¿Es un populismo?
Siguiendo La razón populista, del filósofo argentino Ernesto Laclau, queremos indagar, a partir de algunas características que él puntualiza, si el proceso político que se inició cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia de la Nación en mayo de 2003, puede o no ser tildado de populista.
Para Laclau, el populismo como movimiento surge siempre de una situación o contexto social que lo rodea y causa: En todas las manifestaciones históricas populistas, su origen ha sido una situación de crisis del sistema, mientras que la común insatisfacción de demandas de parte de la sociedad (por heterogéneas que éstas sean), vino a ser el factor que encadena y arrima a sus adherentes. El grado de crisis y fractura en que se ha encontrado la sociedad funcionó siempre como precondición para la aparición del populismo: Todos los casos históricos que fueron catalogados como tal detentaron la misma característica.
El kirchnerismo no es ajeno a esta primera nota: Previo al acceso de Kirchner a la Presidencia de la República, la Argentina venía de un pasado cercano con heridas de muerte tras el colapso generalizado de 2001, la caída del gobierno radical y el consecuente gobierno provisional de 2002. Las elecciones de 2003 implicaron así un punto de inflexión a partir del cual el país comenzó a normalizarse, mientras el discurso oficial que denunciaba todo ?lo pasado? como malo y repudiable, venía a ser congruente con una opinión pública desgastada por agobiantes males profundos desde varios años atrás.
Por otra parte, Laclau se refiere a los populismos como movimientos políticos de orden policlasista, es decir que engloban capas, fuerzas y sectores sociales diferentes, y con frecuencia hasta históricamente adversarios, y que tienen en común el reclamo y la insatisfacción de demandas.
Al observar la realidad argentina, el entonces movimiento político que inició Néstor Kirchner al hacerse cargo del Gobierno fue sostenido por fuerzas diversas, provenientes de sectores no necesariamente afines o concordantes entre sí: Chacareros beneficiados por algunas políticas nominadas como productivistas e implementadas por su predecesor; industriales, que ante nuevas condiciones económicas volvían a producir después de décadas; trabajadores que retornaban a su antiguo oficio o fuente laboral; sectores marginales, sobre todo del área metropolitana, que accedían a un nuevo tipo de políticas sociales inclusivas; capitalistas que abandonaban la especulación para volver a invertir; y en general, una opinión pública que con buenos ojos veía cómo el nuevo Gobierno atacaría las bases que habían llevado el país hacia aquél caos generalizado. Heterogeneidad que se manifestó también en la definición ideológica de ese movimiento.
Otra característica que se le ha asignado a los populismos es que superan la tradicional oposición izquierda-derecha, o derecha-izquierda como guste, y la reemplazan por una nueva contradicción basada en el amigo y el enemigo. Y en esto, Néstor y Cristina Kirchner no han perdido el tiempo: Potencias extranjeras y organismos de crédito, militares, eclesiásticos, inversores y financistas, ruralistas, y una lista oficial de ?culpables? que parece alargarse junto a la de los problemas de los argentinos, viene a justificar y dar razón de aquello que el Gobierno debiera justificar y dar razón. El dicotómico y extremista ?pueblo-antipueblo? que desde órbitas oficiales se insinuó durante la rebelión agraria da cuenta de la intención de rearmar las identidades que ha tenido este Gobierno, presentándose a sí mismo como el único intérprete del pueblo.
Por último, dos razones también hechas por el mismo filósofo argentino acerca del populismo que también hoy se proyectan en la realidad argentina: La centralidad del líder, que contribuye a la configuración de un régimen mayormente personalista; y el hecho de que los movimientos populistas no se comprenden bajo el esquema de organización burocrática de los partidos políticos corrientes, sino más como un conjunto informal de grupos, asociado en gran medida a la intervención estatal.
En el caso argentino, ocurrieron ciertos relevos y reemplazos en el equipo que gobierna desde 2003 (alguno por demás significativo, como el del sillón de Rivadavia), pero las más de las veces, lo han sido para alivianar la apreciación de ese personalismo que se acentuó en la Argentina de los últimos años.
Fue en función de ese personalismo, que se combinó la subsiguiente organización partidaria: El discurso respecto de la normalización del PJ nacional, que venía después de décadas a mostrarse ahora como una fuerza ágil, moderna y organizada, se opacó al resumirse en la renovación de aquellas ciertas prácticas pintadas por la ausencia de debate, los armados ?a dedo? y una verticalidad excluyente.
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