En homenaje al Libertador, una tandilense participó del cruce de los Andes a lomo de mula
Como lo hizo el general San Martín en 1817, una tandilense se embarcó en la aventura de atravesar la cordillera de los Andes a lomo de mula, en el marco de los festejos por el Bicentenario.
María Cecilia Salvadori, quien actualmente trabaja en un estudio contable, transitó el camino de Uspallata hasta el Cristo Redentor en Chile, atravesando montes que superan los 4 mil metros de altura. El viaje, organizado por la Asociación Cultural Sanmartiniana Cuna de la Bandera, comenzó el 29 de enero y culminó el 8 de febrero.
Además, la expedición se dividió en dos columnas que transitaron caminos paralelos: el que emprendió San Martín desde Los Patos y el que recorrió Gregorio de Las Heras desde Uspallata. Ambas columnas se unieron una vez llegadas a Chile.
El objetivo fundamental del viaje era rendir homenaje a quienes lucharon por la libertad de América, motivo por el cual todos los años cientos de personas se inscriben para imitar la gesta sanmartiniana.
Con la inolvidable experiencia a cuestas, María Cecilia Salvadori dialogó con El Eco de Tandil sobre el viaje que marcó la historia argentina desde los caminos que recorrieron los patriotas.
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-Siempre admiré a San Martín. Entonces desde que me entere que se hacía el cruce de los Andes, dije ?en algún momento de la vida lo voy a hacer?. El año pasado en el 2009 di con la gente que lo organizaba, que es la Asociación Cultural Sanmartiniana Cuna de la Bandera de Rosario, que tiene una sede en Buenos Aires. Ellos tienen una página Web que se llama crucedelosandes.com.ar y ahí me anote. Luego te hacían una entrevista personalizada para la que había 2.500 inscriptos, de los cuales quedaban elegidos 80. Así que tuve que viajar a Buenos Aires y después de un mes me avisaron que había sido elegida.
– ¿Cómo fue el proceso de selección?
-Por un lado tenías un montón de requisitos físicos. Me tuve que hacer análisis de sangre, de orina, un electrocardiograma, una ergometría, darme la antitetánica, en fin, una serie de estudios para ver las condiciones físicas. Después te hacían un interrogatorio: me preguntaron cuestiones como porqué quería hacer ese viaje, tres próceres argentinos que admiraba y porqué, qué opinaba de la gestión política y cultural del país, cómo se podría revertir. Las preguntas tenían un poco de cultura general, cuáles eran tus valores y principios, me parece que a eso apuntaba. Además de saber qué hacías de tu vida, de tu familia, etc.
– Era bastante riguroso el interrogatorio?
-Sí, sí. Pasa que ellos realizan un trabajo durante todo el año, hacen charlas y cursos de historia que dan en Buenos Aires dos veces por mes. Ellos también toman en cuenta a los que asisten a esas clases. Ellos hacen también encuentros durante todo el año, a Tandil vinieron para el 17 de agosto, que ahí fue cuando yo me acerque al acto del Cerrito y entré más en contacto.
Tras el sendero sanmartiniano
Diría San Martín en el parte detallado de la batalla de Chacabuco.
Santiago e Chile, febrero 22 de 1817: “en veinticuatro días hemos hecho la campaña, pasamos las cordilleras más elevadas del globo, concluimos con los tiranos y dimos la libertad a Chile?. Fueron sus épicas andanzas las que generaron admiración en la joven tandilense.
-¿De dónde nace ese fanatismo por San Martín?
-Para mí era como rendirle un homenaje. No sé de donde nace. Mi mamá nunca nos dejaba salir de casa sin la escarapela en las fechas patrias, también colgaba la bandera siempre. Mis sobrinos antes de cantar canciones infantiles cantan Aurora o el Himno Nacional. Así que creo que surgió en mi casa. Siempre me llamó la atención la historia de San Martín, lo que buscaba entonces era rendirle un homenaje. Durante el viaje pensaba constantemente en lo que él decía: ?lo que no me deja dormir no es la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino atravesar esos inmensos montes?. A mí, pensar eso y que el ejército había pasado por ahí, me ponía la piel de gallina.
-¿Cómo empezó el viaje?
-Yo llegué a Buenos Aires, porque ellos me ofrecían ir desde ahí hasta Mendoza. Nosotros estábamos en Uspallata y llegábamos hasta el Cristo Redentor, el límite con Chile. Después volvimos a bajar ese camino y nos trasladaron en colectivo hasta Uspallata. Yo no conocía a nadie, me anote sola desde acá. El grupo estaba dividido en dos, el de Uspallata y el de Los Patos. Las únicas personas que conocía iban por el otro cruce. Pero a partir de Buenos Aires empecé a establecer el vínculo con mis compañeros, estábamos todos en la misma sintonía. Después, éramos 63 en total y nos dividieron en patrullas de a diez.
-¿Cómo te llevaste con el caballo?
-El 95 por ciento viajaba a caballo y un 5 por ciento en mula. A mí me toco mula (risas). Pero después mi mula trotaba, galopaba, tenía un andar buenísimo y no se empacó nunca, porque ése era uno de mis miedos. Tuve un solo inconveniente, cuando la mula se asustó y empezó a correr pendiente abajo. Ahí sí que me pegué el susto de mi vida. Pero me agarré fuerte de las riendas y la frené.
– ¿Y con el viaje?
-La verdad que eran unos paisajes, unos lugares donde uno se sentía diminuto entre las montañas. Lo que más rescato también es el grupo humano, te sentías muy protegido, acompañado y con mi patrulla sucedía lo mismo, lo que es muy importante.
-¿Y dónde dormían y comían?
-El primer día dormimos en el camping municipal de Uspallata. Después fuimos a Picheuta y dormimos a la intemperie en bolsas de dormir, al lado de la montaña y abajo del cielo que parecía que las estrellas se te caían encima de tantas que había. Espectacular. Hizo mucho calor esa noche, así que no pasamos frío. Al otro día fuimos a Polvaredas, un pueblo chico donde dormimos en una estación de tren abandonada. Después fuimos al cerro Penitentes, pasamos la noche también a la intemperie ¡ese día sí pasé frío! Luego a Puente del Inca, donde dormimos en el regimiento del Ejército, ya con cama y colchón, lo mismo que al volver a Uspallata. De todas formas, la asociación está bien organizada, lleva enfermeras, hay camionetas que acompañan por el costado de la ruta, cuando llegás al campamento están ellos esperándote. En cuanto a la comida había un hombre del Ejército que nos cocinaba: comíamos guiso de lentejas, albóndigas con arroz y hasta asado. Los días que hacía frío hacía falta comer así.
– ¿Sentiste en algún momento miedo?
-Hubo momentos en que pasamos por precipicios y yo me decía ?¿quién me mandó a estar acá?? (risas). Igual pasamos mucho frío, calor, volaba mucho viento, pero había cuestiones, como el hecho de bañarse o no, que pasaban a ser secundarias. Fue muy lindo. Los lugares donde estuvimos, las emociones, porque cantábamos el Himno, la Marcha de San Lorenzo, además todos los días teníamos clases de historia y misa.
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