El sueño de Ramón
Dicen que cuando alguien está cerca de la muerte, se le cruzan por la cabeza imágenes de su vida. No sé si será cierto, pero a los efectos de las películas o de algunas crónicas que quedan empantanadas a poco de arrancar, viene bien.
Si es así, imagino que por la mente de Ramón habrán pasado aquellos cielos infinitos de infancia. Esas tardes, con la espalda a lo largo de la tierra húmeda, el mundo dando vueltas y un desfile de nubes lentas y parecidas a algo: a un perro, a un barco, a un rostro.
Habrán pasado ?imagino, por la mente de Ramón- los ojos de la muchacha amada, la voz de la madre, la imagen paterna y silenciosa en la cabecera de la mesa, los miedos de la noche, los truenos y las lluvias allá en el Paraguay. Las primeras palabras en guaraní. La última imagen que, aunque reciente, va camino a ser recuerdo: el vacío, el abismo viniéndose encima.
Luego, la nada.
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Del otro lado del Paraná, la tierra también es medio colorada y las tardes anchas e infinitas. De este lado del río está El Dorado. Y la referencia a la localidad misionera sirve nada más que para eso, como referencia. Para buscar un mapa y ver de dónde viene Ramón. Del otro lado del río parece no haber nada; apenas un nombre ?Carlos Antonio López ? Departamento de Itapúa?.
Ramón es de por ahí: del campo. De un campo fértil y exuberante, verde de maíz, dorado de trigo y chillidos de aves de colores chillones. Allá, como acá, la tierra es rica y la gente no. Al menos no en su mayoría.
Ramón, sus padres y sus siete hermanos están lejos de ser ricos. Por eso algunos tuvieron que irse del campo fértil pero mezquino. Una de las mujeres se fue a Ciudad del Este, en la paradigmática Triple Frontera. Otra más lejos: Buenos Aires.
Ramón es el más chico de los ocho hermanos. Por eso, cuando él también decidió partir hubo un sacudón en la familia. El más mimado, el más chiquito, el más travieso, el que le esquivó al estudio y la excusa del servicio militar le vino bárbaro, se iba.
?Cuando vuelva del cuartel sigo estudiando?, dicen que le dijo a los padres. Recién estaba en el quinto grado cuando le llegó la citación. Para cuando volvió, ya era un hombre. Casi tenía 20.
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Aunque cueste creerlo de este lado del río, la Argentina se sigue viendo como una tierra de oportunidades. Desde allá, Buenos Aires continúa vendiendo el espejismo de oportunidades.
Así y todo, fue un sacudón cuando Ramón decidió venirse donde la hermana mayor. Pero quién se lo iba a impedir, si era el más chiquito y, además, ya era un hombre. Lo apoyó la familia, lo aconsejaron, entre los últimos abrazos al pie del colectivo y los deseos de suerte.
Buenos Aires le dio trabajo, es cierto. Mucho. Y se enamoró; no de Buenos Aires, sino de una piba. Ella es del Paraguay, como él, y hace cinco años que vive en la Argentina.
Al son de la cumbia de las primeras noches comenzaron a prometerse amor duradero. Entre besos y caricias nació el compromiso de una vida juntos. El futuro ?esa sucesión de nubes lentas a las que uno les busca un sentido- comenzaba a tomar forma. Una familia grande como la suya, allá en el Paraguay.
Pero el presente todavía era Buenos Aires. El trabajo en una carnicería, de 7 de la mañana a 9 de la noche, sin domingos ni feriados. El presente eran los viajes infinitos en colectivo, el calor insoportable de Buenos Aires, que es menos que el de Itapú, pero enferma.
Dos años le bastaron a Ramón para cansarse de la Reina del Plata. Se fue cansando de la poca paga, del ninguneo procaz con el que los argentinos definimos a las personas como Ramón. ?Paragua es otra cosa?, se decía mordiéndose los labios al principio. Después ya ni siquiera decía nada. Estaba cansado.
Se cansó de tener que cuidarse de que no le roben lo poco que iban juntando para ese futuro de familia grande. Este país le enseñó que lo poco que le puede dar un rico, se lo puede quitar un pobre. ?Acá los pobres se roban entre ellos?, pensó Ramón, queriéndose sentir ajeno de semejante despropósito.
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En Tandil, supo lo que era el frío. Le entraba por las manos y le llegaba el alma. Allá arriba, entre los andamios, no hay reparo y el viento de agosto sopla de lado a lado, atravesando lo que se le cruza.
Allá arriba, de tanto en tanto Ramón mira el horizonte y no es el mismo que el de su campo. Acá hay unas sierras bajas que lo interrumpen. O lo definen. El horizonte, acá en Tandil, es ondulado. No es el llano de Itapú. Pero tampoco el horizonte de hormigón que corta el cielo de Buenos Aires.
El cemento se le pega a las manos heladas y Ramón todavía no sabe si este lugar frío y remoto lo va a tener por mucho tiempo.
Fue un amigo paraguayo, allá en Buenos Aires el que le dijo: ?vámonos a Tandil a laburar en la construcción?.
Y vaya a saber si lo conquistó el gusto de lo desconocido (de lo malo por conocer) o el disgusto de lo que ya conocía.
La cuestión es que decidió probar.
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Ramón llegó a Tandil el 18 de agosto. Dos días antes habló con su hermana de Ciudad del Este y le dijo que iba a cambiar de ciudad y de trabajo.
?Estaba cansado de trabajar todo el día ?cuenta ella, en la sala de espera de terapia intensiva del Hospital Santamarina-. Se iba a la mañana a la carnicería y volvía a la noche. Ni domingos tenía…?
Las manos que hasta ayer cortaban las reses aún tibias, comenzaron a curtirse con el portlan, los ladrillos y el frío inclemente de Tandil.
El cambio tenía sus pros y sus contras. Por eso, Ramón no se había decidido todavía. En la carnicería allá en Buenos Aires pidió licencia por unos días. Para probar. Incluso le quedaba algún restito del sueldo por cobrar. Se había dejado una puerta entornada, para volver a entrar sin tener que golpear (se).
La novia había quedado allá, en Buenos Aires, y eso también le tiraba. Se habían prometido viajar algún fin de semana, pero no era lo mismo. Los días se estiran en soledad. Se agigantan en la distancia.
Pero la jornada de trabajo era más corta que en la carnicería: de once de la mañana a cinco de la tarde.
Algunos de los muchachos vivían ahí, en la obra de San Martín y Paz. El, con su amigo, habían conseguido una casita en calle Piedrabuena. Cuando llegaban ya era de noche, pero le quedaba mucho tiempo para pensar. De espaldas en la cama, mirando el techo en penumbras iba acomodando el desfile lento de su futuro. Como nubes, dibujaba el rostro conocido de su novia e inventaba el de los hijos por venir. Iban a ser muchos, aunque tal vez no tantos como él y sus hermanos. Quería poner un comercio allá en Paraguay.
Hacia ese sueño de un futuro que iba ordenando de a poco, iban destinados los billetes que religiosamente retiraba cada vez que le pagaban el jornal.
Por eso, cuando surgía la posibilidad de hacer alguna hora extra no le esquivaba. Ni siquiera los domingos…
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La sala de espera de terapia intensiva del Hospital es mínima y necesaria. Apenas unas sillas interrumpen la monótona asepsia de la pared. Desde algún lugar, escaleras abajo, sube el aroma inconfundible a comida de hospital. Para cuando llega al tercer piso, se entrevera con el olor del antiséptico con el que acaban de lavar los mosaicos.
Faltan algunos minutos para que llegue el horario de visita, pero parece que los dos están desde hace rato. El mate, en franco abandono, que ella aún conserva en la mano confirma que por lo menos hace un termo que esperan.
Ella tiene la piel de un color a bronce pálido; él también, pero lo disimula entre los pliegues de su rostro curtido. Es fácil identificarlos como los hermanos de Ramón. O a lo mejor, uno es tan arcaicamente prejuicioso, que aún sigue viendo a la gente en blanco y negro.
?Nos avisó el muchacho que está con él. Llamó por teléfono a mi hermana que vive en Buenos Aires y así nos enteramos?, nos cuenta.
Tiene esa clase de juventud que uno imagina perdurable. Quizás no llegue a los 30 años y es casi seguro que a los 50 mantenga esa misma impronta.
Ella es la que vive en Ciudad del Este y se vino a Tandil ni bien se enteró el accidente de su hermano. Hace más de diez días que está acá junto al otro hermano, mayor que ella y que casi no hablará a lo largo de toda la charla.
Tienen la amabilidad que uno creía perdida hace años. Lejos de su lugar y de su gente, víctimas ?ellos también- de una tragedia más emparentada a la injusticia que a la fatalidad, soportando un dolor que por fraterno no tiene remedio, no hacen otra cosa que agradecer que alguien se acuerde de su hermano.
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A unos metros de allí, de esta conversación en la que nos vamos enterando cómo era la vida de Ramón en el campo paraguayo, de cómo eran sus sueños, de cómo iba ordenando su futuro de nubes mansas, el muchacho de 22 años se aferra a la vida como no se pudo aferrar a nada aquella mañana del último domingo de agosto.
Un descuido. Vaya a saber. Una falla. Alguna causa que se trata de establecer (como suelen consignar las frías crónicas policiales) lo precipitó al vacío.
Diez pisos cayó Ramón. Y cuesta creer que aún esté vivo. Como dice uno de los médicos que lo viene atendiendo desde el primer día: ?imaginate caer desde treinta metros. Imaginate cómo puede estar ese cuerpo. Cómo pueden estar esos órganos…?.
?Pero es joven y esa es la clave de que aún resista?, trata de explicar el doctor Díaz Cisneros, apartándose del diagnóstico de ?estado crítico? con el que define el estado de salud de Ramón.
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La chica, la hermana, cuenta que a los doce años se fue a vivir a Ciudad del Este a la casa de unos tíos. Quería seguir estudiando, por eso dejó la familia y el campo. Allá, en la Triple Frontera, terminó el secundario y quiso seguir en la universidad. Pero tuvo que ir a trabajar ?a una casa de familia?. El trabajo y el estudio se le hicieron cuesta arriba para acarrearlos y tuvo que optar. Siguió con lo más pesado.
?Dejé cuatro años ?se atreve a contar- pero ahora estoy estudiando de nuevo?, dice con algo parecido al orgullo, pero que no lo es. Al menos no lo que entendemos por orgullo de este lado del Paraná.
Cuenta que sus padres saben que Ramón tuvo un accidente, ?pero no le dimos los detalles. Están grandes ya…?, se excusa y queda callada un momento. Su mente vuelve al domingo 31 de agosto. Trata de recrear lo que le contaron que pasó y sigue sin entenderlo. Tanto que cuando intenta relatarlo, las palabras se le confunden. Y las lágrimas se le aflojan por primera vez.
Habla de una máquina y una falla, de un primer golpe de Ramón, de la caída interminable y de que ?por suerte? dio contra una ?casita de chapa? que había abajo ?y no contra una máquina enorme, porque si no, no sé…?
Sí, lo sabe, pero no se anima a decirlo.
?El amigo estaba mirando todo desde arriba. Y no sé cómo hizo para bajar tan rápido y darle auxilio a mi hermano. El fue el que llamó a la ambulancia…?.
No hay más para decir ni para preguntar. Ella se va a ir dentro de una semana, porque tiene que trabajar. Se irá, seguramente, sin haber podido hablar con Ramón, ?que lo mantienen dormido para que no sufra?.
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Vendrán otros hermanos a reemplazar a los dos que desde ese domingo esperan en la salita contigua a la terapia intensiva. Vendrá nuevamente la muchacha con la que Ramón empezó a ordenar sus sueños de futuro. Será el fin de semana, cuando el trabajo se lo permita.
Mientras tanto, Ramón duerme aferrado a algo que lo mantiene con vida. Quizás sean esos sueños de familia grande y negocio en Paraguay. Quizás a la caravana de nubes mansas que desfilan por su cielo inmenso.
Sea lo que sea a lo que esté aferrado, parece más seguro que un montacargas.
Sea lo que sea, agarrate fuerte Ramón.
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(Ramón Chaparro Benítez, de nacionalidad paraguaya, obrero de la construcción se cayó de un décimo piso, mientras descargaba ladrillos en la obra de San Martín y Paz. Fue el domingo 31 de agosto, alrededor de las 10.30 de la mañana. El gremio denuncia que el mal funcionamiento de un montacargas provocó el accidente. Desde ese día está internado en la sala de terapia intensiva del Hospital Municipal Ramón Santamarina. Su estado es grave, con pronóstico reservado. Es asistido por un respirador mecánico y está en coma farmacológico. Recibió múltiples fracturas y los médicos debieron amputarle una pierna. Había llegado a Tandil el 18 de agosto. Tiene 22 años.)
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