En apariencia
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Aquella velada de marzo de 1924 forma parte de la historia nuestra. El viernes 14 la aristocracia del pueblo hubo de lucir sus mejores atuendos para la ocasión.
No era para menos, el teatro Cervantes había sido acondicionado para convertirse en cine. Y para su noche de inauguración se proyectó la exitosa “Sangre y arena”, con Rodolfo Valentino.
Por esos años, Valentino era el sex simbol por excelencia y las mujeres morían por él. Incluso las tandilenses que, cuando lo venían, decorosamente trataban de ocultar las sonrisas pícaras detrás de sus manos enguantadas.
Valentino, italiano de nacimiento, resumía en su corta vida las ilusiones de tantos latinos llegados a América con la ilusión de triunfar. De tantos millones, él fue el único elegido. Claro que para ello, debió hacer todo tipo de concesiones y transformaciones. Entre otras, cambiarse su apellido, imposible de pronunciar para la lengua semialmidonada del taquillero público norteamericano.
En su viaje de Nueva York a Hollywood cambió su Guglielmi de nacimiento por Valentino y abandonó para siempre su segundo, tercero y cuarto nombre: Pietro Filiberto Raffaelo. Y el Rodolfo pasó a ser Rudolph, como el reno de Santa Claus.
Claro que poco le importó; las apariencias, en su metier, eran fundamentales. Con menos de treinta años, el italiano había conquistado el mundo. Sobre todo, al mundo femenino que es el que suele insistir para ir al cine.
“Sangre y arena” fue la película que le siguió a “El Sheik”, quizás su mayor éxito.
El film estaba inspirado en la vida de un torero sevillano y narraba uno de esos dramones que hacían lagrimear a las damas de entonces y resoplar a sus maridos, que no alcanzaban a entender qué encanto tenía a ese señorito de ojos delineados y rasgos amanerados.
Los cronistas del espectáculo de aquella época también ponían en duda la sexualidad de Valentino, pero éste se ofendió y hasta se animó a retar a duelo a uno de ellos. Había que mantener las apariencias.
La película, filmada en Hollywood, intentaba recrear el paisaje sevillano, sus callejuelas de piedra, su plaza de toros. La producción debió gastar más en decorados que lo que le hubiera salido filmar en escenarios naturales. La crítica seria de por entonces la calificó como un auténtico fiasco poco creíble, plagada de cartón pintado. Poco le importó a la industria cinematográfica que, con Valentino, había encontrado la máquina de hacer billetes.
“Sangre y arena” tuvo dos remakes: en la década del ‘40, protagonizada por Tyrone Power y Rita Hayworth (dicen que fue la más lograda) y hace unos veinte años, con Sharon Stone (que por suerte no vi).
Me hubiera gustado estar aquella noche de estreno de 1924. No tanto para ver a Valentino, sino para respirar ese aroma perfumado de la flamante sala, para escuchar los comentarios tímidos, las ahogadas exclamaciones, los disimulados sollozos.
De las películas que vi en el Cervantes, me acuerdo de "Las colegialas se confiesan", el emblemático film erótico de los setenta. Acá llegó ya en plena dictadura y aunque todavía era menor, igual me dejaron pasar a la sala, a pesar de la estrictísima prohibición para menores de 18 años. Eso sí, con mis amigos habíamos quedado en vestirnos como tipos grandes. Porque si bien era sabido que dejaban pasar, había que cuidar las apariencias.
De estas cosas me acordaba el otro día, cuando caminando por Rodríguez me sorprendió ver al teatro Cervantes sin parte de la tela mediasombra que lo cubrió durante los últimos meses.
Realmente, cuando concluyan las obras, la fachada estará muy linda. No sé si como aquella noche de 1924, pero mucho mejor de lo que fue en los últimos años.
Habrá que esperar a que llegue un crédito blando, un subsidio, un mecenas, una decisión política o un milagro que permita por fin recuperar la aristocrática sala que alguna vez fue justificado orgullo.
Por ahora, en apariencia, va quedando muy linda.
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