Encierros
Nadie habla de otra cosa que no sea la Influenza A (H1N1). Ni los que la siguen llamando, erróneamente, gripe porcina. Nadie parece saber a ciencia cierta a qué atenerse. El zigzagueante bombardeo especialista y mediático, en dosis similares, al que sigue sometido el ciudadano común, no ha alcanzado para clarificar la situación sanitaria, mucho menos para calmar los ánimos.
Así, la opinión pública extiende sus interpretaciones, cual se tratara del gol anulado a Domínguez, el domingo pasado en cancha de Vélez. En el ínterin, se afianza la pandemia y crece la sugestión, aunque no sin una buena carga de irresponsabilidad e inconsciencia made in Argentina.
Las medidas adoptadas por los gobiernos, en sus distintos niveles, hacen agua ante las elegidas por sus pares vecinos. Se pierden en una confusa aglomeración de intentonas espasmódicas y de dudosas garantías.
Barbijos sí, barbijos no. Casinos cerrados, y abiertos. Teatros y cines, ídem. Adolescentes que viajan para no perderse el baile. Supermercados atestados de chicos. Todo, según el cristal con que lo mire el dirigente de turno, compone la fotografía de una realidad compleja, a la que, por supuesto, no estábamos preparados.
Para matizar, en el ostracismo autoimpuesto por los más cautelosos, esta semana la Presidenta anunció con bombos y platillos cambios en un gabinete desgastado por obra y gracia del estilo K. En rigor, la movida denota un mero enroque de fieles y connota la omnipresente figura de un Néstor Kirchner decidido a no ceder más posiciones que las que le restó el resultado electoral. De corregir rumbos, nada.
El nuevo llamado al diálogo de Cristina Fernández debería haber sido, en una democracia madura, la mejor noticia de los últimos tiempos. Pero no, prima la desconfianza opositora, de los sectores productivos y de clase media por sobre cualquier gesto conciliador, desusado en los años pingüinos.
Lo mismo con la siempre ponderada y nunca efectivizada reforma política. Néstor manejó a su gusto, después de que lo hiciera Duhalde para dejar fuera de carrera a Menem, los destinos del PJ. Hasta se dio el lujo de consagrar a su esposa como sucesora presidencial, cosa que al presente no le ha redituado los resultados esperados. Ahora, reticente a la retirada, debe moverse como gato entre la leña dentro de un partido que le es mayoritaria y crecientemente díscolo. Encima le quedan dos años y pico como los que nunca atravesó en su carrera política. Desacostumbrado a gobernar sin recursos y con una oposición heterogénea pero medianamente cohesionada en temas centrales, el matrimonio K se enfrenta por estas horas a su más grande desafío.
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