El pulso
Se fueron siete días más con el gusto amargo que deja la tragedia. Accidentes por doquier que se suceden y que habla a las claras de la anarquía que reina en las calles.
El debate sobre responsabilidades individuales y colectivas, como las que les cabe a un Estado a la hora de controlar son tan trilladas como interminables, mientras que lo que se van terminando son vidas de vecinos.
La premisa es no resignarse. No aceptar excusas acerca de la incapacidad para controlar todo y a la vez nada, de la educación perdida y de los mal llamados accidentes. Hay que seguir buscando salidas, copiar experiencias, buscar recetas que al menos den la sensación que se está haciendo algo para frenar este flagelo.
Y hablando de tragedias colectivas, sigue conmoviendo uno y cada uno de los relatos de aquellos que resultaron víctimas de la represión y hoy encuentran un bálsamo, un resarcimiento moral frente a las atrocidades que se cometió en nombre del combate a la subversión.
Nada mejor que el Caso Moreno y los relatos hasta aquí escuchados de los otros tantos Moreno que pueden contarla no sin evidenciar con pelos y señales los rastros del horror, para desterrar cualquier mentirosa teoría sobre la lucha contra la guerrilla. Pocas, sino ninguna de las víctimas que desfiló hasta aquí por el histórico juicio, tuvieron que ver con aquella “amenaza”. Más bien “perejiles” de una locura genocida.
Para que resultasen más trascendentes aún las jornadas, habló uno de los ex militares acusados, Roque Italo Pappalardo, quien con sus limitaciones a cuestas –salvando las distancias- rememoró a los dichos de Massera, desentendiéndose de los aberrantes delitos que se le endilgan.
Un párrafo aparte merece el Tribunal Federal con el doctor Roberto Falcone (presidente) a la cabeza, quien con altura intelectual supo llevar hasta aquí un juicio en el que están en juego muchos intereses personales y políticos, pero en el que debe prevalecer –como no ocurría en aquellos años- el Estado de Derecho y las garantías procesales.
Bajo ese pulso se fue la semana, entre el debate coyuntural de las tragedias sobre ruedas y las que supieron concebir en los años de plomo. Pasado y presente marcado por la muerte. Será cuestión de hacer justicia y que el Estado cumpla el rol que le cabe. Encontrar herramientas para cerrar heridas y así allanar el camino hacia un futuro mucho mejor.
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