En el Día de la Mujer: María del Carmen Silva una referente de militancia política y social
La cita era a las diez de la mañana y nos estaba esperando. El encuentro en anteriores oportunidades había sido para hablar de Flor de Murga donde se desempeña, con gran orgullo, como letrista. Sin querer, en cada carnaval, terminábamos conversando de política, educación, de Argentina. Pero esta vez quería escuchar su historia, o una parte de su vida que la marcó a fuego y que aceptó compartir cara a cara.
María del Carmen nació el 8 de enero de 1957 en Villa Italia, en calle Sáenz Peña. Su padre es ferroviario jubilado y su madre, una ama de casa que, con el tiempo, ?se hizo comerciante para poder bancarnos la escuela?. Fue a la Escuela 21, ?en un barrio y una institución linda porque nos encontrábamos los chicos del barrio? y siempre tuvo mucha afición por cumplir en la escuela y asistir a clase… incluso fue abanderada.
Cuando terminó la primaria comenzó a concurrir a la escuela de Comercio, donde se recibió de perito mercantil.
Al egresar empezó a estudiar ciencias humanas y a miliar en la Juventud Universitaria Peronista.
Tiempo después, durante la dictadura militar, estuvo detenida en La Huerta, vivencia que le costó la pérdida de parte de sus sueños de juventud y el silencio de muchos años.
Hoy, madre de dos hijas y casada con Dardo Casal, se desempeña como letrista de Flor de Murga, agrupación en la que hacen no sólo un trabajo de impacto cultural, sino social.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLa llegada a la Universidad
-¿Qué pasó cuando terminaste los estudios?
-Yo egresé en 1974 y empecé a buscar trabajo, pero la cosa estaba media complicada. Siempre fue complicado ubicarse si no tenías experiencia. También pensé que, como teníamos la universidad en Tandil recién nacionalizada, era bueno estudiar algo y me gustó lo relacionado con las ciencias humanas.
-Habiendo cursado perito mercantil, ¿por qué te interesaba esta orientación?
-El año que yo egresé era de mucho fervor político: la vuelta de Perón, la época de Cámpora, que fue como un despertar a la información. La escuela cambió muchísimo en 1973. Pasamos de tener que ir de pollera a ir de pantalones, con los delantales cortitos. Se abolió la obligatoriedad de determinados uniformes que eran caros. Hubo cambios hermosos en esa época, en lo que se llamó ?La primavera camporista?. Uno estaba muy impregnado de todo eso, y cuando fui a averiguar a la facultad, me gustó la carrera de trabajo social que, en ese tiempo, se llamaba asistente social.
-¿Y te decidiste?
-Sí, empecé a estudiar eso. Entrar a la universidad fue un cambio tremendo. Era distinto, te enseñaban a pensar de otra manera, a estudiar de otra manera, te encontrás con gente que se te parece, con la que te podés entender, con militantes políticos, cosas que en la escuela no veía. Me entusiasmé mucho con eso, me hice de un grupo de compañeras y comencé a militar en la Juventud Universitaria Peronista.
-¿Cómo fueron esos años de militancia?
-Cuando entré a la Universidad, en 1975, estaba recién nacionalizada, pero no había entrado en el presupuesto de ese año. Era nacional, gratuita, pero no tenía dinero. Había que luchar por el presupuesto y eso nos llevó todo el año. En invierno hacía un frío terrible y habían cortado el gas, los profesores y todo el personal trabajaban sin cobrar porque los sueldos no llegaban. Fue un gran esfuerzo.
Sombras
-¿Y los alumnos qué hacían?
-Se había formado una comisión intercentro y presionábamos para que la universidad no se cerrara por falta de plata. Fue un año de mucha lucha y ya en el `75, a pesar de que estaba el gobierno democrático, pasaban cosas… la represión había empezado y ya se notaba en Tandil.
-¿Y cómo fue tu respuesta a esto?
-Desde la Juventud Universitaria Peronista yo me acuerdo que tuvimos compañeros que fueron detenidos sin causa. Una noche, en una volanteada, se llevaron a varios chicos. Desde los centros de estudiantes se respondía y tratábamos de apoyar a los compañeros detenidos. Ya se notaba. La militancia era clandestina, no había que hacerse notar mucho, había gente que espiaba en la universidad.
-¿Lo vivías con miedo?
-No, no sé si era por la inconciencia de cuando uno es joven, pero no lo vivía con demasiado miedo. Sabíamos que teníamos que cuidarnos, fijarnos si alguien nos seguía, pero hacíamos una vida normal. El miedo empezó después del golpe, cuando vimos que la cosa venía con toda la crueldad, con todo el aparato del Estado puesto a disposición de la represión. Ya nadie podía hablar nada, era ?sálvese quien pueda?. Era muy difícil enfrentar eso y las agrupaciones se fueron desmantelando, la gente se exiliaba, se escondía y nos quedamos solos frente a ese estado terrorista, haciendo lo que cada uno podía.
-Y a partir de 1976, ¿qué pasó?
-Yo seguí estudiando y cursando, aprobando materias. En 1977 conseguí trabajo en Esmeta, una metalúrgica que estaba cerca de mi casa. Igual seguía estudiando, aunque costaba. Ya empezaba a notarse el cambio en cuanto a que nos ponían unos horarios de cursada imposibles para gente que tenía un trabajo. Después se complicó porque la represión había llegado a la bibliografía y nos dimos cuenta que nos quedábamos sin lugares donde estudiar. Los autores que usábamos estaban prohibidos, los profesores se iban y los que se quedaban tenían miedo, así que fue un año complicado. Estuve trabajando y cursando como podía, hasta que en septiembre del 77 me llevaron detenida.
Estaba acostada a la noche y me sacaron de mi casa. Eso fue un cambio para mí, muy importante. Una vez que salí de ahí, no me sentía con voluntad ni ánimo para seguir haciendo nada.
-¿Qué pasó con tus padres, tu familia?
-Hicieron gestiones por todos lados, iban a ver a uno, a otro, era el peregrinaje de todos los que les tocaba eso, iban a los cuarteles, a las iglesias, a todos los conocidos que pensaban que podían tener una influencia.
-¿Cuánto tiempo estuviste detenida?
-Un mes, en La Huerta. Eso fue… de esas cosas que te tuercen el rumbo, cuando recién estás empezando a imaginarte el futuro. Una cosa de esas, a esa edad… tenía 20 años, fue muy cruel. Así que después dejé de estudiar y empecé solamente a buscar trabajo, que me costó muchísimo. La gente de acá ?no sabía nada?, pero la sorpresa era que cuando yo buscaba trabajo me enteraba que había pasado bien los exámenes, pero no me tomaban porque se enteraban de que yo tenía ese antecedente y tenían miedo. Eso es muy embromado.
Respuestas
-¿Y cómo reaccionaste frente a eso?
-Yo no los juzgo porque era para tener miedo, hubiera sido mejor que hubiera más solidaridad, pero en una situación así, yo entiendo que la gente tenga miedo. Me costó, pero en el `79 conseguí un trabajo en el que estuve muchos años. Para esa época estaba de novia con Dardo, planificando formar una familia.
-¿Y cómo seguiste con tu vida después de eso?
-Dardo tenía un terreno donde hicimos nuestra casa y empezamos a pensar en otra cosa. Pero dejé mis proyectos de estudiar, que los retomé recién en el `81, cuando volví a la universidad, pero no era la misma y el lugar tampoco y dejé enseguida, después de un año.
-¿Y entonces…?
-Después me casé, nacieron mis hijas, que fue algo que me sacó de esa tristeza, porque es difícil salir sin ayuda, recuperarse del terror, de la frustración que supone que te cambien lo que vos tenías pensado para tu vida. Encima estaba el miedo de pedir ayuda ¿A quién le ibas a contar si la gente tiene miedo de escuchar? Y me habían amenazado que no tenía que hablar, me parecía que alguien estaba escuchando las conversaciones. Una vez que nacieron mis hijas empecé a sentirme mejor.
Silencios y palabras
-¿Cuándo pudiste empezar a hablar de esto concretamente?
-Cuando empezó la democracia, que se comenzó a averiguar; me vino a ver Estela Bassi, que estaba formando un grupo en Tandil. Se había organizado para empezar a averiguar qué había pasado. Se enteraron que yo había estado detenida y me preguntaron si quería contarlo; la recibí y algo le conté, pero después no quise ir a declarar al Juicio de las Juntas, no me animé.
-¿Por qué?
-Todavía tenía miedo, tenía a mis hijas y la fantasía que me las podían… en realidad no era una fantasía, todos estos tipos estaban en actividad, tenían mucho poder en el gobierno de Alfonsín, de hecho, pararon todo y consiguieron las leyes de Obediencia Debida.
Era miedo por mí y por mi familia… no me animé a ir a declarar al juicio y después, si bien participaba en los repudios al golpe y cosas así, no hablaba. Nadie sabía lo que a mí me había pasado, no lo contaba ni lo hablaba con nadie.
Palabras
-¿Cuándo pudiste hablar?
-Yo recién sentí un cambio cuando el gobierno de Kirchner logró que se anularan las leyes de impunidad. Ahí recién me sentí con derecho a cobrar la indemnización, me animé a hacer el relato, pedí los formularios.
-¿Cómo fue hacer esa declaración?
-Me acuerdo que tenía los formularios y no los llenaba. Tenía que escribir un relato de lo que me había pasado y no lo quería hacer. Un día me lo encontré a Miguel Daoud y saqué los formularios y le dije ?llenámelos vos que no lo puedo hacer?. Llenó todo y me dice ?acá tenés que poner el relato? y le digo ?pero mirá que es feo lo que tengo para poner?. El me dijo que tenía que escribir lo que era. Me alentó y por escrito, logré escribirlo.
-¿Qué pudiste contar?
-Todo lo que me había pasado, que yo no lo podía contar, una por el miedo, las amenazas, pero también porque a mí me daba pena contarles a mis padres, a la gente que me quería, que a mí me habían pasado esas cosas y porque los iba a hacer sufrir. Y después había pasado mucho tiempo… me parecía que eso se podía olvidar y no se puede, por más que vos te hagas la que te olvidás, no se puede.
-Ese primer relato por escrito fue un comienzo…
-Me sirvió y, a partir de ahí, cuando se abrieron los juicios fui a declarar a Azul, eso también me hizo muy bien. El juez, el fiscal, hasta los empleados, todos me dieron mucha contención. Yo sentí que el Estado me amparaba, que me reconocía y eso me hizo bien. Declaré en los Juicios de la Verdad y hacerlo frente a la sociedad fue una cosa linda, muy fuerte.
-¿Qué sentiste en ese momento?
-Es como que compartís la carga. Es una sensación rara. Yo nunca me imaginé que iba a poder pasar por eso, era sacarte un peso de encima. Después lo conocí a Eduardo Rezses en una reunión, en un encuentro en La Plata sobre sitios de memoria, porque el gobierno quiere señalizarlos. Hablando con Eduardo, que es abogado, yo le comenté que me gustaría recibir apoyo psicológico, porque si bien he hecho una vida normal, siento que me ha bloqueado, que me ha afectado mucho lo que me pasó y ya son más de treinta años y él me dijo ?yo me voy a ocupar?. Y cuando volví, a los poquitos días, me llamaron del Codesedh (Comité para la Defensa de la Salud, la Ética y los Derechos Humanos) que es una ONG que ayuda a los sobrevivientes. Ellos tienen un equipo de psicólogos en distintos lugares y me llamaron para ofrecerme lo que yo había pedido. A tan poquitos días, a mí me parecía imposible… una mujer que me hablaba tan bien y entonces me decían que en Tandil no tenían y me dijeron que había una psicóloga en Mar del Plata: Araceli Suárez, que se está ocupando de esto con buenos resultados. Era gratis, pero estaba el pasaje de por medio, y me dijeron ?vamos a ver cómo podemos conseguir los pasajes?. Hablaron con Rezses y él dijo que la secretaría ponía los pasajes, así que fui a una primera entrevista y empecé a ir cada quince días, luego una vez por mes y seguí como por dos años hasta diciembre del año pasado. Me hizo muy bien para sacarme muchas culpas, porque una también se siente culpable a pesar de que sos víctima. Te sentís víctima y culpable.
-¿De qué te sentías culpable?
-De que uno sobrevive y otros no…y hay otras cosas que yo pude explicar mejor en los juicios de la verdad, siento ciertas contradicciones cuando tengo que contar esto. Ellos te destruían como persona, te mataban la moral revolucionaria. Yo tenía que seguir presentándome cada quince días con la gente que me había tenido detenida, encontrarme con esa persona, rendirle cuentas de lo que yo estaba haciendo, era terrible y por suerte eso se terminó pronto, ya nadie me conocía, hacían como que no sabían nada. Todo eso me costó treinta y pico de años de vivir así, como presa de un recuerdo, de una culpa.
Reflexiones actuales
-¿Qué te hace pensar esto hoy, como mujer?
-Yo estoy segura de que si hubiera podido hacer mi vida normal, sin este incidente, mi vida sería distinta, pero es lo que es…
-Vos decías que te habían querido matar el espíritu revolucionario… ¿Es así?
-En un momento de mi vida me pareció que lo habían logrado, porque después no me quise meter en nada, incluso cuando volvió la democracia, pero por un lado o por otro, la identidad de uno queda ahí, latente, y es cierto que lo que estamos haciendo con Dardo, los chicos y Flor de Murga es militancia y solidaria, así que del todo no se pudo.
-Pensando en este sentido, ¿qué significa para vos tu participación en Flor de Murga?
-Pensándolo desde este punto de vista, es la militancia que no pude tener en aquel momento, que tuvimos que cortar. Mi historia y la de este país hubieran sido distintas si no hubieran interrumpido el proceso democrático, por más desastroso que hubiera sido. No nos dieron la oportunidad de volver a votar, de equivocarnos… también nos equivocamos con Menem, porque la primera vez lo voté, pero después nunca más. Uno a veces se equivoca, se engaña o se deja engañar, pero es parte del proceso democrático. No sólo nos cortaron el proceso democrático, sino que nos frustraron, nos destruyeron… Una vez leí que nuestra generación debe haber sido la que más caro pagó sus sueños juveniles y realmente es así, porque los que murieron pagaron con la vida y los que quedamos también, ya que pagamos con nuestros proyectos. En mi caso, esto de la murga canaliza la militancia que no fue en ese momento, que se interrumpió.
-Y la murga lleva una vida muy larga y un trabajo importante en la comunidad…
-Sí, y tiene su reconocimiento. Te ponés a pensar y te das cuenta cuánta gente viene, cuánta ha pasado por acá. A veces calculamos que son más de mil personas que han pasado, más los que colaboran, que por ahí te reconocen de mil maneras. Por ejemplo, el otro día me fui a cortar el pelo y salió el tema de la murga y la peluquera me dice ?y ustedes qué necesitan, cómo hacen?. Yo le conté que dábamos meriendas y que nos ayuda el Banco de Alimentos, Desarrollo Social. Y me preguntó ?qué les falta?. Y yo le dije ?Tenemos el dulce, pero hay que comprar el pan?…y cuando le voy a pagar me dijo ?dejá para comprar el pan a los chicos?. Ese es un reconocimiento que yo ni me lo esperaba. O por ahí va Dardo y le hacen descuento. Es un reconocimiento, la gente no te dona porque sí, así que no nos sentimos solos… antes sí.
-¿Cómo te das cuenta de esa diferencia?
-Yo la diferencia la marco siempre cuando voy a los actos del 24 de marzo. Estábamos tan solos y ahora, aunque no somos tantos, es una multitud. Después de haber estado tan solos, te ves rodeado de gente que viene con cariño y te saluda… ahora que yo pude decir lo que me pasó, se solidarizan. Incluso cuando fueron los Juicios de la Verdad, recuerdo con qué cariño venía la gente a saludarme y les parecía que yo estaba mal, pero en ese momento estaba bien de poder habido hablar. Mal estaba antes cuando nadie se daba cuenta y todos creían que estaba bien. Tenía una capacidad para disociar y disimular increíble…
-De alguna manera, hablás de tu fuerza personal…
-Cuando uno necesita fuerzas la saca de cualquier parte. Por lo menos ahora estamos acompañados y más allá de que los juicios van lentos y no como uno quisiera, avanzan. Es una alegría cuando te enterás que aparece un hijo más, que ahora apareció el 101 y esto se lo debemos a los organismos de derechos humanos que han estado en lucha en todo tiempo, contra todas las adversidades, en las buenas y en las malas, siempre perseveran. También lo debemos a la decisión política de Néstor Kirchner y no hay que tener miedo de decir que en gran medida se lo debemos a ellos. A mí me cambió la vida y como a mí, a muchos.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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