El recuerdo a Cabrera, un mago del básquetbol
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Lo suyo era presencia y atracción pese a su eterno propósito por pasar inadvertido. Mezclaba elegancia con autoridad, genio con exquisitez. Le resultaba fácil dominar por capacidad técnica, carisma e inteligencia. Sobresalía siempre, por su magia para pasar el balón, por su potencia física y ese lanzamiento rápido e infalible. Sin gestos ampulosos, sin estridencias y pese al constante perfil bajo, lograba mostrar el natural don del mando, que se advertía en compañeros y rivales. Fue un gran capitán, que enseñó el camino con el ejemplo antes que con la palabra.
Así lució siempre dentro de una cancha el fenomenal base bahiense Alberto Pedro “Mandrake” Cabrera, de cuyo fallecimiento ya han pasado doce años. El mejor deportista del siglo pasado en Bahía Blanca obtuvo tres Olimpia de plata y nueve títulos argentinos. Fue campeón del Oficial de su ciudad y monarca provincial en varias ocasiones. Con la selección nacional conquistó el Sudamericano de 1979, y jugó el Mundial en 1967 y 1974, sumando 1.979 puntos en 185 partidos.
A los 15 años fue incluido en el plantel de mayores y un año después, el 30 de noviembre de 1961, debutó en primera anotando 12 puntos. Bahía Blanca aún mantiene el mote de “capital del básquetbol”, el cual se adjudicó cuando Cabrera, en su esplendor, regalaba clases magistrales de básquetbol en Estudiantes, en el combinado provincial y en el seleccionado argentino.
Se recuerda aún aquel quinteto ganador que integró junto a Monachesi, Cortondo, De Lizazo y Fruet. Los clásicos entre Estudiantes y Olimpo, y Cabrera vs. Fruet, dieron lugar a que el estadio Osvaldo Casanova tuviera un lleno total de público. Sin embargo, aunque paseó su genialidad por muchos países y recibió ofertas hasta de Real Madrid, “Beto” siempre fue sinónimo de Bahía Blanca. Sólo una vez, por un conflicto con los dirigentes de Estudiantes, emigró para jugar en Gimnasia y Esgrima La Plata.
Fue quizá el último gran amateur. Siempre jugó con el corazón y la camiseta, nunca lo hizo sin prepararse adecuadamente, siempre sacrificándolo todo. Una anécdota lo pinta de cuerpo entero: Mientras disfrutaba en Bariloche de su luna de miel, se hizo de tiempo para entrenarse, ya que a los quince días tenía el Argentino de Mendoza.
Nunca fue un privilegiado físicamente ni tuvo pinta de basquetbolista, sin embargo la varita mágica lo había tocado en sus manos y en su mente prodigiosa, y en la voluntad para mejorar cada día.
Los tandilenses supimos de su presencia en zonales y regionales, lo sufrimos pero también compartimos su calidad de jugar y hombría de bien. Su famosa calidad fue un aporte fundamental para construir una tradición basquetbolística durante los años ’60 y’70, que le valió a su ciudad transformarse en la capital nacional de este deporte.
Lo suyo, se dice, fue presencia y atracción…Hoy no es ausencia. Por siempre, vivirá en un pedestal del recuerdo para los amantes del básquetbol que supieron distinguirlo como uno de los más grandes de la historia…Yo diría Oscar Furlong, campeón mundial en 1950, “Beto” Cabrera por lo hecho en los 70’, y “Manu” Ginóbili en la actualidad. Ellos llevaron con sus actuaciones a que el básquetbol argentino entre en la consideración mundial. Una huella que no olvidaremos nunca los argentinos.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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