El pulso
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Una ciudad para pocos y pocas
El quehacer comunal va despidiendo un enero denso, pesado, por momentos asfixiante y no precisamente por las altas temperaturas que depara el verano, más bien el termómetro social y político es el que hace transpirar la camiseta y enrarecer los humores.
Sin querer queriendo, desde el lunghismo ensayaron medidas arropadas de anuncios oficiales acerca de herramientas para combatir el estado de inseguridad reinante, instalado por la seguidilla de hechos delictivos de alto impacto, la demanda ciudadana, el debate político y la exposición mediática del asunto.
Como con otros ítem que ayer se hacían los desentendidos bajo la convicción de que las responsabilidades eran de otros (caso déficit habitacional), de a poco se asumen compromisos que ayudarán, al menos, a intentar revertir la sensación de inseguridad con la que se convive. Que se está no sólo preocupado sino ocupado en el delicado escenario, entre delincuentes pocas veces hallados, armas de grueso calibre, precintos, víctimas sin distinción y policías de dudosa capacidad.
Los anuncios redundan en la receta falible que habla de monitorear lo que pasa en las calles, de sumar más efectivos y móviles. Hasta una nueva comisaría pretende ser el antídoto para una situación social que se escapó de las manos hace rato y que no se verá atemperada por una cámara de video que la registre.
Todo suma, está más que claro, pero se deberá repensar qué se habla cuando se habla de prevención. Seguramente lo que se vino trabajando en lo social no cuenta con propaganda ni rédito político. Si se previno no pasó, ergo, pocos o ninguno se enteró. Pero debería ingeniárselas para difundir –si hay algo que difundir- con mayor ahínco sobre cómo se ha trabajado desde lo social, articulado con las ongs que hace rato están entrometidas en la problemática, en pos de contener un importante sector de la vecindad insatisfecha, marginada de este Tandil que no hace más que ser el botón de muestra de la brecha social que la democracia y sus circunstanciales administradores aún no pudieron acortar.
Seguramente se responderá sobre la atención sanitaria. Desde los sillones odontológicos a los medicamentos gratuitos y las mejoras en el Hospital, hasta los mismísimos eventos culturales (eso sí: la cumbia a los barrios más allá de las cuatro avenidas, la ópera a los jardines del palacio, no sea cosa que se mezclen), pero evidentemente la situación demanda mayor presencia. Legiones de trabajadores sociales -bien pagos-, educadores, profesores de educación física, artistas y no tantos policías ni cámaras de seguridad que, en definitiva, terminan siendo parte del mismo sistema: a mayor demanda de seguridad, más policías y cámaras. Un círculo perverso como vicioso que a la luz de los acontecimientos no sirvió.
Tandil caro
También es dable destacar que una parte de la inseguridad deviene de la injusticia social que se vive, donde unos tienen y muestran mucho y otros apenas lo ven a la distancia en un Tandil cada vez más caro en su costo de vida.
Aquella desigualdad debiera tenerla en cuenta un gobierno popular y progresista tal se definen en calle Belgrano. Es confuso que se anuncie con bombas y platillos el interesante programa Pase para el boleto estudiantil y en plena distracción de verano se apruebe sin chistar un tarifazo al boleto plano, léase al bolsillo del laburante.
Merecería repensarse que a medida que se ponen en valor espacios públicos que la gente bien sabe disfrutar, predios concesionados imponen precios restrictivos. Ya no hay una parrilla pública, gratuita, para que una familia pueda utilizar. Todo se paga y a un precio desmedido.
La defensa por el patrimonio serrano -como otro botón de muestra- mereció una larga y dura pelea con las canteras enclavadas en el corazón de la ciudad, empero pocos sino ninguno puede disfrutar de las sierras sino es pidiendo permiso al nuevo propietario y esquivando las geométricas casas cual carrera de obstáculos. A no ser que la lucha fue para que las sierras sean observadas a la distancia y de paso se vea como ya no se la maltrata a barrenazos sino a puro negocio inmobiliario.
En ese contexto, para muchos la ciudad le es ajena, distante, inalcanzable. Entonces eligen balnearios improvisados y prohibidos como las cavas en Cerro Leones, un lugar de ensueño que merecería la inversión estatal para ocupar y destinarlo a la recreación segura, para aquellos que se sienten clandestinos se integren.
La foto más nítida de esta brecha está a pocos metros de aquellas cavas, más precisamente en el ícono tandilense, su paseo donde se emplazó la réplica de la mítica Piedra Movediza.
Allí, aquel ícono ni los esfuerzos por poner feriantes y senderos sirvieron. Hay una barrera social cruel, pareciera incorregible. Cientos de turistas suben los cientos de escalones de piedra hacia la cima, retratan su imagen junto a la piedra de cartón y ni siquiera de reojo miran hacia el otro horizonte, donde pululan miles de casitas de baja estatura como las supuestas pretensiones de quienes las habitan.
La desigualdad duele y cuando el dolor se hace insoportable se revela y no precisamente en los términos de revolución que algún osado ex funcionario lunghista prometió para la zona. Tal vez alguien está pegando una bofetada para despertarse de la siesta que hasta ayer proponía el Tandil soñado.
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