El pulso
Le habían regalado un perrito color negro. Mejor dicho, regalado no, era lo único que tenían para darle porque no era posible pagarle los honorarios de sus servicios. Lo llamó Lomje (libres o muertos, jamás esclavos)…
La historia mínima grafica, si se quiere, de algún modo la semblanza a lo que representa Carlos Alberto Moreno, el abogado laboralista que hace 35 años lo asesinaron en lo que se conoció como la chacra de los Méndez.
Es que su corta trayectoria profesional igualmente le sirvió para ganarse el reconocimiento de los que no tenían con qué pagarle y por eso los presentes pero también de sus pares, incluso de aquellos con los que litigaba porque representaban los intereses de aquellas empresas a los que Moreno los demandaba por la salud de sus trabajadores. Como él decía “por los más humildes” y por eso su identificación como militante en la Juventud Peronista.
Y por ahí se encamina la hipótesis fiscal, queriendo ir más allá de los que están sentados en el banquillo de los acusados, de los que en definitiva tenían el poder en aquella Argentina de los años de plomo. Poder que igualmente no se esfumó con el mismísimo advenimiento de la democracia, sino que quedó enquistada por décadas, incluso por estos días.
Es un crimen de lesa humanidad lo que se está ventilando, claro está, pero más allá del rigor del procedimiento judicial penal hay una connotación política que supera el ámbito de ese juicio, de esa Aula Magna, y surca los humores de una ciudad que hasta aquí prefirió obviar de estas historias. De hecho eligió democráticamente a un intendente como Julio José Zanatelli, cara visible de aquel proceso.
Por eso el juicio, además de las reivindicaciones que se buscan desde las organizaciones de Derechos Humanos y, puntualmente, el resarcimiento moral de los deudos de Moreno, incomoda a buena parte de la tandilidad, que más allá de lo histórico que representa la instancia arribada, se sorprende al ver que los hermanos Julio y Emilio Méndez quedaron presos durante la audiencia, algo impensado hasta ayer –literalmente-.
Así, mientras adentro del recinto se reconstruye la pequeña historia del abogado como las responsabilidades penales de los acusados y posibles ramificaciones, puertas afuera se debate por una historia que no ha cerrado y por eso sigue generando la atención como la reacción. La libertad que dispone esta democracia tiene ese precio.
La historia mínima grafica, si se quiere, de algún modo la semblanza a lo que representa Carlos Alberto Moreno, el abogado laboralista que hace 35 años lo asesinaron en lo que se conoció como la chacra de los Méndez.
Es que su corta trayectoria profesional igualmente le sirvió para ganarse el reconocimiento de los que no tenían con qué pagarle y por eso los presentes pero también de sus pares, incluso de aquellos con los que litigaba porque representaban los intereses de aquellas empresas a los que Moreno los demandaba por la salud de sus trabajadores. Como él decía “por los más humildes” y por eso su identificación como militante en la Juventud Peronista.
Y por ahí se encamina la hipótesis fiscal, queriendo ir más allá de los que están sentados en el banquillo de los acusados, de los que en definitiva tenían el poder en aquella Argentina de los años de plomo. Poder que igualmente no se esfumó con el mismísimo advenimiento de la democracia, sino que quedó enquistada por décadas, incluso por estos días.
Es un crimen de lesa humanidad lo que se está ventilando, claro está, pero más allá del rigor del procedimiento judicial penal hay una connotación política que supera el ámbito de ese juicio, de esa Aula Magna, y surca los humores de una ciudad que hasta aquí prefirió obviar de estas historias. De hecho eligió democráticamente a un intendente como Julio José Zanatelli, cara visible de aquel proceso.
Por eso el juicio, además de las reivindicaciones que se buscan desde las organizaciones de Derechos Humanos y, puntualmente, el resarcimiento moral de los deudos de Moreno, incomoda a buena parte de la tandilidad, que más allá de lo histórico que representa la instancia arribada, se sorprende al ver que los hermanos Julio y Emilio Méndez quedaron presos durante la audiencia, algo impensado hasta ayer –literalmente-.
Así, mientras adentro del recinto se reconstruye la pequeña historia del abogado como las responsabilidades penales de los acusados y posibles ramificaciones, puertas afuera se debate por una historia que no ha cerrado y por eso sigue generando la atención como la reacción. La libertad que dispone esta democracia tiene ese precio.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios