El sol sale para todos
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPertenezco a una generación en la que lo estético y lo varonil no iban de la mano. Más bien por el contrario.
No tanto, creo yo, por una cuestión de machismo, sino más bien por descuido, por desatención, por mandatos de la época.
El hombre de mi generación nacía feo o nacía lindo y se la tenía que rebuscar con lo que la naturaleza lo había dotado (por exceso a veces, por defecto, otras). Pero no estaba dentro de las posibilidades acudir a una esteticista para remediar o al menos atemperar lo que venía fallado.
Aún me sigue causando mucha gracia un dicho de por entonces, que decía del hombre poco agraciado que había llegado tarde al reparto de cara.
Insisto: no había posibilidades de recurrir a un esteticista (que de hecho no existían), pero ni siquiera se pensaba en eso. De hecho conozco tipos de mi generación que siguen yendo al mismo peluquero que los llevó el padre cuando tenían tres años. Y se siguen haciendo el mismo corte.
Y con la ropa no se podía hacer mucho tampoco. Al fin y al cabo, esto es Tandil y el que se salía del Wrangler, la camisa a cuadros, los mocasines y el suéter sobre los hombros era considerado raro.
Así las cosas, a los que habíamos llegado tarde al reparto, no nos quedaba otra que recurrir a determinados ardides, no ya para conseguir la adhesión ajena, aunque más no fuera para evitar rechazo rotundo. En mi caso, aprendí a tocar la guitarra. A algunos los salvó la simpatía, a otros la plata y hay quienes todavía andan peinados a la cachetada, caminando solos por el centro.
Afortunadamente, los tiempos han cambiado y hoy a hombres y mujeres les caben las generales de la ley. Esto es, querer estar lindos.
Lo que no deja de ser un problema, claro. Sobre todo en esta época del año, con los primeros soles.
Descubrimos que debajo de camisetas, pulóveres, camperas y sobretodos había un cuerpo, y aunque no lo parezca, es el nuestro.
Primera impresión: la blancura. Uno acepta, entiende, razona que la cuestión del bronceado es una imposición de las revistas. Es más, sabe que el sol es perjudicial para la piel. Lo sabe. Pero encontrarse de repente con tanta blancura, una bola de nieve, una hoja canson número 50, blanco Ala, blanco verdoso es, mínimamente, perturbador.
Segunda impresión: los rollos, aunque, la panza (que en el caso de las mujeres se extiende a piernas, brazos, etc.). Y uno sinceramente duda si a lo largo de estos pocos meses de invierno no se ha comido un fitito o algo similar. ¿Cómo se puede engordar tanto en tan poco tiempo? Más que malla voy a necesitar un toldo, una lona de camión, la carpa del circo de los hermanos Servián.
Tercera y conclusión: tengo que hacer algo. Y aquí las opciones van desde dejar de comer hasta que lo internen, recluirse en un gimnasio 16 horas por día, correr de acá a Mar del Plata tres veces a la semana.
O, y aquí el secreto, resignarse. Al fin y al cabo, uno se va de vacaciones a lo sumo 15 días a un lugar donde no lo conoce nadie y donde seguramente habrá más blancos y gorditos que uno. El resto del verano lo pasará en el patio de casa, donde no lo ve nadie (la familia, bah, pero ya está resignada) o a lo sumo, en la pileta del club, donde nos conocemos todos y superada la primera impresión ("che, este tipo está hecho una vaca o me parece a mí…"), la vida transcurrirá normalmente.
Pertenezco a una generación en la que lo estético y lo varonil no iban de la mano. Quién me metió en la cabeza este asunto de la igualdad de géneros…
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