En el barrio UOM reina la preocupación por reiterados episodios de violencia callejera
El barrio de casas bajas transpira su ritmo sereno en la soleada tarde de verano. Lleva su estilo de vida grabado a fuego desde su nombre. Es el UOM, que inmediatamente remite a tierras de unión, de obreros y metalúrgicos.
A paso cansino, gente de trabajo recorre sus callecitas sin mayores pretensiones que forjarse un día a día que los acerque a un mañana algo más venturoso que este presente.
Todavía se sacan las sillas a la puerta, se comparten mate y confesiones. Se busca el fresco y se pierde el tiempo. Deliciosamente.
Pero sucede que desde hace un tiempo, el bucólico paisaje que ofrece desde más allá de la 226, cuando la ciudad amaga con hacerse campo, se ensombrece bárbaramente con la caída del sol.
Nadie acierta a precisar en qué momento comenzaron a formarse grupos que por la noche usurpan las esquinas, las riegan de alcohol y de violencia. Todos conocen a todos. Pero muchos vecinos tienen miedo, y por eso esconden sus identidades para descubrir los pormenores de un fenómeno de exclusión creciente.
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El ataque
En ese contexto, El Eco de Tandil pudo reconstruir, por versiones de los habitantes de la barriada, una historia plagada de incidentes, que el viernes por la noche atravesó un mojón que rozó la tragedia en el pasaje interno 2.
Un ex convicto, mayor de edad, acompañado por su pareja embarazada, esperaba para hacer una compra en un comercio. De repente, un numeroso grupo, que según los testimonios estaba integrado por entre 20 y 50 jóvenes, atacó al hombre a golpes y puntapiés. La mujer también se convirtió en víctima de una agresión sin control. Mientras la pareja no podía defenderse desde el suelo, los vecinos llamaban desesperadamente a la policía. Tardíamente, aseguran, llegó un patrullero, que lejos estuvo de proteger al agredido. Refugiado debajo del móvil, recibió una andanada de piedrazos que le provocaron nuevas lesiones.
A esas alturas, todo era descontrol. Los más osados la emprendieron contra el solitario uniformado, y hasta habrían intentado quitarle su arma reglamentaria. Más tarde, llegaron otros dos patrulleros de refuerzo y dispersaron a los exaltados. La tensión se perdió en la oscuridad de la madrugada.
Más violencia
Ahora bien, siempre de acuerdo al relato de vecinos, no es la primera vez que grupos de jóvenes se ensañan con el mismo hombre. El motivo: una suerte de ajuste de cuentas por supuestos robos que habría perpetrado en la zona.
?Le pegaron muchísimo, piñas, patadas y piedrazos. Por poco lo matan. Y se la tienen jurada?, sostuvo un habitante de la cuadra del ataque.
Amanda Luro, desde su bondad y sabiduría, confirma lo del episodio violento y deja su reflexión: ?Hay que contener a los jóvenes, que están un poco perdidos. No tienen lugar y seguramente falta diálogo con sus padres. Ellos deben intervenir, todos los mayores debemos hacerlo antes de que sea tarde. La juventud, como en toda época, necesita su espacio, sus canales de expresión. Hay que generárselos?.
Pero sucede que los incidentes no son aislados. Otros vecinos aluden a ?guerras de banditas? de distintos barrios, potenciadas por el consumo de alcohol y drogas. Denuncian presencias inquietantes en las calles por las noches, rencillas y amenazas cruzadas. Y dejan una reflexión crítica sobre la policía: ?Cuando tiene que estar, no está. Y cuando la llamamos, raramente viene. O llega y actúa mal, como el otro día?, sostuvo un joven.
Con todo, el barrio de casas bajas, de unión y de obreros, está alejándose peligrosamente de un estilo de vida que lleva grabado en su nombre. Sus habitantes no se resignan a perderlo.*
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