El síndrome de la hoja en blanco
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
No sé cómo se dirá ahora, pero en mi época era "saquen una hoja".
Escuchar esa frase era como querer morirse un rato. Poco importaba si se había estudiado o no. Generaba un acto reflejo, como cuando un perro escucha un "qué hiciste": mete la cola entre las patas, agacha las orejas y se esconde. Por más que no haya hecho nada.
Con el saquen una hoja pasaba algo similar. Peor aún si era pronunciada con ese dejo de cándida maldad que tan bien le salía a algunos de mis profesores.
Pertenecí a la categoría de alumno que nunca descolló, pero tampoco desentonó demasiado. Un promedio de seis puntos.
Más por falta de fe o pereza que por honestidad, era de los que no respondía las preguntas que no sabía. Guardo una modesta cosecha de ceros y unos por firmar la hoja en blanco.
Siempre me llamaron la atención los que escribían mucho, a los que no les bastaban los 40 minutos para terminar de responder.
Dentro de éstos, estaban los que verdaderamente habían estudiado y los otros: los que no sabían absolutamente nada. Tipos que escribían cuatro o cinco hojas y se sacaban un dos.
¿Cómo podía ser? Sencillo: guitarreaban.
En esa época me caían simpáticos. Fabuladores, ilusionistas, verdaderos artistas de la improvisación, charlatanes, pero adorables. En algún sentido, brillantes. Algunos, hasta tenían el descaro de ir a protestar la nota. Lejos de una mejora, solían volver con algún puntito menos. En lugar de tres, les quedaba un dos con cincuenta. Por caraduras.
El problema es que aquellos pibes fueron creciendo y hoy andan por la vida con su capacidad intacta. O mejor dicho, su incapacidad. Son incapaces de decir no sé.
Quizás le sigan temiendo a la hoja en blanco, al silencio condenatorio. A que alguien se dé cuenta de que no saben.
Aquello que era guitarrear hoy se convirtió en sanatear, chamuyar, versear, delirar, sabérselas todas.
Son muy fáciles de individualizar. En principio, porque se los escucha. Son una suerte de radio de amplitud modulada, sin pausas ni cortes.
Tienen latiguillos, como: ´escuchá ésta`, `mirá lo que te voy a decir`, `la cosa es así…`, `pará, pará que te cuento una`.
Se interesan por todo y, obviamente, saben de todo y, por ende, el que está equivocado es el prójimo.
-Cambié el auto, dice uno, contento.
-Qué bueno, ¿qué te compraste? (peligro, chamuyero a punto de arrancar).
-Un Dunita 96.
-Son lindos los Duna. Pero son Fiat, viste… Yo tuve uno, 96 también. Vivía en el taller. Lo tuve que revolear. Con esto no te quiero decir que sean malos, ojo, pero…
Lo mismo para cuando el incauto comenta que se va de vacaciones. ¿Adónde? no importa; él ya fue y volvió. Por eso recomienda hoteles, restaurantes, playas, farmacias, cerrajerías.
De política también sabe y siempre tiene un pariente que trabaja de asesor para un diputado que le cuenta la posta.
Abona a cuanta teoría conspirativa existe y es de los que asegura que el hombre no fue a la Luna, que Hitler se refugió en Argentina, que Yabrán está vivo, que no usa mails porque están pinchados, que música era la de antes (y arranca con Sui Generis, Vox Dei, Vivencia…) . Suele comenzar sus pensamientos más profundos con: "el gran problema de este país…".
Antes me caían simpáticos. Ahora, por lo general trato de esquivarlos. No obstante, de vez en cuando me sorprenden y vuelvo a sentir aquella sensación del "saquen una hoja".
En esos casos, hago la misma: firmo la hoja y me voy.
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