En otra tensa subasta, el juez Blanc logró abortar el accionar de la Liga
En verdad casi lo logran, si no fuera por un “pequeño” detalle que promovió una intransigente decisión del magistrado que dio por nulo el remate efectuado ante la falta del dinero exigible para sortear los pasos burocráticos que exige el rito. Entre otros, el pago de la seña del total del valor de lo ejecutado.
El Eco de Tandil fue testigo presencial de lo vivido ayer por la mañana en la sede de los martilleros, sito en calle Alem al 1000, donde estaba previsto iniciar a las 11 el remate convocado por el Juzgado en lo Civil y Comercial 2, en los autos “Kaffka SA s/ Quiebra s/ Incidente Realización Bienes”. Expediente N° 26.593/01.
Se trataba de un inmueble abandonado en la localidad de Munro. Un galpón de poca monta que, evidentemente, era un negocio inmobiliario para algunos por su ubicación.
Dicho expediente quedó en manos del juez Francisco Blanc. Ni más ni menos que el magistrado que sufrió en carne propia una semana atrás el accionar de la Liga, en plena vía pública a minutos de una subasta.
El mismo juez y los mismos integrantes de la Liga serían protagonistas de otro capítulo cargado de tensión, con la intimidación y los aprietes en vivo y en directo, incluso frente a la lente de una cámara de video y de las fotografías del reportero de este Diario.
Frente aquel incidente con el juez, que no hizo más que poner en evidencia lo que se vive cotidianamente en cada remate que se realiza en Tandil, como en cada rincón del país donde se emplace la ocasión, ayer el propio juez había convocado para la ocasión una fuerte presencia policial.
Sin embargo, los “muchachos” se presentaron sin tapujos y emprendieron su accionar con toda naturalidad frente a las narices de uniformados y jueces (el juez José Zárate también se hizo presente para observar cómo se desarrollaban los hechos).
“El negocio ya se hizo afuera, esto será una parodia”, supo explicar uno de los presentes avezados en este tipo de sucesos que vienen ocurriendo con las subastas. En efecto, cual legión, horas previas a la convocatoria del remate, los “gordos” habían ganado la calle Alem.
Bajados de autos importados, se fueron ubicando estratégicamente en la cuadra frente a las narices de los policías que custodiaban el edificio de los martilleros. Se dijo, incluso, que un hombre que había arribado con intenciones de ingresar para participar del remate volvió sobre sus pasos tras mantener “una conversación” con un par de corpulentos sujetos que habían bajado de un auto de alta gama, color negro y vidrios polarizados.
De una esquina a la otra, los muchachos desfilaban e intercambiaban opiniones y trenzaban acuerdos en un código que sólo ellos entendían, en medio de incesantes comunicaciones telefónicas vía costosos celulares.
A metros, los jueces observaban las escenas al aguardo de las personas que ingresaban al inmueble para participar de la subasta. Para presenciar el remate se requería el documento de identidad y más datos personales que quedaban registrados en una planilla, mientras todo era seguido atentamente por una cámara de video.
Apenas un matrimonio de avanzada edad se había ubicado en la primera fila de la sala cuando ya habían pasado 20 minutos de la cita. Los organizadores estaban al aguardo del ingreso del principal candidato, quien ya había ofrecido un monto bajo sobre que constaba en el expediente.
Al paso de los minutos, comenzaron a ingresar aquellos “soldados” de la Liga como hormigas, quienes mostraban sus respectivos documentos personales y se iban ubicando en la sala.
Entre ellos también una mujer parecía organizar a un racimo de ellos, quien una vez adentro lo primero que hizo, junto a un par de muchachos que lucían una contextura física cual patovicas, fue sentarse al lado de aquel primer matrimonio que aguardaba por el remate.
Un par de comentarios por lo bajo al oído del matrimonio y miradas inquisidoras alcanzaron para que esa pareja quedara inmutable, pasando a ser meros elementos de la escenografía del lugar.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailJunto a él se ubicaron celosamente un par de aquellos hombres de intenciones poco claras, hasta que el mismísimo juez Blanc se acercó y pidió que se alejaran y se ubicaran en otro rincón de la sala, en medio de tajantes retos del magistrado y balbuceos de los extraños, de perfil amenazante.
La martillera avisó sobre la oferta de 250 mil pesos que figuraba en el expediente, lo que despertó la reacción de uno de los muchachos que renegaba de dicha situación, como así también a viva voz se pretendía saber quién era el oferente.
En medio de la fuerte tensión y retos del juez, quien incluso dispuso que la policía echase del lugar a un par de “molestos”, finalmente uno de los integrantes de la Liga ofertó 251 mil pesos, por lo que la martillera preguntó por una nueva oferta superadora.
“A la una, a la dos…” decía la martillera mientras algunos de los “gordos” le clavaban la mirada y le murmuraban al “candidato” para que desistiera de cualquier nueva oferta.
El mismísimo juez se emplazó a su lado y le comentó al oído cual garante de que estaba al resguardo. Empero, el hombre permaneció inmutado. Quedó en silencio, sin ofrecer nada más de lo que evidentemente había ido a buscar. Sin más, la rematadora bajó el martillo con la oferta de aquel hombre sindicado como integrante de la Liga.
En efecto, cuando ya en la calle el candidato parecía acordar bajo cuerda el “nuevo precio” del inmueble con aquellos corpulentos hombres que habían ganado la compulsa, quien debía abonar se encontró que le faltaban cinco mil pesos y así el magistrado dejaría sin efecto la adquisición.
El hombre, enfurecido, pidió que lo dejaran ir en busca de sus “colegas” para completar la cifra. Incluso alguno ofreció dólares para completar el monto, pero el juez se mantuvo firme y no avaló la posibilidad, lo que mereció que el iracundo comprador fuera retirado por la policía.
Como marca el rigor del procedimiento, la rematadora llamó nuevamente a subasta sobre la base estipulada. Como nadie quedaba en la sala, no hubo más ofertas y quedó suspendido el acto.
El aparente “comprador”, encima de no concretar su cometido y ser retirado por la policía tendrá que hacerse cargo de los gastos que implicó el remate organizado.
Sin más, el implacable juez se iría custodiado por efectivos hacia su despecho del juzgado, frente a la mirada atónita como envenenada de los “muchachos” que quedaron en la vereda masticando bronca. El viaje había resultado en vano. Encima de lograr el objetivo, habían perdido plata.
Sobre la prosecución de la subasta, ahora se deberá aguardar a que se dictamine una nueva fecha, mientras que rematadores y actores judiciales seguirán buscando herramientas para combatir este “flagelo” que está enquistado cual barra brava futbolera.
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