El peronismo en su laberinto
Y un día, el peronismo lugareño volvió a mostrarse junto. Aunque no unido. Más bien revuelto. Su presidente Raúl Escudero urdió un acto en homenaje a militantes históricos para confirmar lo que en el ambiente todos sabían: Su apoyo al proyecto presidencial de Eduardo Duhalde.
El pretexto hizo que algunos dirigentes, aún a regañadientes, no pudieran pegar el faltazo como hubieran deseado. En esas circunstancias, la sede de Pinto al 800 mostró un escenario tan escéptico como variopinto.
Si bien algunos observadores aseguran que Escudero bajó los decibeles de su proyectado discurso original rupturista, su llamado a la unidad no pareció convincente. Y si se tienen en cuenta los antecedentes recientes y no tanto, ni creíble ni practicable.
La contradicción surgió de su propia boca, cuando pasó facturas a aquellos que violaron el principio que indica que ?el que gana conduce y el que pierde acompaña?, y cuando pidió democratizar el PJ.
Algo anda mal entonces en un escenario que resulta archicomplejo. Por un lado, la reconstrucción de un Partido, partido en mil pedazos, se promete e incumple desde aquella renovación que llevó por última vez al peronismo al despacho más caro de Belgrano al 400.
Encima, como cada escudero responde ciegamente a su caballero provincial o nacional, entran a jugar con fuerza billeteras y vanidades más o menos gordas, según el caso. Pero siempre foráneas.
En el ínterin, mucho del ideario peronista quedó en el ropero. La militancia, que el viernes fue distinguida, hace rato que dejó de ser seducida por profesionales de la política con escaso barrio, menos barro y, para colmo de males, sin penetración en el conservador segmento de las cuatro avenidas. Movilizarla, en las actuales condiciones, suena a quimera.
Aún así, con eso solo no alcanza. Es en este punto donde deberán tallar, de una vez por todas, hombres y mujeres despojados de revanchismos, dispuestos a poner el cuerpo en serio y a cumplir con las más elementales reglas de la democracia interna.
Por lo demás, recursos humanos y materia gris para la elaboración de un proyecto, sobran. Para el final, claro está, quedará la titánica tarea de instalar un candidato capaz de encarnarlo y devolverle a la ciudadanía una alternativa que perdió hace tiempo.
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