Entregó su vida a la pelota
Alguna fuerza oculta lo impulsó desde niño a la magia del potrero. Eran años duros, en los que la redonda se hacía con medias rellenas, bolsas o el trapo que fuere. Para los pibes del campo, no había obstáculos que los separara de ese mundo de ensueño.
Aldo Villar era uno de ellos. Creció con la idea fija, la energía inagotable, el sacrificio como pulsión. Pasó, casi sin escalas, de los campitos de matas ralas al verde césped. Y fue al juego lo que a la vida: Tenaz comprometido, enérgico, inquebrantable luchador. De esos que no dan una pelota por perdida. Que levantan la voz para el consejo, la frente ante la adversidad. Que suben y bajan incansables para el auxilio.
Aldo Villar es, porque esa dimensión no se acaba con la desaparición física, un ícono del fútbol tandilense. Como, según las épocas, Rómulo Romeo, Domingo Pastor, Aquiles David Caviglia, Vicente Pernía o Mauro Camoranesi, por hacer apenas un repaso generacional.
Sólo que lo de él, si se me permite, adquiere un carácter simbólico distintivo. Era el fútbol en su estado más puro, con sus valores y sus contradicciones: Archicompetitivo, disciplinado al extremo, visceral, generoso, omnipresente. Tanto que nadie acertaría a precisar cuándo se retiró, porque nunca lo hizo. Lo de ayer es la prueba más irrefutable de la sentencia.
Cuando el nivel de la competencia dejó de permitírselo, pasó al banco de suplentes, a la dirección técnica, a la organización. Reclutó jugadores y armó decenas de equipos, llevó el agua y las camisetas. Puso su cara, su casa, su auto y su quinta, su cuerpo y su alma a disposición de los muchos amigos que compartieron su pasión.
Una última pared, entre ángeles de camisetas de mil colores, lo dejó cara a cara, ayer y para siempre, con el dios de la pelota.
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