El retorno a las instituciones
?La democracia se defiende con más democracia y las instituciones, con más instituciones?, expresó la presidenta Cristina Kirchner el pasado 17 de junio, al referirse por la cadena nacional a la conmemoración del trágico bombardeo sobre la Plaza de Mayo en 1955. Tras ello reseñó su decisión de enviar al Congreso de la Nación el proyecto de ley que habrá de ratificar o no, la controvertida Resolución 125/08 sobre retenciones móviles a las exportaciones de granos, trazada el pasado 10 de marzo por el entonces ministro de Economía Martín Lousteau y que desencadenó uno de los conflictos sociales más enérgicos de los últimos lustros en nuestra Argentina.
La defensa de las instituciones, consigna definida por Cristina Kirchner, a la vez que bandera alzada por más de un candidato en épocas electorales pero olvidada casi siempre tras los apuros de la gestión, emerge de nuevo por estos días para intentar establecerse en la agenda pública que nos concierne a todos.
Defender la democracia y fortalecer las instituciones han sido indicaciones que últimamente los argentinos hemos oído pregonar tanto desde atriles oficiales como desde un carro en medio de alguna ruta de provincia.
Pero bien, es una realidad dividida la que encontramos al concentrarnos tanto en las instituciones de la República, en esas organizaciones fundamentales del Estado y establecidas en la Constitución Nacional frente al ambiente que nos circunda: hemos visto, después de más de cien días de tensión y enfrentamientos, que no han sido precisamente las instituciones los naturales nexos de expresión, demanda y respuestas a los reclamos ciudadanos.
Es favorable al país que hoy se extienda el pedido de vigorizar las instituciones republicanas. Al margen de estrategias partidarias, el hecho de enviar el proyecto de ley para ser tratado por parte de diputados y senadores de la Nación, deviene en una seña atinada ante este encontronazo entre argentinos.
Seña que debiera haberse cumplimentado desde el primer día. Seña, y no sólo seña, sino también compromiso con la Carta Magna, que madura en consecuencias constructoras de ciudadanía. Y es beneficioso que ello se declame, sea desde la órbita oficial como desde los ámbitos privados solicitando la mejora de estos canales sociales.
Fortalecer las instituciones implica simplemente mejorarlas o perfeccionarlas. Ello representaría: 1) que sean más resistentes frente a las tensiones sociales, 2) perdurables pero adaptables para conformarse a las nuevas circunstancias (en aquello que sea necesario y conveniente) y, 3) eficientes para la satisfacción de demandas e intereses sociales.
A más de tres meses del surgimiento del planteo de los sectores agrarios, que contó con el apoyo de otras referencias de la sociedad, atestiguamos cómo muchos canales institucionales imprescindibles, o se vieron colapsados o fueron ignorados.
Fomentar el debate y tratamiento sin condiciones, de una política pública en ámbitos representativos, como las cámaras del Poder Legislativo, se convierte en un incentivo a la participación cívica y abre caminos para la enumerada regeneración de un esquema plural de partidos políticos.
Acercándonos a las vacaciones de invierno, es esperable que la bandera de la institucionalidad sea más una realidad que se aproxima y no un ideal lejano o una promesa no cumplida, a las que tristemente muchos dirigentes nos han acostumbrado.
Debe dejar de ser estimado un objetivo lejano el que la institucionalidad no se vea asociada ya al concepto simple y grotesco de una burocracia inútil y retardada; y que tienda al de una democracia plural que se realiza en la intervención ciudadana de cuantos quieran aportar a la cosa pública: deviene ya en una meta alcanzable y posible.
La única receta para forjar una nueva institucionalidad es retornar a la Constitución: y que cada uno se encuentre allí, según ella, con todo y sólo lo que corresponda.
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