El pulso
Psicosis urbana
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El caso Candela, con su trágico y lamentable final, tuvo un impacto altísimo en toda la sociedad. El misterio de la desaparición de la niña de 11 años y el macabro hallazgo de su cuerpo encerraron un lapso de diez días que mantuvieron en vilo al país entero.
En Tandil, y con ayuda de la red social Facebook, se generó una suerte de psicosis urbana. Mensajes, denuncias públicas y presentaciones ante las distintas dependencias policiales alertaban sobre gente que se dedicaría a sacar fotos de niños y jóvenes con fines nefastos.
Hubo sorprendentes elucubraciones sobre redes de trata de personas, capturas de menores en las puertas de las escuelas y fotógrafos free lance que disparan flashes desde el interior de sus vehículos, que en algunos casos tenían marca, modelo, color y patente.
Muchos padres optaron por no mandar a los más pequeños a clase y otros comenzaron a contratar servicios de remises para garantizar un traslado puerta a puerta.
Mientras tanto, en Facebook aparecía un dato elocuente: en caso de observar algo extraño se recomendaba llamar al 911 cuando el 101 es el número de emergencias para Tandil.
Desde las fuerzas policiales intentaron llevar tranquilidad a la comunidad, investigando las denuncias más firmes y descartando las teorías alocadas, muchas de ellas informadas directamente a los medios de comunicación.
Esta psicosis no fue un dato exclusivamente local. Colegas de medios de otras ciudades se encontraron ante situaciones similares, con infinidad de llamados y mensajes a las redacciones.
A pesar de ser Tandil una ciudad mediana, todos se convirtieron en sospechosos: el hombre de traje en la plaza, el trabajador que para su camioneta a diario sobre una avenida para evitar el estacionamiento medido, el abuelo que lleva la cámara de fotos a un paseo para registrar la sonrisa amplia de la nieta cuando desciende por el tobogán…
Tras ser testigos de horas de transmisión en vivo por televisión desde la casa de Candela en Hurlingham y de infinitas líneas publicadas en diarios y portales de internet, hoy las dudas superan a las certezas. Resta esperar que algún día se conozca la verdad de este aberrante caso.
Si después de la repudiable historia queda lugar para ensayar una visión constructiva, sería válido preguntarse por qué no hay un organismo oficial especializado en la búsqueda de personas en un país que contabiliza cientos de niños y adultos que no aparecen.
Entre toda la vorágine informativa de la última semana, la organización Missing Children y algunos medios nacionales profundizaron la difusión de los rostros de muchos chicos que no dejan de ser buscados en la Argentina.
La comunidad se unió ante la desesperación, pero no pudo salvar a Candela. Que esta muerte no haya sido en vano y que el Estado logre encausar este tipo de historias con nombre y apellido que conmueven a todos.
En Tandil, y con ayuda de la red social Facebook, se generó una suerte de psicosis urbana. Mensajes, denuncias públicas y presentaciones ante las distintas dependencias policiales alertaban sobre gente que se dedicaría a sacar fotos de niños y jóvenes con fines nefastos.
Hubo sorprendentes elucubraciones sobre redes de trata de personas, capturas de menores en las puertas de las escuelas y fotógrafos free lance que disparan flashes desde el interior de sus vehículos, que en algunos casos tenían marca, modelo, color y patente.
Muchos padres optaron por no mandar a los más pequeños a clase y otros comenzaron a contratar servicios de remises para garantizar un traslado puerta a puerta.
Mientras tanto, en Facebook aparecía un dato elocuente: en caso de observar algo extraño se recomendaba llamar al 911 cuando el 101 es el número de emergencias para Tandil.
Desde las fuerzas policiales intentaron llevar tranquilidad a la comunidad, investigando las denuncias más firmes y descartando las teorías alocadas, muchas de ellas informadas directamente a los medios de comunicación.
Esta psicosis no fue un dato exclusivamente local. Colegas de medios de otras ciudades se encontraron ante situaciones similares, con infinidad de llamados y mensajes a las redacciones.
A pesar de ser Tandil una ciudad mediana, todos se convirtieron en sospechosos: el hombre de traje en la plaza, el trabajador que para su camioneta a diario sobre una avenida para evitar el estacionamiento medido, el abuelo que lleva la cámara de fotos a un paseo para registrar la sonrisa amplia de la nieta cuando desciende por el tobogán…
Tras ser testigos de horas de transmisión en vivo por televisión desde la casa de Candela en Hurlingham y de infinitas líneas publicadas en diarios y portales de internet, hoy las dudas superan a las certezas. Resta esperar que algún día se conozca la verdad de este aberrante caso.
Si después de la repudiable historia queda lugar para ensayar una visión constructiva, sería válido preguntarse por qué no hay un organismo oficial especializado en la búsqueda de personas en un país que contabiliza cientos de niños y adultos que no aparecen.
Entre toda la vorágine informativa de la última semana, la organización Missing Children y algunos medios nacionales profundizaron la difusión de los rostros de muchos chicos que no dejan de ser buscados en la Argentina.
La comunidad se unió ante la desesperación, pero no pudo salvar a Candela. Que esta muerte no haya sido en vano y que el Estado logre encausar este tipo de historias con nombre y apellido que conmueven a todos.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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