En el juicio por el crimen en El Cerrito, la joven viuda negó haber sido cómplice del asalto que terminó con el asesinato de su esposo
Se le notaba nerviosa, incómoda. Si bien su vida parece haber estado signada por la marginalidad, conviviendo por fuera de la ley con un hermano preso y sindicado de varios robos y un esposo muerto a balazos al cual también le endilgaron varios sucesos delictivos, tener que estar frente a la mirada de todos -principalmente de los jueces- para sostener su controvertida versión de los hechos, no le resultaba sencillo.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailReticente, contestataria, dejó el cigarrillo por la mitad para ingresar a la sala y enfrentar miradas inquisidoras, desconfiadas frente a lo que terminó siendo un relato poco creíble aunque sostenido más allá de la presión. Dejando la sensación de que no dijo todo lo que sabía, pero que le alcanzó para despegarse del suceso delictivo que terminó en muerte.
Betiana Escalante, entonces, sería la protagonista excluyente de la tercera jornada de debate por el juicio por el crimen en El Cerrito, por el cual resultó imputado Orlando Reyes tras haber asesinado a balazos a Silvio Eugenio Souto (27), hecho ocurrido el domingo 17 de junio del año pasado.
Precisamente la joven mujer emprendería a sus modos y sus formas su historia y su relación con los protagonistas del juicio: Reyes o Souto.
El contacto
Contó que la tarde anterior al suceso ella fue convocada por su cuñado Cartelle (próximo y último testigo citado para el jueves) para que le “hiciera la pata”. Según su versión, Cartelle le pidió que se prestara para una cita con Reyes, él y su amiga, para que el ahora sentado en el banquillo de los acusados le prestara una de sus motos.
En efecto, los cuatro salieron a pasear aquel día. Anduvieron por el centro, donde compraron un par de cervezas y una botella de whisky que fueron a beber al Parque Independencia.
Entrada la noche, Reyes la acercó en su moto a la casa, aunque ella le pidió que la dejara a la vuelta. A esto la mujer aclaró que nunca dijo que estaba casada con Souto ni que tenía una hija, a pedido de su cuñado.
Tras aquel encuentro habían quedado en encontrarse al día siguiente, otra vez los cuatro.
Según Escalante, finalmente Reyes fue solo a buscarla y ésta le dijo que lo esperara en el Cerrito (su casa estaba a la vuelta). Para eso, Souto estaba con ella en la vivienda, quien observó al hombre que venía a buscar a su mujer.
A preguntas de las partes, la joven dijo que su relación con Souto no tenía impedimentos a la hora de salir cada uno por su lado, circunstancia que ocurrió entonces esa tarde, cuando fue con su pequeña hija en busca de Reyes al Cerrito.
Dijo que una vez allí, tras unos minutos de charla, a ella le dio ganas de orinar por lo que bajó del cerro junto a su niña. En ese instante fue que escuchó “cuatro tiros”. Volvió a la escena y se topó con un Reyes exaltado al que le preguntó qué había ocurrido, y recibió como respuesta que había sido robado, para luego irse en su moto no sin antes decirle que también ella se fuera de allí.
Escalante recordó que le preguntó qué habían sido esos disparos y que le preguntó si él tenía un arma, a lo que Reyes le contestó que el arma era del ladrón.
Siguiendo con su versión, sostuvo que luego bajó del cerro y vio a su marido tendido en el piso, vomitando sangre.
“Lo del encuentro amoroso es mentira”, soltó la joven a preguntas de su cita con Reyes ese día, para luego responder afirmativamente sobre la cuchilla encontrada en la escena del hecho, asintiendo que era de su propiedad.
Interrogada sobre por qué le mintió a Reyes acerca de su relación con Souto y que tenía una hija, señaló que lo hizo por pedido de su cuñado, que quería contar con la moto de Reyes para poder llevar a su amiga.
Con insistencia y por momentos subiendo el tono de su voz, el defensor Carlos Kolbl puso en aprietos a la mujer, que claramente se contradijo en varios párrafos de su historia y dejó baches en el correlato de los sucesos por ella descriptos, especialmente a la hora de puntualizar tiempo y lugar, aunque no se apartó un ápice de sus dichos primarios. Ella –insistió- no vio nada, como tampoco acordó con su esposo el atraco frustrado.
“Está bajo juramento”, “miente descaradamente”, lanzó casi con ira el abogado defensor en pos de hacer quebrar a una joven que a pesar de sus limitaciones de lenguaje y la presión de ser consciente de la desconfianza que despertaba en la sala, se defendió con su versión, por más caprichosa y confusa que resultase para los que la escucharon.
Los jueces también hicieron lo propio, en un tono más conciliador y a título aclaratorio, frente a las flagrantes contradicciones e inconsistencias a la horas de explayarse sobre las razones de algunos movimientos que realizó antes, durante y después de la escena sangrienta. Empero, los magistrados correrían con la misma suerte.
Tras más de una hora y media de la tensa situación, las partes como el Tribunal se quedarían vacíos frente a un relato que resultó claramente esquivo, confuso y poco verídico. Ya nada quedaba por hacer. La joven viuda saldría del atolladero y se iría con su historia y sus secretos bien guardados como cargados en su conciencia.
El armero
Un aporte interesante que cimienta la hipótesis del acusado en torno a la figura de la legítima defensa lo realizó el perito en armería Tripodi, quien reconoció el arma homicida como que el propio Reyes la había ido a comprar aproximadamente un año antes del suceso luctuoso.
Es que uno de los grandes interrogantes del expediente judicial ahora ventilado versa sobre si Reyes pudo haber contrarrestado las agresiones de Souto y ejecutó seis disparos bajo un acto reflejo defensista, sin ánimo homicida.
El especialista al respecto dejó en claro que tranquilamente un sujeto que empuña una pistola 9 milímetros y sabe utilizarla podría disparar siete tiros en escasos segundos, cinco para ser casi exactos.
Insistiendo en que en escasos segundos podían ejecutarse siete disparos, añadió que solamente el primero de las percusiones obliga una doble acción, mientras que el resto de los proyectiles salen automáticamente cuando se gatilla.
Así las cosas, el defensor podrá argumentar que su pupilo gatilló tantas veces en pos de un acto defensista en escasos segundos, y que no siguió disparándole a la carrera con claras intenciones de darle muerte.
Con el comparendo de un par de testigos más (ver aparte) la audiencia se dio por terminada hasta mañana, tiempo en que se escuche un testigo más para luego dar lugar a los alegatos.
Más testigos
Un testigo aportado por la defensa fue el ambulanciero del servicio asistencial privado que acudió primeramente al lugar donde se hallaba el cuerpo tendido de Souto.
Rubén Darío Lenzina recordó a preguntas de las partes que efectivamente Reyes acudió al local (sito en Avellaneda, a escasos metros del paseo El Cerrito) y solicitó auxilio porque había ocurrido “un hecho de sangre”.
Sin darle demasiadas precisiones, Reyes le informó que había un herido y se retiró en su moto del lugar, a lo que el testigo convocó al médico y fueron donde estaba el cuerpo tendido. Una vez en el lugar dijo no haber intercambiado palabra alguna con los presentes y que al instante arribó el servicio de emergencia del Hospital por lo que se desentendieron de la escena.
También aportó su testimonio la mujer propietaria de la vivienda donde la policía secuestró la moto y el arma homicida. Dijo desconocer al acusado y que su yerno arreglaba motos, por lo que consideró que Reyes le había dejado el vehículo por un arreglo, sin sospechar en qué estaba involucrado. Una vez anoticiada por los medios de lo ocurrido, convocó a la policía.
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