Estrena ?Perder la cabeza?, desarmadero teatral
Esta obra es la incursión en la trama de un relato (una especie de policial autóctono escrito por Abelardo Castillo) que narra un crimen perfecto: en la escena provinciana de un pueblo ribereño un ajedrecista resuelve vengar una infidencia matrimonial ateniéndose, estrictamente, a la lógica imperturbable de ese juego.
Ese primer nivel de relato llega Desarmado cuando es trasladado al lugar de la escena. Aparece puesto en manos de unos actores que intentan reconstruir unos hechos que ya no están ocurriendo. Se encuentran en medio de algo que pueden entender porque ellos mismos estuvieron ahí, en otro momento que no es ese. Un tiempo en el que ellos fueron sus protagonistas pero que ahora, frente a los espectadores, sólo pueden saber que los están actuando.
El guion es el fruto de un trabajo en equipo que construye el relato a través de un funcionamiento en trama grupal: una especie de telaraña donde cada voz resuena en la voz del otro, donde cada uno parece conocer la suerte que corren los demás; como si el único personaje presente fuera el espacio mental de alguien que los abarca; como si tuvieran que reconstruir algo cuya finalidad no llegan a comprender.
-¿En qué consiste ?Perder la cabeza??
Leo Mouillerón: -Es una obra que no narra la crónica de un personaje, sino la mente, su funcionamiento interior. Los personajes son los eslabones de un tablero que son la mente de un hombre, que ingresa en una zona de locura al decidir cometer un crimen, pero pierde la cabeza en el sentido teatral de la experiencia, ya que no puede afirmar la historia que están contando. La obra deja una zona sin responder.
-¿Cómo nació la historia?
L.M: -En una oportunidad, fortuitamente, me llegaron tres maniquíes de bebés que son blancos, muy bonitos y tienen todos los detalles, menos la cabeza. Esos muñecos son manipulados en la obra y me permitieron aclarar una región conceptual, que es que todos los personajes de la obra van perdiendo la cabeza.
Por otra parte, hay un cuento de Abelardo Castillo que a mí me estimuló, que es la ficción de un ajedrecista instalado en un pueblo de provincia, que se entera circunstancialmente que es engañado por su mujer. Este ajedrecista, que está obsesionado con una jugada, resuelve criminalmente vengarse de su mujer y planea un crimen desplegando la lógica del ajedrez. Para este hombre, la moral está suspendida, lo que a él lo rige es el juego y la obra es una crónica del crimen.
-¿Y esto cómo se vuelca a la escena?
L.M: -La historia está ubicada en el interior de alguien que lo relata. Nosotros lo que hacemos es mostrar a unos actores sosteniendo unos personajes que buscan reconstruir episodios que ya no están presentes. Es un teatro que habla del teatro, es el intento de reconstruir un registro que se pierde y se olvida. La obra, escenográficamente, ocurre en seis espacios diferenciados por la luz. El trabajo tomó un tinte musical importante, por los temas, los idiomas que recorren el espacio interior de la mente. Por un lado, esta obra es un policial y por otro, tiene un humor absurdo.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailMás de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios