En el UOM afirman que la violencia cotidiana es provocada por bandas de jóvenes ajenas al barrio
Otrora fueron el calor asfixiante de las fundiciones, la maestría para el torno o los secretos de tal o cual pieza los temas obligados en la mesa familiar del barrio UOM. Esa en la que nunca sobró nada, pero tampoco faltó el consejo para los más chicos y el ejemplo para alimentar una cultura hoy en franca retirada.
Ahora parece que las cosas cambiaron. Desgraciadamente. Al almuerzo y a la cena acuden, con la prepotencia de un aderezo en mal estado, relatos sobre víctimas de la ola delictiva instalada definitivamente en la barriada. Cuando no es al del mercado, le toca al vecino. Cuando no, a uno mismo.
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Puntos coincidentes
La semana pasada, en una nota, El Eco de Tandil reconstruyó mediante el relato de damnificados y gente del barrio el devenir de estos tiempos violentos. Como botón de muestra, se mencionó el linchamiento de un ex convicto, que junto a su pareja embarazada fue golpeado brutalmente ante la pasividad policial, en lo que presuntamente se trató de un ajuste de cuentas.
Por estas horas, se sumaron infinidad de voces que quisieron hacer su aporte al fenómeno creciente. Algunos con espíritu constructivo, otros algo más reaccionarios, narraron a su manera de sentir y pensar lo que a diario vivencian como un padecimiento sin solución de continuidad.
De manera coincidente, defienden el buen nombre de los jóvenes que tienen como parada una esquina determinada, bajo el argumento de que ?son conocidos, todos trabajan y no perjudican a los vecinos, al contrario?. Y acusan a un grupo que tiene su aguantadero en la calle Labardén. ?Andan siempre merodeando, amenazantes y armados, y en cualquier momento aprovechan para robar?. Y también contra el accionar policial o, mejor expresado, la inacción de los uniformados.
Algunas voces
?A mi casa entraron por la ventana, cuando yo estaba con mis dos nenes. Andan unos cuantos, mujeres y varones. Yo llamé a la policía, empecé a gritar y se fueron. Pero quiero aclarar que se diferencian bien los chicos del barrio de ellos. La verdad es que tranquilo ya no se puede estar?, cuenta Karina, una de las damnificadas.
Nicolás dice que en su comercio fue víctima de tres robos en los últimos tiempos. ?Tres veces en tres meses?, precisa como triste récord. ?Acá ya son famosos los que roban. El problema del otro día -puntualiza sobre el linchamiento- fue porque uno de ellos amenazó con un cuchillo a uno de los chicos del barrio?.
Y ordena su relato para aclarar que ?los chicos de acá hacen su vida, nunca molestan a nadie. Hay que buscar por otro lado. Por ejemplo, al chico de la ferretería le robaron como tres veces, y ahora tiene que dormir en el negocio. ¿Le parece?, lanza la interrogación sin esperar respuesta.
La impunidad alcanza ribetes casi insólitos, tanto como que ?roban ropa y al otro día el dueño los ve pasar usándola?.
?A mí me asaltaron en el negocio, con un revólver, eran dos y un tercero hacía de campana?, suma su testimonio Roxana, quien aporta una lista de personas que también sufrieron trances similares.
?Paran por acá nomás, en Labardén. Y después se pasean por el barrio, amenazan con navajas y tienen a todo el mundo asustado. Así no se puede vivir?, aporta otra mujer.
¿Y la policía?, se le pregunta. ?Bien, gracias?, suelta con ironía impotente.
Las experiencias se repiten, apenas con matices. En las mesas del barrio UOM ya no se habla de fundiciones, ni de tornos, ni de piezas. El devenir de los tiempos minó a los obreros metalúrgicos y a su cultura. Y fabricó un fenómeno de exclusión que hoy nadie puede detener.
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