El tiempo pasa
Cuando el diminutivo de mi nombre, por el que casi todos me conocen, empezaron a cambiarlo y en los correos aparecieron los ?Don Marcos?, ?Maestro? y algún otro calificativo que por lo exagerado no me animo a poner, me di cuenta de que había recorrido un largo camino en el tiempo. Un tiempo que se me escurrió mientras estaba ocupado en otras cosas, dejando que transcurrieran los días, las semanas, los meses y los años creyendo que estaba anclado en plena juventud y que el almanaque solamente se ensañaba con los demás.
Jamás me empeñé en marcar hitos ni lograr trascendencia. El boxeo se me metió en la sangre como una enfermedad incurable y pisando la edad que muchos esperan para poder jubilarse aparecen los inquietantes reconocimientos que indican por un lado que la dolencia ha sido no sólo complaciente sino enaltecedora, y por el otro, en términos boxísticos, que uno está más cerca del último round que de las instrucciones del referí.
A pesar de haber viajado a varios centros del pugilismo mundial, siempre creí que solamente había aumentado el número de amigos. Lo dijo Bonavena ?la falsa modestia es el exceso de orgullo?. Por eso no debo tener empacho en confesar que el contacto y el trato con esa gente del medio me ubicaron periodísticamente en otra dimensión. Desperté sorpresivamente cuando Juan Brignone me contó que en una Convención de la WBC en China, fue abordado por un periodista norteamericano, a quién yo no conocía, para pedirle mi correo personal. El periodista era nada menos que Bob Newman, de la muy acreditada página Fighnews.
El primer cimbronazo a mi doble concepto sobre los reconocimientos -la emoción del momento y la cercanía de los ?hurras? finales- se dio el 27 de marzo en el Club Talleres de Mar del Plata, donde el promotor Marcelo Fasce me homenajeó durante el festival que allí se llevó a cabo entregándome una medalla recordatoria. Escribió el periodista marplatense Diego M. Fernández: ?Aunque el momento más emotivo se vivió cuando Fasce personalmente entregó la medalla al reconocido periodista de Tandil, Marcos Vistalli, una verdadera eminencia del boxeo argentino y mundial, con incontables años de trayectoria en los medios de comunicación y autor de dos libros?. ?Yo aprendí muchísimo de vos, es un lujo muy grande tenerte en mi festival y por eso te hago este reconocimiento?, le dijo Fasce. ?Y el Talleres se sumió en un profundo aplauso?.
Pero allí no terminó todo, el sábado se repitió la misma escena en la Sociedad de Fomento Mariano Moreno, de Olavarría, donde el promotor bolivarense Carlos Gasparini, entusiasta programador y honesto como ya no quedan demasiados, nos entregó una plaqueta recordatoria a quién esto escribe y al excelente amigo y director técnico, hoy Coordinador de los Equipos Nacionales de la FAB, Héctor Morales.
En el medio, hay una historia que verdaderamente me ha conmovido. Es un hecho que sucedió el mes pasado en Nueva York. Internado Alexis Miteff en terapia intensiva, el médico argentino Jorge Marull envió un S.O.S a la página de nuestro amigo rosarino Enrique Sánchez. El ex boxeador estaba carente de afectos y pedía que alguien lo ayudara a avisarle a algún amigo para que lo fueran a visitar. Le comuniqué al médico que el contacto más directo era con otro ex boxeador argentino radicado en N.Y. y animador de 18 peleas en el Madison, Antonio Marcilla. Me cuenta el colega Sánchez: ?El doctor Marull me informó que gracias a usted consiguieron que lo fueran a visitar, inclusive un hijo? Y agrega en su página de Historia del Boxeo: ?Alexis Miteff está mucho mejor, acaba de informarme el Dr. Marull. Ya camina, uno de sus hijos fue a visitarlo. Tiene la foto que está con el Maestro Vistalli, al lado de su cama?.
La foto en cuestión fue una que nos sacamos cuando Miteff vino a Tandil y yo subí a Facebook hace algún tiempo. Más allá de la anécdota, que particularmente me produce una cálida emoción, lo que me alegra es haber podido contribuir a hacer más llevadera su enfermedad a miles de kilómetros de distancia.
Esta nota no iba a escribirla, pero recordé a aquel amigo que fue a comprarse un auto y le gustaba uno que le parecía demasiado ostentoso, pero al final se dijo: ¿Por qué no lo voy a comprar si la plata me la gané y no se la robé a nadie? Haciendo un paralelo, si esto es verdad ¿por qué tengo que ocultarlo?
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