se tiene en cuenta el notable respaldo recibido en las urnas en cada elección que plebiscitó su accionar. Y la cuanto menos insensible interpretación de foristas que apelan con tanta enjundia como miopía a la visión de una realidad a todas luces injusta.
El problema sigue allí, retumbando en los oídos de toda la clase política, más allá de los estamentos. Pero ya se sabe cuál es el peor sordo.
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